Santiago Roncagliolo
“El miedo, la emoción más primitiva”

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México y Perú se parecen mucho: nos entendemos porque ambos países tienen mucho de thriller —así termina la charla con el escritor Santiago Roncagliolo, galardonado en 2006 con el Premio Alfaguara por su novela Abril rojo. Este año, el también periodista y dramaturgo peruano ha publicado La noche de los alfileres, una historia ubicada en la Lima de los años noventa, en pleno fujimorato, cuando las amenazas de bomba, los toques de queda y los apagones de luz eran comunes. ¿Para qué recordar el horror? Porque “he tratado de olvidarlo toda la vida”. En esta nueva novela, que en breve llegará a México, tres jóvenes comparten la amistad y el despertar de la sexualidad en un colegio jesuita; tratan de huir de la realidad, de sus debilidades y buscan ejercer su independencia. Por ello, una noche deciden dar un “golpe efectivo”. ¿Qué sucede, cómo se reconstruye esa memoria, ya oculta, que intenta borrar el dolor? ¿Fue, acaso, una aventura adolescente marcada por la venganza, reflejo de la situación social y política?



¿Qué puente hay entre la ficción y no ficción en tu literatura?

Yo creo que uno tiene que escribir de lo que conoce. Soy periodista, escribo muchas historias reales. Tengo una trilogía de historias reales sobre el siglo xx latinoamericano. Cuando escribo novelas, de un modo u otro parto de lo que he vivido de un modo u otro. Confieso que he sido un escritor muy pudoroso, que no pone su vida directamente en el papel. La noche de los alfileres es la primera novela en la que hablo de una manera más impúdica sobre mis vivencias, mi adolescencia y de la América Latina en la que crecí.
Lo he puesto todo.

En esta novela hay miedo. ¿Así viviste tu adolescencia?

De eso habla la novela. Yo crecí con miedo, desde que la policía perseguía a mi padre, que es algo de lo que hablo en la novela anterior; pero también he tenido miedo como padre. Ser padre es inaugurar una colección de miedos: qué pasa si al niño no le baja la fiebre, si desaparece entre la multitud… El miedo es la emoción más primitiva. El miedo es algo que aparece, es una alerta de que nos acercamos a lo que no conocemos, a lo que no controlamos, y por eso también es un recurso fascinante para explorar la pasión humana, hasta dónde podemos llegar y cuáles son nuestros lados más oscuros.

Tus personajes usan el olvido como herramienta para borrar los crímenes del pasado.

Yo creo que todos nos inventamos una historia propia en la que quedamos bien. Esto funciona tanto para nuestra vida personal como para la vida política. Siempre se dice que la historia la hacen los ganadores. Y es verdad.
Y también es verdad que borramos de nuestra historia las cosas que nos incomodan. Si le preguntas a los matones cómo recuerdan el colegio, te dirán que muy bonito; si le preguntas a las víctimas, se acordarán de los matones.
Cada quien crea una versión del pasado que conviene a su presente.
Nuestras memorias son ficciones que construimos para justificar lo que somos hoy, en el presente. Por eso quise que esta novela fuese contada por cada uno de los personajes. Y no siempre cuentan la misma historia, no siempre coinciden en las versiones sobre el mismo hecho, porque así es toda relación humana.

Un asunto constante en la novela son las amenazas de bomba. ¿Eran capaces de crear algo así para evitar las clases?

Digo que hubo amenazas de bomba y nos enviaban al estadio deportivo del colegio, porque la posibilidad de que te pusieran una bomba era cotidiano. Era un recuerdo que a mí me interesaba poner. Una bomba en el colegio era lo mejor que te podía ocurrir, nos enviaban al estadio y contábamos chistes y hablábamos de chicas. En el fondo, nosotros ansiábamos que todo mundo amenazara con una bomba al colegio. Visto ahora es absurdo y retorcido, y quizás es eso lo que quería contar: que tuve una vida absurda y retorcida, en un país absurdo y retorcido.

A diferencia de Beto y Carlos, Moco es un personaje al que describes con mayor sentido de la justicia. ¿Es el personaje más cercano a ti?

Lo que hay de mí en esa novela está repartido en todos los personajes. Como Moco, yo soy un fanático del cine, lo sigo siendo, mis novelas son muy cinematográficas; pero, además, Moco vende porno en el colegio, como yo.
Mi primer trabajo “real” en la vida fue vender porno. Carlos es un chico que se va a un centro comercial a buscar chicas, apestando a una colonia asquerosa que era lo único que podía comprar, y eso también hacía yo. Él tenía mucha rabia: yo fui rebelde, fui un joven con rabia. Y Beto, digamos…, yo no era gay pero era lo más parecido que había. Leía, no jugaba futbol, y esas cosas te hacían sospechoso de maricón. No me molestaban porque siempre había otro más afeminado que yo, pero esos afeminados terminaban en la biblioteca, donde los rudos nunca entraban. Y ahí me los encontraba, entonces siempre pensé que ellos y yo formábamos parte del mismo equipo, siempre acabábamos en esa biblioteca.

Juventud, sexo y violencia. Tres temas que se entrelazan en esta novela.

Una sociedad violenta tiende a ser una sociedad machista; es una sociedad donde la fuerza manda. Los hombres suelen sentir que pueden mandar por el simple hecho de tener más fuerza. Y yo crecí en un mundo así, donde los hombres tenían que desplegar masculinidad constantemente, hablaban
de quién la tenía más grande o quién se acostaba con la madre
de quién. Lima en los años noventa era una sociedad donde cada palabra era una afirmación de poder, de masculinidad. Estos chicos crecen en este mundo que se viene abajo, que explota, que incendia, y lo único que quieren hacer es perder la virginidad, pero también son chicos diferentes, son hostigados por su medio. Están cansados de ser víctimas y quieren tomar el control o el poder y no quieren someterse nunca más.

Son héroes para sus condiciones de vida.

Yo suelo jugar mucho con dos esquemas que vienen de la cultura popular, que son los perdedores y los psicópatas. Los perdedores son quienes por respetar todas las reglas sociales no satisfacen ningún deseo personal. Y los psicópatas, aquellos que con tal de satisfacer sus apetitos personales violan todas las normas. Creo que todos vivimos entre esos dos límites, y mis personajes suelen pasan de un extremo a otro.

¿Qué es Lima o Perú hoy?

Hoy Perú es un país infinitamente mejor que el país en el que crecí, y en general América Latina es infinitamente mejor que la que vivió la gente de mi generación. Me alegra. Lo que no termina de resolverse es la violencia. Es parte del ADN de los latinos, antes se llamaba guerrillera, luego del narco o la delincuencia. Ahora hay más gente que va a la escuela, hay menos pobres, hay muchas cosas que están mejor, pero en muchos sitios aún vives con la incertidumbre de que si sales a la calle te pueden pegar un balazo en la cabeza. O te encuentres un cadáver por la calle. La violencia no ha desaparecido en América Latina: sólo se ha transformado.

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