Retratan anarquía de Bill Murray, el dios burlón

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Nunca he visto a Bill Murray. Pero no pierdo la esperanza. Yo soy joven (aún) y él es impredecible. De pequeños, una vecina nos metía miedo con la historia de una niña fallecida. Si pronunciaba su nombre tres veces ante el espejo,
aparecía. Con Bill Murray todo es más natural: sólo hay que esperar que haga acto de presencia. Ayoka Lucas, de Charleston, lo avistó en 2013 robando algo de ponche en su propia fiesta. “Gracias por venir”, le dijo. “Gracias por no haberme invitado”, respondió él.

En Nueva York, dicen, que no es raro verlo robando las papas fritas de la mesa de al lado o colándose en las fotos de tu boda. “Nadie te va a creer”, dice. Y desaparece de forma inexplicable.

El año pasado se documentó un caso, con sus instantáneas y todo, y en internet hay más de un sitio dedicado a recopilar los encuentros fortuitos con el actor de Los cazafantasmas. Si pronuncias tres veces ante el espejo el nombre de Bill Murray, dudo que aparezca al otro lado, pero harás algo tan estúpido que hasta Bill se sentiría orgulloso.

Y es que, en los tiempos del coaching falsario, las máximas buenistas para ser tuiteadas y olvidadas al mismo tiempo, la rutina trampeada con filtros de Instagram, los gurús de plató y los libros prefabricados para quienes nos duele el alma, Bill Murray es un soplo de anarquía.

Una especie de santón a lo Tolstoi mezclado con su poquito de Thoureau misántropo para esos millennials llegados a la Tierra en un tiempo en que “todos los dioses están muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida” (F. S. Fitzgerald). Murray no promete nada. Ni siquiera es capaz de organizar su propia vida. Y, sin embargo, hay jóvenes del medio oeste que planean su fiesta de 18 cumpleaños esperando que Bill haga acto de presencia.

Dios, al fin y al cabo. Gavin Edwards lo sabe y, seducido por el poder magnético de este “dios burlón de la actualidad” (la frase es suya), ha seguido el rastro de la leyenda hasta dar con el hombre y luego escribió Cómo ser Bill Murray (Blackie Books, 2016) bajo la premisa de que el actor nacido en Illinois en 1950 puede ayudarnos a mejorar nuestra actitud ante la vida. “En la mayoría de sus primeros proyectos, Murray encarnaba a un tipo que se burlaba de las figuras de autoridad, ya fueran los miembros de la dirección de un campamento o los peces gordos del Ejército estadounidense”,
señala el autor.

Con esa cara dura (“logra ser un idiota de un modo encantador, y lo cierto es que así es cómo ha triunfado en la vida”, explica una vieja compañera del teatro) se hizo del cariño del espectador en los 80: Stripes, Los cazafantasmas, El día de la marmota.

Ya en el nuevo siglo, Wes Anderson, Jim Jarmusch y Sofía Coppola lo reciclaron en algo más acorde a su edad y a su nueva condición: el tipo de vuelta de todo, delicadamente insoportable, el canalla incorregible y perdedor que todos queremos tener de vecino. Rushomore, Lost in Translation, St. Vincent… Para entonces, dar con Murray era cuestión de fe.

Despidió a sus agentes y publicistas y dejó de firmar contratos por adelantado. Sofía Coppola lo persiguió ocho meses para que protagonizara Lost in Translation. Filmó cuanto pudo sin él en Tokio y, cuando ya daba todo por perdido, Murray se presentó en el rodaje. Películas como Pequena Miss Sunshine se escribieron pensando en él, pero él no se dio por enterado.

Para Iván Reitman, director de Los cazafantasmas, el intérprete “vive la vida según sus normas, aunque a veces sea perezoso, otras excéntrico, y muchas, directamente decepcionante, aunque se comporte de forma francamente injusta y no respete las normas. Pese a todo vale la pena”.

Para Edwards es precisamente ese punto de colisión entre el payaso y el filósofo el que hace de Murray el más honesto de nuestros referentes. Por fin, un gurú que lleva las costuras al aire o un rey que va directamente desnudo y lo sabe.

Los 10 mandamientos

El libro resume en un decálogo la filosofía del actor:

  1. Los objetos son oportunidades.
  2. La sorpresa es oro. Lo fortuito es una langosta.
  3. Invítate tú a la fiesta.
  4. Asegúrate de que todos los demás estén invitados a la fiesta.
  5. La música une a la gente.
  6. Sé generoso con el mundo.
  7. Insiste, insiste, insiste.
  8. Conoce tus placeres y sus parámetros.
  9. Tu espíritu seguirá a tu cuerpo.
  10. Mientras la Tierra siga dando vueltas, haz algo útil.