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Wild Wild Country, la serie documental en Netflix dirigida por Chapman Way y Maclain Way sobre la secta fundada en los ochenta por Bhagwan Shri Raj-neesh, conocido como Osho, y su asistente Ma Anand Sheela, es una historia de manipulación y fanatismo religioso-sexual, enriquecimiento, crímenes y traición en el pueblo gringo de Antelope, Oregon, convertido en la ciudad de Rajnishpuram por designio divino del líder espiritual.

ENTRE EL OPUS DEI, SAI BABA Y LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Durante las décadas de 1970 a 1990 la configuración religiosa de mi familia paterna y materna era más o menos así: 35 por ciento de católicos radicales del Opus Dei, 30 por ciento de seguidores de Sai Baba, 30 por ciento de fanáticos Testigos de Jehová y 5 por ciento de rockeros e independientes, quienes encima tuvimos que enfrentar a la Iglesia Cristiana Maranatha y su cruzada contra los mensajes ocultos en nuestros discos favoritos.

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Hermanos y primos crecimos en medio de esta guerra santa por nuestras almas en el interior de ambas familias, tan unidas porque somos del mismo pueblo. Una locura. Los dos clanes se fracturaron desde sus núcleos y algunas relaciones se perdieron. Desde entonces supe que lejos de contribuir a la unión y respeto entre las personas, las religiones destruyen familias y comunidades y sociedades y países.

Así fue la irrupción de la secta de los sannyasin en Antelope, hordas fanáticas con sus túnicas naranjas postradas ante “el gurú del sexo”. Por más new age que sean, los fanáticos religiosos pueden llegar a ser un peligro en nombre del amor, porque al final de esa inocencia se les suele pasar la mano como a Osho, su secre y sus seguidores. Un pobre multimillonario gracias a sus fans. Los sannyasin también eran dueños de la verdad y estaban despojados de la capacidad de reflexionar, de escuchar y respetar: estaban dispuestos a matar y a morir por su creencia y sus líderes.

ENTRE SAI BABA Y LA GUADALUPANA

A principios de los setenta mi abuela paterna, llevada por una amiga, viajó a la India para visitar a Sathya Sai Baba. Después iba cada año a Puttaparthi, pasaba seis meses allá y seis acá. Medio año producía y vendía sus famosos chocolates, con eso se iba la otra mitad del año a meditar. En ese tiempo, tíos y tías, primos y primas, fueron con ella a conocer al swami [amo, señor, dueño]. De pronto hubo un éxodo de ambas familias y algunos se quedaron definitivamente a vivir con Sai Baba durante diez, quince, veinte años. Hubo parientes que tuvieron familia allá con otros seguidores o que compraron propiedades. A veces venían con las maletas cargadas de mercancía para vender (ropa, telas, artesanías, madera aromática, joyas, maquillajes) e historias extrañas sobre la vida en la comunidad y sus encuentros con el swami. Allá todos vivían con la esperanza de tener un encuentro privado y estar en presencia del santo viviente. Después de soplarles un polvo que se despachaba en la palma de la mano (vibhuti o ceniza sagrada), les “materializaba” joyas de oro ante sus ojos azorados. Las presumían orgullosos: esta medalla es sagrada, la materializó swami para mí con la materia prima del Universo, el amor. Y se iban de nuevo a buscarse y a reencontrarse a Puttaparthi, al santuario de Sai Baba.

No había conflicto religioso porque el gurú no condicionaba que cambiaras ni que abandonaras tu religión para seguirlo, entonces podían venerar a la Guadalupana y al Baba por igual. Tampoco se cansaban de invitarnos. Pero nunca nos cuadró su onda, a mi madre menos porque ella en esos años se metió al Opus Dei y todo aquello le parecía condenable. Sai Baba se mostraba como un santo en sandalias y túnica naranja, con afro y expresión de beatitud, pero estaba hundido en una fortuna incalculable. Puros donativos en dinero, joyas, oro y coches como el Rolls Royce que un árabe le regaló.

Era un hombre santo, intocable para cualquier autoridad terrenal o celestial. Jamás pagó impuestos. Y los gobiernos de la India lo adoraban porque construía escuelas, hospitales, museos, santuarios y llevó agua potable a miles de personas. Las acusaciones empezaron al final de los ochenta y le llovió de todo: lavado de dinero, fraude, asesinato y una montaña de denuncias por abuso sexual. Se hicieron reportajes y documentales durante los noventa, como The Secret Swami y Seduced by Sai Baba. En su defensa salieron el primer ministro de la India, quien además era su seguidor, el jefe de la Suprema Corte de Justicia, el comisionado nacional de los derechos humanos y el presidente del Parlamento. Firmaron un documento afirmando que era “la encarnación del amor al servicio de la humanidad.” Antes de eso, unos mexicanos entusiastas entre los que se encontraban algunas tías, regresaron con la misión de abrir un Centro Om Sai Ram en la Ciudad de México.

“Por más new age que sean, los fanáticos religiosos pueden llegar a ser un peligro en nombre del amor, porque al final de esa inocencia se les suele pasar la mano como a Osho, su secre y sus seguidores.”

Con los años cobré conciencia sobre estos farsantes y las inmensas fortunas que amasaban. Nunca me cuadró Sai Baba y siempre me inspiró una profunda hueva. Eso de ser guía espiritual me parecía una estafa. Los espíritus no tienen líderes. Y por una idea personal respecto al movimiento físico y mental como condición esencial de la vida. El movimiento es equilibrio, diría Einstein. Allá les inculcaban lo otro, la inmovilidad y la contemplación.

Que Osho tenía veinte Rolls Royce blindados para moverse en Rajnish-puram. Son tantas las similitudes con Sai Baba, excepto que uno se fue de la India y el otro no. Los miles que llegaron a Oregon hicieron sus debidas aportaciones, pero de dónde salió la millonada para construir la ciudad sigue siendo un misterio porque no se mencionan las fuentes de su fortuna original. Exhiben cómo lograron apropiarse “legalmente” de una exten-sión territorial, construir una ciudad y adueñarse del pueblo aledaño, tener su aeropuerto, su hospital y su laboratorio bioterrorista (crearon cepas para infectar el agua y los alimentos de los pueblos vecinos), crear sus leyes, designar a su gobierno y a su autoridad, enriquecerse monumentalmente, infringir las leyes de migración y uso del suelo, evadir impuestos y armarse hasta los dientes sin que nadie los molestara, salvo unos cincuenta habitantes de Antelope y un político loco. Corrupción. O Estados Unidos es un país verdaderamente libre donde cualquier David Koresh puede establecer su coto de poder, inventar su religión, proclamar un territorio independiente, expulsar a los oriundos y erigirse como líder de una fanaticada en armas que se traduce en millones de dólares para su bolsillo.

TODO ES PECADO

Mientras unas células de mis familias paterna y materna se orientalizaban, otro segmento materno se enrolló con los Testigos de Jehová. ¿Quién no conoce al menos a una persona que, por iluminación o desesperación, se convierte a tal o cual religión y trata de obrar milagros? Fue como un virus que se extendió gracias a una tía convertida cuya misión era reclutar el mayor número posible de almas valiéndose de cualquier artimaña. Una agresión para el Frente Opus Guadalupano. La infección contagió a tías, sobrinos, cuñados, primas, esposos, hermanas, hijos, novias y mascotas, envueltos en un santo conflicto entre los seguidores del pastor Russell y las Defensoras de la Fe Católica encabezadas por mi madre, más papista que el papa, y mi abuelita materna, quien insistía en echarle la culpa de todo a los Beatles. Separaciones, distanciamientos, planes evangélicos y fuga de parientes que, como víctimas de la guerra, prefirieron huir a otros países.

En ese panorama habíamos algunos independientes, como mi primo El Rocker y yo. Desde entonces abracé al rock como mi única religión y vehículo 4×4 para atravesar el pantano. Creo que me sirvió como un escudo para protegerme de tanta pendejada, por eso es tan importante en mi vida. In Glow We Trust. Pero también tuvimos que sortear todo tipo de acosos y trampas, como las pláticas y videos de los maranathanos quienes demostraban, con audios y videos, que el rock tocado al revés escondía mensajes satánicos. Mis padres nos acosaron con esto, les urgía desconectarnos de la influencia maligna.

“La infección contagió a tías, sobrinos, cuñados, primas, esposos, hermanas, hijos, novias y mascotas, envueltos en un santo conflicto entre los seguidores del pastor Russell y las Defensoras de la Fe Católica.”

Otra de las trampas era el christian rock. Así fue como atraparon a El Rocker, una fanática bien buena y guapa lo invitó a un concierto. Ya dentro le echó las altas y le aclaró que era rock cristiano. Se casaron y El Rocker se volvió pastor de los Testigos. Éramos el núcleo de resistencia a los desvaríos religiosos de nuestras familias. Y lo perdí. Lo abdujeron esos cristianos. Tuve que seguir solo en la resistencia rockera. Pero unos primos no podíamos vernos con otros porque nuestros padres no lograban ponerse de acuerdo sobre cuál religión era la mejor. Por eso empezamos a organizar reuniones secretas. No había motivo para distanciarnos por una Biblia, el papa o una playera guadalupana. Así que las reuniones se convirtieron en desayunos donde la única religión eran los chilaquiles con frijoles.

AMÉN

Detenidos Osho y Sheela en 1985, la comuna de Rajnishpuram fue desmantelada como una organización criminal disfrazada de buena ondita. Bhagwan Shri Rajneesh murió en 1990 a la edad de 58 años, supuestamente envenenado por el gobierno gringo durante su arresto. Es posible que haya muerto por la diabetes que padecía. Por su parte, Sai Baba murió en 2011 a los 84 años. A raíz de su muerte hubo una desbandada de seguidores, muchos de los cuales regresaron a sus países de origen con problemas para readaptarse a la vida occidental.

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Lo increíble de todo esto, lo inverosímil, no es que tanta gente les haya creído hace décadas, sino que hoy todavía tengan seguidores. Los libros de Osho y los de Sai Baba se venden en Sanborns y en librerías esotéricas con la promesa de la trascendencia espiritual. Además existe un centro de meditación Osho en la colonia Roma y hace poco tiempo cerró uno dedicado a Sai Baba en la misma colonia, pero su Organización Internacional Sathya Sai México continúa activa. Sin embargo, mis familias quedaron separadas después de todo eso y las relaciones entre algunos de nosotros se difuminaron. Siempre habrá fanáticos que endiosen a farsantes y engrosen sus cuentas de banco en nombre del amor. La gente es libre de elegir y practicar su creencia favorita mientras no salpiquen al hacerlo. Yo seguiré firme en mi religión, rockeando chingón. C

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