Ser milaneso o silviano, he ahí el dilema

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Por Adrian Castillo

Las voces de Silvio y Pablo eran esa noche dulzura y compenetración. Era 1984 en Argentina, país que tentaba con la punta de un pie el agua de la democracia. Silvio se tapaba la oreja derecha para escucharse mejor y empalmar la segunda voz: “Mi soledad se siente acompañada/ por eso a veces sé que necesito/ Tu mano/ Tu mano/ Eternamente tu mano”.

En aquel entonces hacía ya 16 años que la Casa de las Américas, en La Habana, los había reunido a tocar juntos, por primera vez (en 1968), como marcando los principios de un destino paralelo, que halló su fuerza en la conjunción talento-ideología que habrían de compartir… hasta cuando se pudo.

Juntos o separados maravillaban, pero ya desde esos años 80 entre los amantes de la nueva trova existía una disyuntiva: ser milaneso o silviano, como se conoce a los seguidores de cada uno de los cantautores en Cuba.

“Silvio Rodríguez podría ser la exuberancia de textos, de músicas, de concepción, y Pablo Milanés, la solidez; Silvio Rodríguez, la introspección y Pablo Milanés la extraversión”, escribió Antonio Gómez en El País, a propósito de una serie de conciertos en España en 1986.

Lo cierto es que por esos días la realidad permitía obviar la particularidad de estilos, y hacerlos ver como un binomio: durante aquella gira en España difundieron una carta en respuesta al disidente Carlos Alberto Montaner, quien había hecho público en un diario de Madrid un exhorto a que se quedaran en el exilio.

“Para ser parte de un proceso revolucionario como el cubano, como el nuestro… hay que desgarrarse con toda la realidad que entraña el quehacer cotidiano de mujeres y hombres que aman y sufren… que no eluden el reto de hacer… cada día mejor y siempre más humana una obra revolucionaria que indiscutiblemente es un ejemplo para América Latina… como siempre regresaremos a Cuba”, y firmaban ambos.

Eran otros tiempos que hoy suenan lejanos: la pensión soviética a la isla se mantenía y con ella la salud de la Revolución cubana, que jugaba un rol decisivo en el componente latinoamericano de la Guerra Fría.

Silvio y Pablo, además de artistas de talla internacional, fungían de embajadores del proyecto político de la más grande dimensión: la única revolución comunista en América, encabezada —unipersonalmente— por Fidel Castro.

EL NUEVO SENTIDO. Sin embargo la disyuntiva de ser milaneso o silviano adquiriría un nuevo sentido en el inicio del siglo XXI, cuando la convivencia de los cantautores con esa Revolución hubo de pasar, como en los matrimonios, la prueba de vivirse día a día. A saber:

Pablo y Silvio se distanciaron desde finales de los 80 y principios de los 90, en un tiempo que coincide con un momento crítico para la Revolución: la caída del Muro de Berlín, que antecedería el desplome del régimen soviético, y la pérdida del apoyo a la isla con las consecuentes penurias para la población en el llamado Periodo Especial.

Años terribles durante los cuales Castro tenía que legitimarse: por esas fechas a sus dos principales embajadores musicales se les permitió actuar como lo que en el régimen capitalista se conoce como empresario.

Sin embargo, un par de noticias de la época da cuenta de que habrían tenido privilegios diferenciados.

El 10 de junio de 1995 se conoció la noticia del cierre de la Fundación Pablo Milanés, ocurrido un día antes en medio de “choques y enfrentamientos con el Ministerio de Cultura por el control que éste quería ejercer sobre la fundación”, según reportó el diario El País.

Creada en 1994 con un capital inicial de 160 mil dólares, donados por Milanés, la fundación tenía autonomía de gestión y capacidad para poseer ¡patrimonio propio! Se conformaba de una revista, una firma productora de video, un sello editorial y uno fonográfico.

Pero fue liquidada con el argumento de que había un desvío del propósito que la originó

La otra cara de la moneda asomó sólo un año después, en mayo de 1996, cuando el mismo rotativo dio cuenta de otra noticia: “Silvio Rodríguez monta el estudio de grabación más moderno de Cuba”.

El reportero Mauricio Vicent describió: “El autor de ‘La era está pariendo un corazón’ habla ahora con igual pasión de alas de colibríes que de mesas de 36 pistas y de chips, y reconoce que las musas que más le inspiran son los avanzados equipos de la Solid State Logic que ha comprado para el estudio de grabación”, que bautizó con el nombre de Ojalá.

“Esto no es una empresa lucrativa personal”, aclaraba la nota informativa.

El silencio impuesto por el régimen a los diferendos de sus personajes públicos, sobre todo cuando se hablaba de la Revolución, hizo que fuera hasta iniciado el siglo XXI cuando fuera más evidente que Pablo había ido modificando su posición política sobre el régimen.

Su respaldo absoluto al castrismo ahora tenía matices: no criticaba a la Revolución, pero sí, sin mencionarlos, a quienes la dirigían. Quería una revolución con los Castro, pero “con arreglos”.

En marzo de 2010 el compositor de “Yolanda” decía sobre el encarcelamiento de opositores que “las ideas se discuten y se combaten, no se encarcelan”.
Desde afuera se veía jugar a Pablo al equilibrio sobre la cuerda floja que representa ese debate acostumbrado a penalizar a quien no se definía castrista o anticastrista.

Llegaría el 2011. En la víspera de un concierto en Miami —la meca del exilio—, acicateado por los cuestionamientos del comunicador Edmundo García, quien lo señalaba de “querer negar la cruz de su parroquia”, es decir, su afinidad al régimen, Milanés fustigó a intelectuales —entre ellos a Silvio— que en 2003 firmaron una carta en la cual apoyaban el arresto de 75 disidentes en La Habana y el fusilamiento de tres secuestradores armados de una embarcación, que pretendían emigrar.

Silvio, entonces, con argumentos alineados a la voz del régimen, como siempre los ha mantenido: aprovechó la pregunta de un internauta (porque tenía Internet) y a través de su blog Segunda cita respondió a Milanés: “Lo que escandaliza a algunos no es el contenido de sus críticas, sino la forma, que además de burda parece desamorada, sin el más mínimo compromiso afectivo…

“Otra cosa que duele es que haya manifestado esas críticas en Miami, a unos días de un conciertos que, por más propaganda que hacían, no se llenaba”.

Milanés reviró: “Ésta es una más de las diatribas incontroladas de Silvio frente a mí, llena de mentiras y tergiversaciones, como cuando me venía pidiendo perdón por todas ellas, desde hace más de 20 años, y yo no lo perdono”.

“Más aún cuando ha tenido el impudor de hacer público su viejo rencor (no sé de qué categoría, que lo analicen los sicólogos) y que ha llegado a comprometer mi dignidad y mi militancia revolucionaria”.

En la disyuntiva de ser silviano o milaneso en las postrimerías del siglo XX y la primera década del XXI —a la luz de una Cuba empobrecida, vaciada de tres millones de cubanos que salieron del país en busca de mejor vida, para unos; o, para otros, de una Cuba que resistía estoica los embates del imperio ahora bajo la protección de la matriz petrolera venezolana tenía una dimensión distinta a la de los años 80—, se materializaba otra vez el control superior: y Silvio se refrendaba como guardián de la Revolución de Castro.
Eran ya otros tiempos. De aquella noche de compenetración y dulzura en Argentina, en el 84… nada más queda.