Retrato Esquivo /
Con Péter Esterházy

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Por Ana Clavel

T uve el privilegio de conocer a su majestad de las letras húngaras, el escritor Péter Esterházy, en torno a las actividades del V Encuentro Internacional de Narrativa Morelia 1990, organizado por la UNAM, el INBA y el entonces Gobierno del Estado de Michoacán, al que también asistieron escritores como el colombiano R. H. Durán, la uruguaya Matilde Bianchi, el argelino Rachid Boudjedra, el venezolano Ednodio Quintero, los mexicanos Hernán Lara Zavala, Guillermo Samperio, Alain Derbez, Josefina Estrada, Leo Eduardo Mendoza, entre otros. Recuerdo que antes de partir a la ciudad de Morelia, nos citaron a varios de los autores invitados en Televisa para una entrevista con Ricardo Rocha. Ahí lo vi por primera vez: sonreía con el aire retozón de un diablillo irreverente. Se habló de los demonios de la escritura, alguien mencionó a los enemigos que enfrenta el creador a la hora de vérselas cara a cara con la página en blanco. Cuando le tocó el turno de
hablar a Esterházy, el entrevistador, consciente
de que el escritor provenía de un país del desmantelado bloque comunista, le preguntó suspicazmente que si el enemigo estaba en el Este o en el Oeste. Péter desvió la pregunta con puntería: “El enemigo soy yo mismo”, respondió.

No volvimos a encontrarnos sino hasta Morelia. Para entonces todos sabíamos de su abolengo, descendiente de los príncipes de Esterházy, una de las familias nobles más relevantes de la Europa central, que entre otras gracias había sido mecenas nada menos que del compositor Joseph
Haydn, y que había perdido todos sus prebendas a la llegada del socialismo. Ni Pequeña pornografía húngara, ese compendio orgiástico que decapita y disecciona la historia de la Hungría socialista, publicado en 1984 pero que vería la luz en español en 1992, ni ninguno de sus otros trabajos había sido publicado en nuestro idioma. Así que no me fue posible leerlo antes del encuentro pues en aquellos días dar con sus textos traducidos al inglés no era tarea fácil.

Las mesas de lectura y debate del Encuentro se sucedieron durante varios días. Recuerdo que cuando le tocó presentarse lo traducía una muchacha rubia de origen húngaro. Así nos enteramos que trabajaba en una novela sobre el Danubio y que se encontraba en un momento de bloqueo justo cuando recibió la invitación para viajar a Morelia. Entonces decidió hacer un impa-sse en la narración y cruzar el océano para buscar el Danubio en México. Después nos leyó un fragmento divertido de lo que más tarde se llamaría La mirada de la condesa Hahn-Hahn bajando por el Danubio (publicada en húngaro en 1992 y traducida al español en 2001), en la que el escritor dialoga con la tradición novelística europea de una manera irónica y sensual.

No siempre lo acompañaba su traductora. Entonces acostumbraba hablar en alemán y en inglés. Al ser descendiente del antiguo Imperio Austrohúngaro dominaba el primero con soltura, pero su inglés tenía limitaciones. Aun así lograba comunicarse con frases breves y amables. Durante mi lectura se sentó al lado de su traductora para entender un poco de qué iba mi historia. Cuando terminó mi participación —leí un fragmento de la novela que entonces trabajaba—, se acercó a felicitarme. En ese momento yo estaba de espaldas a él, hablando con otros amigos. Inesperadamente acarició mi nuca. Me volví a verlo sorprendida y entonces me topé con su sonrisa. Él me llamó: “Anna Livia Plurabelle…”, como el personaje de Finnegans Wake. Yo le respondí: “Hi, James… Bond?”. Reímos juntos.

En mi narrativa nunca he practicado de forma deliberada lo que hoy en día se conoce como autoficción. Usualmente trabajo a partir de lo que imagino o me invento, pero algunas veces echo mano de lo que me cuentan otros o de lo que yo misma he vivido —aunque siempre fabulado y convertido en materia literaria—. Por ejemplo, en Los deseos y su sombra (2000), cuando el personaje de Soledad García hace crisis y se vuelve invisible en plena Ciudad de México, yo necesitaba justificar ese naufragio desde varios frentes: familiar, laboral, amoroso… En este último aspecto no se me ocurrió mejor idea que crearle un amante húngaro que la abandonara para regresar a su país, un fotógrafo de sombras llamado Péter Nagy, y compartirle algunas de las experiencias que en su breve estancia en México viví con el escritor Esterházy. Una de ellas fue la última caminata que ya de regreso de Morelia hicimos muy cerca de su hotel, El Casablanca, por los rumbos de Paseo de la Reforma. Recuerdo que el tobillo me falseó un par de veces… Péter me dijo que en su país amaban a los caballos, y que si un caballo falseaba una vez, lo curaban, pero que si fallaba otra vez… Su mano en escuadra apuntando a mi sien fue suficientemente explícita. El episodio quedó recreado en la novela pero en otro contexto. Los cuentos incluidos a manera de “rapsodias húngaras” son otro ejemplo de esos préstamos de la vida a la literatura.

De algún modo esa novela es, en su segunda parte: “Apuntes para una poética de las sombras”, un primer homenaje a Péter Esterházy. El segundo vendría después con Las ninfas a veces sonríen (2013), que se inspira en las 97 mujeres que aman y odian al narrador de Una mujer (publicada en húngaro en 1995 y traducida al castellano en 2001). La estructura de breves y gozosas aventuras amatorias que conforman los hombres de la vida de Ada, la ninfa contemporánea que narra su educación sensual con faunos, dioses, tritones, héroes y mortales, está basada en esa novela suya. Hay además un tercer homenaje: la historia del capítulo 41 que el personaje de Ada le dedica a un escritor de pasado ilustre, recrea y ficcionaliza en un tono ligero el encuentro de los días y noches de Morelia. Se publicó originalmente en la revista Nexos en octubre de 2012 con el título de “Secretos de la realeza” e incluyó un final diferente al publicado en la novela donde fue recogido —consignado como un post-scriptum en el texto que acompaña a estas líneas.

Dije que cuando vino a México “Esterházy Péter” —como se presentan a sí mismos los húngaros, empezando por el apellido— estaba en la búsqueda de su Danubio. En el trayecto hubo aprendizajes. Entre otras lecciones, a mí me enseñó a juzgar la promesa de lectura de un libro a partir de conocer su primer párrafo y el último. Una lección que aplico a cualquier obra que se me presenta para leer, pero también para entramar el inicio y el final de mis propias historias como una promesa de seducción. De eso platicamos el último día antes de su regreso a Hungría, en un restaurante del Centro Histórico de la Ciudad de México, adonde dirigí sus pasos con la promesa de mostrarle el sitio que había venido a buscar en este país de pasiones jadeantes y volcanes altísimos como el Popocatépetl o el Iztaccíhuatl, nombres que a él le costaba pronunciar pero que paladeaba como un niño.
Sentados en una de las mesas al fondo del restaurante El Danubio de la calle de Uruguay, antes de degustar unos deliciosos langostinos al ajillo y un vino Egri Bikavér que prodigiosamente estaba en el menú, Péter me pidió que le tradujera algunos de los mensajes escritos en servilletas de tela y firmados por otros visitantes, que colgaban enmarcados en las paredes del lugar. Le leí varios. Me pidió que me detuviera cuando di por fin con uno que decía: “En El Danubio y en buena compañía es estar en el cielo”.

Secretos
de la realeza

(Capítulo 41
de Las ninfas
a veces sonríen
)

Nunca había hecho el amor con un príncipe. No era especialmente guapo pero tenía un aire indolente de haber pasado por todo, esa suerte de condescendencia con que uno pensaría que mira la realeza desde su trono.
Le ayudaba que todos sabían de su pasado ilustre, heredero de una de las más nobles casas de Europa central que por azares de un destino socialista en vez de hacerse mecenas como sus antepasados, tuvo que trabajar para sostenerse a sí mismo convirtiéndose en un escritor sarcástico de los regímenes y de las ideologías.

Cuando me lo presentaron en un congreso de escritores y me retuvo la mano entre las suyas, giré su antebrazo pues en esa piel interior se reconoce mejor el color de las venas. En efecto, las suyas eran azules. Yo había leído que en otros tiempos la gente del pueblo, acostumbrada a la falta de baño, veía a los acicalados nobles y les atribuía una realeza de sangre por el simple hecho de que sus venas se transparentaban en la piel limpia, sin rastros de mugre ni sudor. Él entendió mi gesto y giró entonces mi antebrazo señalando el cauce cerúleo que se ensanchaba en la muñeca. “Tú también eres de sangre azul…”, sonrió en un inglés fragmentado. Así que nos reconocimos.

A pesar de las deficiencias del lenguaje —él sólo hablaba húngaro y alemán y masticaba un poco de inglés— conseguimos comunicarnos. También ayudaba el hecho de que todos se plegaban a sus deseos: era el invitado de honor en el congreso y además, su currículum con abolengo le sacaba a la gente ese espíritu servil y de clase que obra hasta en los más revolucionarios. Así que bastó que hiciera ademán de: “Quiero a la princesa Ada a mi lado” para que el organizador del encuentro fuera por mí a mi mesa y me dispusiera un lugar al lado del aristócrata escritor durante la cena de clausura.

Antes, sólo había habido escarceos. Miradas cálidas y sonrientes que casi recordaban las buenas maneras con que la realeza otorga la gracia de su aquiescencia. Bueno, también un encuentro intempestivo después de la mesa de presentación de otros colegas, en que se me acercó por atrás y acarició mi nuca. De seguro, pero no se me ocurrió entonces, buscaba el lugar exacto donde podría caer la guillotina. De todos modos no dejó de extrañarme la manera con que se concedía el derecho de estirar la mano y tomar lo que se le antojara. Me di la vuelta con un pudor que rayaba en el rechazo: “Por menos de eso, en mi reino ya te habrían cortado la mano. ¿Acaso en el tuyo no saben que para llegar al cuello de una mujer hay que esperar a que ella misma lo doblegue?”

Sonrió porque no había entendido más que a medias mis palabras, pero sí por completo mi actitud. Sus ojos brillaron sed de cacería. Supuse que así se les iban los ojos a los nobles de su raza tras una gacela esquiva en los bosques donde antaño se ejercitaban en el arte de la cetrería.

También hubo ocasión para que se diera el lujo de ponerse romántico: luego de mi lectura, cuando llegué a mi habitación, me encontré con una flor aposentada en la almohada. Junto a la flor, una hoja de papel con unas líneas a mano plagadas de diéresis. Lo había escrito en otro idioma que ambos sabíamos yo no conocía, pero era obvio que se trataba de un poema. “Vaya, vaya, me dije, así que los nobles también pueden ser galantemente cursis”, y sonreí halagada.

Sin embargo, fue hasta la cena de clausura que ya no me dejó escapatoria: tomó mi mano y no la soltó más que para besarme y tocarme primero al pie de las escalinatas que conducían a las habitaciones, después en la suite que como personaje de honor le habían destinado en el hotel. Sus besos eran golosos y no pude evitar pensar en esos “bocados reales” que ineludiblemente uno no puede dejar de llevarse a la boca por más que no se tenga antojo. Lo mismo me pasaba con él. No me atraía particularmente pero me intrigaba un prejuicio de clase: ¿había algo diferente en la manera de hacer el amor de un caballero noble?

Confieso que sus maneras amatorias eran delicadas en extremo. Tal vez nadie me había hecho el amor con tanta suavidad y esmero. Como si quisiera dejar en las actas de mi cuerpo el sello de su real proceder y poderío. Por supuesto, para evitar problemas —cómo sería eso de ir dejando bastardos por todos los pueblos del orbe—, en el último momento se vertió fuera de mí.
Durante los minutos que tardamos en salir del paraíso, comenzó a acariciar mi nuca doblegada.

—¿Sabes que la decapitación era un privilegio de los nobles? —farfulló mi príncipe entre un inglés primitivo y la suerte de mímica que habíamos adoptado para comunicarnos.

Asentí. En un libro sobre el doctor monsieur Joseph Guillotin me había enterado que, aunque no había sido el verdadero inventor del instrumento que lo hiciera famoso, había propuesto su uso para aminorar el dolor de los condenados a muerte. Así, sus esfuerzos sirvieron más bien para “democratizar” la decapitación por cuchilla que antes sólo se concedía a la realeza: poco antes de la Revolución francesa también los plebeyos pudieron morir de un modo menos innoble como antes por la horca o el garrote.
—¿Sabes también que a las amantes se las mandaba matar si hablaban demasiado? —me dio a entender con un gesto con el que selló mis labios con sus dedos para después hacer la seña de un corte en el cuello.

Sonreí porque ambos sabíamos que no había amenaza real de por medio. Al contrario, era un Casanova y le agradaba
que su fama se extendiera más allá del Danubio. Prometí recordarlo en mis
memorias de ninfa como uno de
mis cortesanos más avezados. Entonces me tomó por el cuello, buscó mi nuca y dejó caer debajo de la segunda cervical un beso cortante que fue pacto e invitación para reiniciar el sacrificio. Por supuesto, me doblegué no a su majestad y poderío, sino a mi propia potestad y deseo.

(Post-scriptum. En realidad, sonreí porque ambos sabíamos que no había amenaza real de por medio. Al contrario, era un Casanova y le agradaba que su fama se extendiera más allá del Danubio. Volvimos a acariciarnos. Otra vez la batalla de los cuerpos: frenética, a muerte. Vencíamos los dos, cada uno en su reino, cuando de pronto se detuvo en seco. Se colocó en cuclillas, invitándome a que lo tocara por detrás. Deslicé la lengua por su columna vertebral, desde sus nalgas hasta el cuello. Entonces deposité debajo de la segunda cervical un beso profundo y cortante que le arrancó de un tajo un resoplido con mi nombre. Se ofrecía al sacrificio. Así entendí que los nobles pueden perder la cabeza
por voluntad propia, no sólo en la
guillotina.)

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