Roberto Calasso
Las posibilidades del sacrificio

Plutarco de Queronea llegó tarde al mundo antiguo. En su tierra, Aquiles y Alejandro el Grande ya habían perecido, la mitología estaba tan lejana que ya era posible abrevar de distintas versiones, y los oráculos eran tan antiguos que resultaba posible y deseable dilucidar temas oscuros como el significado de la letra E en el santuario de Delfos.

Plutarco, como Sahagún en nuestras tierras, quiso armar un imposible rompecabezas que comenzaba con el origen y terminaba en su época. Dejó un conjunto de obras que el monje bizantino Maximus Planudes tituló Obras morales y de costumbres que abordan muy diversos intereses: filosofía y teología, historia y política, biografía y paideia. Sin embargo, una de sus principales obligaciones fue interpretar los augurios de la pitonisa en el santuario de Apolo en Delfos. Plutarco murió siendo sacerdote de Apolo.
Salvo en un aspecto, Roberto
Calasso es nuestro Plutarco, su obra es arqueología y antropología de mundos tan diversos como la Grecia Antigua y la Revolución Francesa, la mitología de la India y el siglo XIX de Baudelaire, la pintura de Tiepolo y la obra de Kafka. Se ha dedicado a ofrecer una lectura ni más ni menos que de la civilización occidental y sus oscuras raíces en la filosofía oriental. Su obra, dicho por él mismo, es un solo libro que se publica en fascículos. Sin embargo, a pesar de lo inconmensurable de sus temas e intereses que van de los Vedas al cine de Hitchcock —o mejor, que sabe leer a Hitchcock desde la tradición védica—, de los dioses de la mitología griega e hindú, hasta el castillo de Kafka pasando por los salones de Baudelaire, Calasso desarrolla un tema que recorre como un estremecimiento todos y cada uno de los libros: una visión pesimista de la humanidad, creadora de una única ceremonia, el sacrificio, que se abre a pasajes insospechados —no sólo lleva a la guerra, su referencia más evidente— conecta con las bambalinas de la opereta, con la casa de bolsa y el museo, con el burdel y la literatura. En una época de corrección política, de milenarismos ecológicos, Calasso nos recuerda verdades desagradables sobre el hombre y sus instintos, sabe que la mejor definición para nuestra especie no es homo sapiens sino homo necans. Es necesario preguntarse de dónde viene esta visión del mundo con el fin de entender su obra y el lugar que ocupa en la literatura actual.

Homo Necans:
El helenista y el conde

Muchos aseguran que el origen literario de las obras de Calasso se encuentra en René Girard. Es probable, lo cita y lo analiza profundamente en La ruina de Kasch. Girard como otros estudiosos, entre ellos Sigmund Freud en Tótem y tabú, y George Frazer en La rama dorada, vieron en el asesinato el nacimiento de lo sagrado y al mismo tiempo de la civilización, pues el crimen se vuelve tabú, y el cuerpo social se compromete a no cometerlo excepto bajo determinadas circunstancias: durante la guerra o en forma de sacrificio a los dioses. El sacrificio, esta necesidad de matar porque “en caso contrario la sociedad volvería a coincidir con la naturaleza” (La ruina de Kasch, p. 165) es el leitmotiv de la obra de Calasso.

Sin embargo hay otros dos pensadores que resultan más sibilinos en su obra, más interesantes porque tuvieron el genio de la provocación. Uno de ellos, Joseph de Maistre, citado a menudo lo mismo en La ruina de Kasch que en La Folie Baudelaire, y otro casi secreto, al que sólo ha aludido en un texto publicado en el número 65/66 de la revista académica Res: Anthropology and Aesthetics, editada por la Universidad de Harvard: se trata del helenista Walter Burkert.

Comienzo por el último. Burkert, quien murió el año pasado en Suiza, fue uno de los mayores helenistas del siglo XX. Hubo muy pocos obituarios en los medios de comunicación, y aquellos que dieron cuenta de su muerte destacaron sus logros como filólogo, enumeraron sus libros, traducidos a media docena de idiomas, y sus premios como el Sigmund Freud.

Sin embargo, nadie se acercó al asunto más complejo de su obra, desa-gradable para la exigencias contemporáneas políticamente correctas. Lo que hace arriesgada a la obra de Walter Burkert es su aproximación al helenismo de manera muy poco romántica. Burkert admite que Grecia, como sabemos, es la cuna de la civilización, pero se pregunta: ¿qué hay bajo esa fachada civilizatoria? Y Burkert da respuesta a esta pregunta en dos de sus obras, El origen salvaje. Ritos de sacrificio y mito entre los griegos; y Homo Necans. Interpretaciones de
ritos sacrificiales y mitos de la antigua Grecia. Para Burkert el verdadero gesto civilizatorio de la Grecia clásica fue dar orden y sentido a nuestra pulsión tanática, pues el descubrimiento de la caza para el “hombre paleolítico no es una actividad entre otras; la transición a la caza constituye, antes bien, la alteración ecológica decisiva entre el resto de los primates y el ser humano”. (Homo Necans, p. 41.)

La caza, el acto de matar animales para alimentarse y la posibilidad intrínseca de poder matar a otros hombres constituyó el paso decisivo para la transformación del primate en homo, y no un homo cualquiera, sino un Homo Necans, en franca reacción al Homo Ludens de Huizinga. Para
Burkert, la acción distintiva de nuestra especie no es la creación y evolución del
juego, sino la creación y evolución

del asesinato. Homo Necans no significa otra cosa que Hombre que mata.
A partir del momento en que el hombre descubrió la caza se vio obligado a explicar y ritualizar ese acto “debido al sentimiento de culpa con el animal muerto”; el rito del sacrificio practicado en la antigua Grecia no logró sino reemplazar los instintos innatos “por las normas de la tradición cultural, las cuales perfeccionan y diferencian artificialmente los rudimentos de la conducta natural; de este modo el sacrificio se convirtió en la forma más antigua de la acción religiosa”. (Homo Necans, pp. 36-43).

Las teorías de Burkert suscitaron controversia al momento de ser publicadas debido a que nuestra tradición humanística ha luchado contra esa corriente que ve violencia justo en el centro de toda intención humana; para Sócrates la persona mala lo era sólo por ignorancia; mientras para Rousseau todos los hombres eran buenos por naturaleza. A lo largo de los siglos hemos tratado de insistir en que la sociedad, la mala formación educativa o incluso la violencia familiar son las verdaderas causas de la maldad entre los hombres. Los enciclopedistas nos aseguraron que “por naturaleza” los hombres eran seres racionales, y que bastaba una buena educación para que instintivamente siguieran una conducta ética.

En cambio, pensadores como
Joseph de Maistre —aquí entramos al otro nombre que interesa para dilucidar la obra de Calasso— sugirieron que
en la ancha y vasta esfera de la naturaleza viviente reina una violencia abierta, una especie de furia previamente dispuesta que arma a todas las criaturas hacia su ruina común […] la tierra entera, enteramente bañada en sangre es sólo un enorme altar sobre el que todo lo viviente debe ser sacrificado, sin medida, sin pausa. (Las veladas de San Petersburgo, p. 91).

De Maistre fue un político saboyano opuesto a las ideas de la Ilustración y de la Revolución Francesa, su pensamiento fue tachado de reaccionario por Cioran (“Ensayo sobre el pensamiento reaccionario. A propósito de Joseph de Maistre”), e Isaiah Berlin lo elevó incluso a la categoría de protofascista (“Joseph de Maistre y los orígenes del fascismo”). Entonces, tenemos dos vertientes, una arqueológica y literaria, la de Burkert, y otra estrictamente política, la del conde De Maistre. Para De Maistre, “la raza entera se somete al orden por el castigo, porque la inocencia no existe” (Las veladas de San Petersburgo, p. 26); para Burkert, a su vez, no hemos dejado nuestra conciencia primitiva porque “el paleolítico supone, con mucho, la mayor parte de la historia de la humanidad […] comprende entre el 95% y el 99% de la historia humana”.

Para ambos autores, estamos condenados a la violencia repetitiva, “hasta la muerte de la muerte” como creía el gnóstico Valentín. Todos los libros de Calasso giran alrededor de esta condena: estamos obligados a matar para sobrevivir y el logro de la civilización es disfrazar de arte o economía, de democracia o ciencia esta pulsión vital.

El editor anarquista

Al frente de la editorial Adelphi, donde ha publicado a Max Stirner, Albert Caraco, Céline, Vasili Rózanov, Henri de Montherlant, y otros impresentables, Calasso ha escrito a lo largo de los años —desde El loco impuro de 1974, hasta el más reciente El ardor, traducido este año al español—, una obra que tiene el prestigio de ser enciclopédica y estilísticamente perfecta. Sus libros están traducidos a docenas de idiomas y el pasado 16 de septiembre recibió el premio Formentor de las Letras, que han recibido autores como Borges, Beckett, Gombrowicz, entre otros.

Sin embargo, en esa celebración hay algo sospechoso. Es como si vieran en él al editor, al filólogo, al hombre que incluso dedicó buena parte de su vida a aprender sánscrito con tal de leer los Vedas. Pero no parecen darse cuenta, o prefieren premiarlo antes que darse cuenta, de lo radical de sus ideas. Otros, en cambio, desde el primer momento en que lo leyeron entendieron de qué iba su obra; en Palimpsesto, su volumen de memorias, Gore Vidal anota brevemente (a principios de los años noventa) los libros recientes que le han interesado, destaca La ruina de Kasch de Roberto Calasso y escribe: “Sospecho que entre la Creación y el Caos, él habría elegido el Caos” (p. 387).

¿Por qué nos horrorizan De
Maistre y Burkert, mientras Calasso nos seduce al punto de ofrecerle reconocimientos? Acaso porque en
De Maistre hallamos un programa que, como bien ha visto tanto Cioran como Isaiah Berlin, se convierte tarde o temprano en la fuente de todos los totalitarismos. Y nos resulta difícil ver con Burkert un pasado prehistórico que late bajo nuestros aspectos tecnológicos y civilizados. En cambio, la obra de Calasso opera como una suerte de higiene mental (lo mismo que nos ocurre con Cioran o con Céline, con los grandes desesperados). El poder de Calasso es el de subvertir las ideas preestablecidas y combinarlas de modo que ningún sistema social ni político daría por bueno. Su logro está en ofrecernos una vía de conocimiento a la vez antigua y muy presente, radical hasta el punto de lo reaccionario, pero intrínseca e inevitable. Cuando todo —la política, la ecología, la ciencia— nos ofrece incertidumbre, este antiguo sacerdote nos ofrece la literatura como única certeza. Como lectores, Calasso nos puede fascinar y a veces escandalizar, pero la honradez del espíritu crítico y libre no se prueba en el elogio de lo semejante o en el trato de lo socialmente aceptable, sino en aquello que nos rebasa y nos repugna.

Mientras De Maistre les ofrecía a los hombres la religión del poder establecido y Burkert nos arroja a un pasado casi inimaginable, Calasso enseña que hay una forma de ofrecer resistencia, de no asentir por completo: la literatura. Lo que Calasso recobra en sus libros es una forma de la insurrección, capaz de llevar el pensamiento hasta un límite insoportable donde no quepa posibilidad de utilitarismo social, moral o educativo, que no posee vínculo de obediencia ni de pertenencia, y no sabe reconocer nada salvo a sí mismo: pura, simple y absoluta literatura.

Decía al principio que, salvo en una sola cosa, Calasso es nuestro Plutarco gracias a la amplitud de sus temas y a su devoción por recoger toda
la historia de la civilización occidental: Calasso no podría jamás ser sacerdote de Apolo como Plutarco. Calasso rinde culto a Dionisos, sabe que la única purificación posible es la destrucción. Es un teólogo que ha querido curar la superstición del sacrificio para sustituirla por su culto: la literatura.

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