Serénense

QUEBRADERO

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Lo que no le puede pasar, por ningún motivo, al nuevo gobierno, es meterse en los terrenos de la improvisación o las ocurrencias.

Habrá seguramente muchas situaciones a las que, al paso del sexenio, se deberá enfrentar sobre la marcha; pero los grandes temas nacionales deberán tener tras de sí análisis y evaluaciones precisos. De ello es desde donde se deben desarrollar las políticas públicas, tan socorridas pero, al mismo tiempo, tan malogradas.

Es entendible que en las campañas se prometan muchas cosas y que en la tribuna pública se lancen todo tipo de ideas para ofrecer y ofrecer con tal de sumar adeptos.

Se pone en la mesa lo imposible a sabiendas de que no se va a poder cumplir lo que se ofrece; sin embargo, se hace por la coyuntura y hasta por las emociones desbordadas. Se crean estados de ánimo que provocan que se digan cosas, a veces sin ton ni son, las cuales tendrán, tarde que temprano, su enfrentamiento con la terca realidad.

Poco a poco el nuevo gobierno está empezando a sentir y vivir sus nuevas realidades. Si bien tiene tras de sí una legitimidad única en la historia reciente de México, también tiene enfrente un reto mayúsculo, a la par que inédito.

Somos hoy un país peligrosamente descompuesto, al que todo le urge. El reto es enorme, porque para salir de las muchas crisis en las que estamos, se requiere de medidas que necesitan de tiempo para instrumentarse.

Estos son los terrenos en donde se concentran los mayores riesgos. Hay que hacerse valer como nuevo gobierno; hay que demostrar que las cosas serán diferentes en el corto y mediano plazos para responder a lo que los ciudadanos esperan y exigen; por eso votaron por quien votaron.

Algunos de los diagnósticos que se han venido haciendo resultan contradictorios. A veces se ven muy apresurados. Un tema al que no se le están viendo ni pies ni cabeza es la construcción  del aeropuerto. López Obrador está convocando a una consulta, siendo que no está todavía en funciones como Presidente, por más que éste tenga desde el primero de julio la luz apagada.

El Presidente electo no tiene autoridad para hacer una consulta de esta naturaleza. Al mismo tiempo, López Obrador se ha metido en un terreno contradictorio al convocar a consulta una obra; mientras que con otra, la del Tren Maya, sin duda de gran relevancia, no lo hace.

El poder que ya tiene López Obrador no lo hace infalible y menos, todopoderoso.

El tema de seguridad es otro que anda sobre caminos sinuosos. La idea de que las Fuerzas Armadas regresen a a los cuarteles no se va a poder instrumentar en el corto plazo. No hay manera de hacerlo; la terca realidad es la que manda. No es casual que algunos analistas de estos temas hayan hecho críticas a algunas de las propuestas, las cuales se han dado a conocer estos días.

La encomiable transición debe ser un gran aprendizaje para el nuevo gobierno. Se debe contener estos días, porque da la impresión de que está siendo rebasado por sus palabras y, en muchos casos, también por sus comprometedoras propuestas.

La inédita transición le está permitiendo al nuevo gobierno ver muy de cerca el estado de las cosas en el gobierno. La reunión que sostuvo López Obrador con los titulares del Ejército y la Marina le permitió ver, bajo otra perspectiva, cuál es el papel de la Fuerzas Armadas en el país, en medio de la violencia en la que andamos.

Los diagnósticos deben ser precisos no sólo para que el gobierno se fortalezca ya en el ejercicio del poder; urge, sobre todo, porque el país tiene muy poca capacidad de maniobra.

La tarea de los que llegan es mayúscula y requiere de, como ellos mismos dicen, serenarse.

RESQUICIOS.

El Vaticano está enfrentando de manera desigual el grave abuso sexual de muchos sacerdotes. Si algo urge, es que sea transparente y hable con la verdad; no se vale que unas puertas se abran y otras se cierren, como pasó en México.

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser

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