Revoluciones en la imagen del mundo

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La transformación de la novela, según Milan Kundera, es la historia de las revoluciones sucesivas en nuestra concepción de la identidad personal:
primero elaboramos variaciones del mito del héroe, mediante relatos en tercera persona acerca de hechos extraordinarios. Más adelante, la literatura explora la perspectiva en primera persona, hasta alcanzar una observación microscópica de nuestra conciencia en movimiento perpetuo. A partir de Kafka, la literatura se plantea la pregunta: ¿Cuáles son las posibilidades del hombre en un mundo en el que los condicionamientos exteriores se han vuelto tan demoledores que los móviles interiores ya no pesan nada?
Kundera va más allá y afirma:

Que la vida es una trampa lo hemos sabido siempre: nacemos sin haberlo pedido, encerrados en un cuerpo que no hemos elegido y destinados a morir. En compensación, el espacio del mundo ofrecía una permanente posibilidad de evasión. Un soldado podía desertar del ejército y comenzar otra vida en un país vecino. En nuestro siglo, de pronto, el mundo se estrecha a nuestro alrededor.

El sentimiento de asfixia anunciado por Kundera es el fundador de la narrativa contemporánea, y la novela es un testigo insobornable de este desconcierto. ¿Existe alguna grieta en el callejón sin salida?

Todo indica que vivimos en una sociedad tejida a base de fuerzas económicas y militares, pero también mediante ficciones que toman la forma de mitos sobre nuestro origen y destino. Al mirar la historia de las religiones y los sueños nacionalistas confirmo el poder de ciertas ficciones transgeneracionales: de los pueblos elegidos a la guerra santa, de las razas superiores a la visión de los vencidos, el poder de la ficción participa en la formación de identidades individuales o colectivas.

De manera complementaria, la imagen de nuestro mundo sufre revoluciones debidas a la filosofía y las artes. Pero pocas herramientas han conmocionado la imagen del mundo como lo hacen las ciencias naturales, con su amplia ramificación de innovaciones tecnológicas. Los conocimientos generados por las ciencias físicas, químicas y biológicas expanden nuestros campos semánticos, y socavan creencias basadas en el apego a dogmas, a preferencias estéticas o convicciones políticas. En el plano ideológico, la ciencia es probablemente el mejor aliado de las sociedades laicas.

La divulgación científica aparece como un eslabón crítico en la transformación cultural provocada por la ciencia. Pienso en Charles Darwin o Stephen Jay Gould, autores de libros dirigidos al gran público que también son textos de referencia en sus campos de investigación. Aquí se ubica la reciente aparición de Universo: la historia más grande jamás contada (2016) de Gerardo Herrera Corral, quien colabora desde 1994 en el experimento alice, del Centro Europeo de Investigaciones Nucleares, considerado el laboratorio más grande jamás construido.

El punto de partida de Universo es la conciencia, que hace posible el conocimiento físico. El doctor Herrera revisa el concepto de la conciencia computacional, es decir, la posibilidad de modelar mediante algoritmos matemáticos, y en última instancia mediante inteligencia artificial, el fenómeno de la conciencia. La exposición no se limita a la prueba de Turing y los modelos informáticos: la mente consciente depende de redes cerebrales, de neuronas gobernadas por leyes biológicas. ¿Pero qué condiciones físicas hacen posible el surgimiento de la vida?

Universo es como un telescopio abstracto dirigido a lo más remoto, que nos permite realizar, como Alejo Carpentier, un viaje a la semilla. Esta dialéctica reversa se detiene en cada etapa cósmica, y analiza elementos críticos de la naturaleza física del mundo, que hacen posible el surgimiento de estados mentales, capaces de estudiar la naturaleza física del mundo… la conciencia depende de la vida, que sólo ha podido surgir en las profundidades oceánicas cuando el universo tenía 10 mil millones de años de edad, a partir de materia orgánica, dependiente a su vez del carbono y sus peculiaridades químicas.

¿Qué circunstancias y presiones físicas determinan la formación del carbono? Para responder esta pregunta, Gerardo Herrera se desplaza hacia atrás, al periodo en que ocurrió el nacimiento de las estrellas, y a partir de allí describe la síntesis nuclear estelar. Para formar carbono es necesaria una temperatura de casi mil millones de grados. Nuestro Sol no alcanza la temperatura adecuada: se requieren estrellas con al menos diez veces más materia que el Sol. Cuando las estrellas mueren, su estallido arroja por el espacio los elementos pesados, incluyendo el carbono, que forman planetas y organismos vivientes.

El material esencial para la vida depende del nacimiento estelar, pero ¿qué condiciones físicas hacen posible la formación de estrellas? El autor se desplaza al universo temprano, mediante el estudio de la luz fósil. En la página 97, encuentro la imagen del universo temprano, a la edad de 380 mil años, obtenida por la misión cobe. Sabemos que los telescopios monumentales permiten no sólo la observación del espacio remoto, sino también del pasado cósmico. Según el doctor Herrera, esta imagen es “la más valiosa del mundo, primero por el valor intelectual que posee, luego por el valor cultural que implica la mirada a nuestro pasado remoto, y finalmente, por el costo en tiempo, dinero y esfuerzo que implicó tomar esta imagen”. Al mencionar su costo, el autor no le pone una tarifa económica a la fotografía: revela una filosofía de respeto hacia el carácter colectivo de la ciencia, con sus héroes anónimos que trabajan en “espacios a media luz, en talleres sin decoración”, bajo condiciones de aislamiento.

Durante el viaje a los orígenes, la historia se hace cada vez más sorprendente y remota, no solamente en términos espacio-temporales, sino también en cuanto a las ideas científicas emergentes: por ejemplo, el universo líquido formado por quarks y gluones, simulado en el experimento alice:

En 2012 se logró una temperatura de 5.5 billones de grados centígrados, casi 350 mil veces mayor que la temperatura que existe en el centro del Sol. El líquido creado en la colisión de iones de plomo es tan denso que una pequeña porción con un volumen del tamaño de la cabeza de un alfiler pesaría lo mismo que el acero de más de cien torres Eiffel juntas.

Este párrafo revela las fronteras de nuestro conocimiento experimental, y hace evidente el mayor alcance de Universo: su capacidad de provocar en el lector un estado de vértigo conceptual, que incluye una discusión acerca de los viajes en el tiempo, la pluralidad inimaginable de multiversos descritos por la teoría de cuerdas, y la estructura misma de nuestra existencia.

El universo humano asfixiante descrito por Kundera en el Arte de la novela aparece renovado tras la inmersión en este texto audaz de física teórica, que muestra la capacidad científica para generar revoluciones en nuestra imagen del mundo. Si bien la cultura contemporánea ha comenzado a asimilar, con esperanza o pesimismo, la concepción del universo provocada por el descubrimiento de la radioactividad, con sus armas de destrucción masiva y su medicina nuclear, es justo aceptar que la imaginación artística y la historia de las ideas serán territorios fértiles para una renovación conceptual desencadenada por la física de nuestros tiempos, con sus aceleradores de partículas que movilizan, también, los estratos más sensibles de nuestra cultura.

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