El rey, el músico, el médico

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La historia de la medicina nos obsequia capítulos inesperados: por ejemplo, el amor platónico del “rey cisne” por un músico en desgracia, que conduce a la transformación artística de un reino, hasta que la intervención política de un médico conduce al rey cisne hacia un lago, donde hoy se eleva una capilla para recordarnos la siguiente historia:

Maximiliano II, Rey de Baviera, había sido un monarca comprometido con las artes y la cultura, aunque en sus años finales mantuvo una alianza con Austria (en contra de Prusia) que colocó a Baviera en riesgo de entrar en guerra. En 1864, a los 53 años de edad, Maximiliano murió y dejó en el trono a su hijo de 18 años: Luis II, conocido en Inglaterra como “el rey cisne”, y en Alemania como “el rey de cuentos de hadas”, ya que el suyo fue un mandato de extravagancias que explican, parcialmente, su lugar en la historia de la psiquiatría.

El corazón de Luis II estaba en el mundo de las artes. Su imaginación había sido alimentada por los grandiosos sentimientos operísticos de Richard Wagner, y uno de sus primeros actos de gobierno fue localizar al músico, quien huía y se ocultaba de sus acreedores, y vivía en pésimas condiciones económicas, a pesar de su fama. Todo cambió cuando Luis II llegó al poder. El 4 de Mayo de 1864, a dos meses de tomar el poder, el rey dedicó al músico una audiencia extremadamente larga para los estándares habituales: pasó casi dos horas hablando sobre la oportunidad de darle a Baviera la grandeza propia de una ópera. Un año después de la audiencia inicial, con el patrocinio del rey, Wagner presentó en Múnich, con gran éxito, su obra Tristán e Isolda, pero la conducta del músico, juzgada como escandalosa por las élites conservadoras de Baviera, obligaron al rey Luis II a pedirle a Wagner que dejara la ciudad; se dice que el rey consideró seriamente dejar su cargo para seguir a su ídolo, pero Wagner lo convenció de seguir en el trono.

Luis II se concentró en la construcción de castillos y palacios con un lujo extraordinario, en los cuales cuidaba los detalles de arquitectura, mueblería y decoración. Admiraba la grandeza de Francia y lamentaba la pobreza arquitectónica de Baviera. Aunque el rey pagó con sus propios fondos el desarrollo de los proyectos, el gasto desorbitado puso en su contra a importantes ministros. Con el apoyo del Príncipe Leopoldo (tío de Luis II) los ministros se rebelaron, y elaboraron un plan para destituirlo por “causas psiquiátricas”, entre las cuales se citaban su aversión por las cuestiones administrativas, su carácter tímido, la exuberancia de sus gastos y sus proyectos, sus viajes dedicados a conocer detalles arquitectónicos de otros países, o incluso cuestiones tan ridículas como su tendencia a cenar al aire libre con riesgo de padecer un resfriado. Hasta qué punto influyeron en la conspiración la atormentada orientación homosexual de Luis II (bien documentada en sus diarios) y su negativa a casarse, es difícil asegurarlo. Pero no es improbable, si consideramos la cultura represiva de la época, que daría lugar unas décadas después al psicoanálisis de Sigmund Freud.

Bernhard von Gudden escribió un reporte clínico y legal en el cual declaraba
que el rey sufría de “Paranoia”, y que esta condición lo incapacitaba de manera permanente para gobernar.

En tales circunstancias aparece en escena la figura de Bernhard von Gudden, jefe del asilo de Múnich, y uno de los artífices de la revolución científica de la neuropsiquiatría en el siglo XIX, basada en el estudio anatómico de piezas obtenidas mediante autopsia en el cadáver de los pacientes psiquiátricos. Esta revolución llevó al descubrimiento de muchas condiciones neurológicas, como las enfermedades de Parkinson y Alz-
heimer, o la enfermedad vascular cerebral. Bajo presiones políticas, Bernhard von Gudden escribió un reporte clínico y legal en el cual declaraba que el rey sufría de “Paranoia”, y que esta condición lo incapacitaba de manera permanente para gobernar. El 10 de junio de 1886, el médico y una comitiva de gobierno llegaron al castillo del rey, para garantizar su encierro y deposición. Se narra que un barón, leal al rey, enfrentó a la comisión con un paraguas, un detalle que también podría formar parte de la historia de la psiquiatría. Al final del día, Luis II había sido declarado incapaz de gobernar y de salir del castillo, mientras el tío del rey, el Príncipe Leopoldo, era proclamado Príncipe Regente. Con sensatez, Luis II preguntó al doctor von Gudden cómo podía declararlo incompetente mental si nunca lo había examinado. El doctor afirmó que los hechos hablaban por sí mismos. Hoy en día, es claro que las prácticas psiquiátricas en particular, y médicas en general, pueden usarse con fines políticos ajenos a la auténtica búsqueda de la salud, y el caso de Luis II lo demuestra. Hoy asistimos a un intenso debate acerca de los límites éticos de la psiquiatría, en el terreno político. En Estados Unidos, un grupo de psiquiatras se ha organizado para cuestionar la salud mental de su presidente. Estos médicos plantean la necesidad de expresar su punto de vista profesional, a pesar de una regla contenida en los principios éticos de la Asociación Psiquiátrica Americana: la regla Goldwater, llamada así informalmente debido al caso del senador Barry Goldwater, quien compitió en 1964 por la presidencia de Estados Unidos, en contra de Lyndon B. Johnson. Uno de los factores que precipitaron la caída de Goldwater fue un artículo periodístico según el cual 1,189 psiquiatras opinaban que era mentalmente incompetente para ocupar el cargo. La regla en cuestión recuerda a los profesionales la enorme responsabilidad que significa el establecimiento de un diagnóstico psiquiátrico y sus posibles consecuencias sociales. El consenso alcanzado hasta el momento dicta que un especialista debe generar un dictamen solamente de aquellas personas a las cuales ha examinado en persona, y de acuerdo con las mejores prácticas clínicas.

Pero la historia del rey, el músico y el médico no termina con el encierro de Luis II. Bernhard von Gudden permaneció en el castillo, con el rey. El 13 de junio de 1886, a las seis de la tarde, tras expresar una visión optimista sobre la posible curación de “su paciente”, el médico y Luis II salieron a caminar, sin escolta ni acompañantes, hacia el lago Starnberg. Nunca regresaron. A las once de la noche ambos fueron encontrados muertos. El reloj del rey se había detenido a las 6:54. Se desconocen los hechos que los llevaron a la muerte. ¿Luis II trataba de escapar y el médico quiso impedirlo? ¿Tuvieron una pelea en el lago que los llevó a la muerte? ¿Ambos fueron asesinados por los conspiradores? Lo cierto es que el tío de Luis II, Leopoldo de Baviera, gobernó como regente hasta su muerte. Entonces su hijo heredó el cargo y eventualmente se autoproclamó rey de Baviera, ni más ni menos que con el nombre de Luis III. La ironía no se detiene allí. Hoy en día, las obras de Luis II, irresponsables y excéntricas, significan una gigantesca fuente de ingresos en Baviera gracias al turismo cultural europeo. Pero tal vez Luis II habría sentido más gozo de haber sabido que otro músico extraordinario, Anton Bruckner, le dedicaría años después su séptima sinfonía.

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