Ruido

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Me dijo Carlos Velázquez, vecino de esta columna en
El Cultural, que la voz de los vendedores de tamales oaxaqueños y los compradores de estufas, lavadoras, refrigeradores y algo de fierro viejo son la música de la ciudad. Leí luego un artículo suyo dedicado a David Bowie, apenas un día después de que nos enteráramos de su muerte (y otro más amplio en el anterior suplemento). Entre la música de ese gran artista, del que comparto con él mi admiración y mi pena, y ese ruido monótono y repetitivo de las grabaciones que recorren a diario la ciudad, aunado a los claxons, motocicletas y taladros que rompen calles, hay una gran distancia que no puede cobijarse bajo una misma palabra: música. Decía yo en esa cena, durante la última fil Guadalajara, que necesito de silencio para escribir y que cuando pasan los vendedores-compradores con sus bocinas bajo mi casa hago una pausa y espero a que sus voces se pierdan. Tampoco lo expresé como una gran queja: tardan unos cuantos minutos en desaparecer y tantán.

Viene esto a cuentas porque hace dos sábados mis vecinos del edificio de enfrente regresaron seguramente después de que les cerraran el antro y decidieron continuar la fiesta en su departamento. Tres diez de la madrugada. Como no hay cortinas que impidan ver lo que sucede enfrente —como en La ventana indiscreta de Hitchcock—, vimos a cinco o seis personas que convivían amistosamente sin reparar en que el volumen de su “música” podía perturbar no sólo a sus condóminos sino también a sus cincunvecinos (¿cincuenta, cien?). A esas horas bajamos mi esposa y yo en piyama a tocarles el timbre y pedirles que apagaran su música. Bueno, música es un decir: más bien un tuntún monótono, repetido ad nauseam, sin variaciones armónicas, que ni siquiera invita al baile, que vuelve ininteligible la comunicación verbal y que seguramente daña el oído. Los dueños de los bafles hicieron caso y apagaron la música. Ya antes se habían reventado de manera similar dos veces. Supusimos que los propios habitantes de su edificio les habían puesto un alto.

Esta situación me había tocado vivirla hace unos años. Dos veces llamé a protección civil en Coyoacán para quejarme de los vecinos: unos pared contra pared y los otros a dos cuadras de distancia. Enviaron una patrulla que amablemente le pidió a los ruidosos que le bajaran al volumen de su música ya que tenían quejas de diversos habitantes a la redonda. En ambas ocasiones los dueños del sonido respondieron que en su casa podían hacer lo que se les viniera en gana, y para probarlo le subieron al volumen.
Caracolitos a la policía y a los quejosos al ritmo de “pero sigo siendo el rey”.

A partir del año pasado estos hechos ya pueden ser denunciados y traducirse en castigo a los responsables en la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial. Desde entonces la norma indica que, durante el día (6 de la mañana a 8 de la noche), se permiten 63 decibeles, y el resto del tiempo, 60. La medición deberá hacerse desde el “punto de denuncia”, es decir, desde el sitio en el cual quien presenta la denuncia percibe el ruido. Lo que significa que deberá permitirse el ingreso al lugar a la persona de la procuraduría que puede hacer la medición, aunque sean las tres de la mañana. Las penas van desde multas en económico hasta arresto entre 13 y 24 horas. También se puede presentar la queja en el juzgado cívico más próximo al domcilio con el fin de citar a los involucrados y llegar a una solución.

Copio del diario El Financiero algunos de los daños que, según la Organización Mundial de la Salud, provoca la contaminación sonora: “el ruido cerca de las escuelas afecta diversos procesos cognitivos: a más de 40 decibeles, se dificultan las actividades de cálculo; a los 50, disminuye la eficiencia; a los 55 decibeles se entorpece la memoria; a partir de los 60, aparece la dificultad para captar información auditiva; a los 64, se produce el lento aprendizaje y a los 70, aparecen problemas de comprensión lectora”.

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