Repensar el modelo industrial: un reto impostergable

BRÚJULA ECONÓMICA

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Las negociaciones de México con Estados Unidos en torno al TLCAN, a la fecha han llegado a un acuerdo bilateral entre ambos países (Canadá no ha logrado una negociación satisfactoria con Estados Unidos), que para muchos significa una importante pérdida de competitividad de la industria mexicana, especialmente del sector automotriz. Es momento de repensar el modelo industrial para México.

En efecto, como ya hemos comentado en este espacio, aun cuando hubo algunos puntos favorables, el saldo de la reciente negociación para la economía mexicana es negativo, especialmente con los nuevos términos de comercio para la industria automotriz: (1) para autos terminados un incremento hasta 75% de regla de origen junto con 40%-45% de contenido de salario mínimo; y 70% para el acero y aluminio; (2) para el segmento de autopartes: 65%, 70% a 75% por subcomponente de regla de origen y 40%-45% de contenido de salario mínimo; (3) además se suscribe un acuerdo paralelo que establece un cupo de 2.4 millones de vehículos para evitar un eventual 25% de impuesto generalizado de  EUA a importaciones de autos (siempre y cuando se cumpla con los puntos anteriores).

Este acuerdo afecta directamente el corazón de los beneficios que el TLCAN impulsó desde su aplicación: la creación de una base industrial apoyada en el sector automotriz terminal y autopartes, y otros segmentos de alta tecnología, que han dado una gran vitalidad económica a las zonas centro y norte del país.

Los recientes acuerdos generan un momento de reflexión importante en torno al desarrollo industrial de nuestro país. Durante décadas hemos tratado de impulsar la industria bajo distintas visiones, primero después de la gran guerra mundial, con el llamado “modelo de sustitución de importaciones”, el cual, después de un éxito temporal, y ante el excesivo proteccionismo estatal y la desatención importante del campo, terminó por generar ineficiencias y falta de competitividad de la industria mexicana, que frente al proceso de apertura comercial de mediados de los ochenta, significó la destrucción de muchas empresas, e incluso, de segmentos industriales importantes. 

Así, a partir de la apertura comercial se ha manifestado como estrategia que “la mejor política industrial es no tener política industrial”, es decir que, bajo esta visión, el mercado es lo suficientemente capaz de asignar lo más eficientemente los recursos. Los resultados no han sido los que se deseaban. Cabe notar que la firma del TLCAN significó de alguna forma un esquema de promoción industrial, basada en el aprovechamiento más eficiente de recursos no sólo de México sino de los tres países que firmaron el acuerdo.

Ahora con el nuevo acuerdo, el gobierno de Trump pretende promover bajo reglas antieconómicas y/o proteccionistas –que posiblemente conlleven a una peor situación para los consumidores de ese país– una promoción mayor de su producción industrial, disminuyendo los beneficios del TLCAN.

Frene a esta situación debemos pensar cuál será nuestra estrategia para lograr un real impulso a la industria. Ya hemos pasado por las dos grandes visiones de la promoción industrial y no nos ha alcanzado. Falta mucho para logar una verdadera fortaleza industrial, las asimetrías en el país son enormes, y frente al reciente acuerdo comercial, las limitaciones sobre nuestro nivel de competitividad se han acrecentado. Una parte importante de nuestras ventajas comparativas –basadas en la cercanía geográfica con la economía más grande del mundo y los bajos salarios que prevalecen respecto a esa economía–se ven ahora más limitadas. Tenemos que buscar una estrategia de largo plazo, y para ello es necesario tener claro qué tipo de industria queremos y necesitamos en un mundo globalizado y dependiente de la alta tecnología. 

Arturo Vieyra

Arturo Vieyra

Arturo Vieyra Fernández es economista. Ha trabajado en análisis macroeconómico y análisis sectorial desde 1994 en el Departamento de Estudios Económicos de Citibanamex, antes Banco Nacional de México. Anteriormente trabajó como economista en análisis industrial en la Secretaría de Energía. Ha sido profesor en la UNAM y otras instituciones.
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