Sergio Pitol

HOY Y MAÑANA EN AMÉRICA DEL NORTE

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Se fue Sergio Pitol, y con él, un estilo y una manera de entender la literatura en México. Voces muchísimo más autorizadas que la mía analizarán su contribución a las letras de nuestra lengua. Hablo sin autoridad académica, pero con la admiración leal y sincera del lector fervoroso de su obra. Hasta antes de que le concedieran grandes premios como el Cervantes, Pitol era un autor relativamente poco publicitado en los círculos mediáticos. Escritor de culto, dirían algunos; escritor de a deveras, dirían en mi pueblo.

Pitol era un lector voraz y apasionado, y eso se siente en toda su obra. Pueblan sus páginas los homenajes directos o indirectos a otros autores que lo marcaron, la emoción de un lector que comparte con otros lectores el hallazgo de una página bien escrita, un pasaje realmente conmovedor o un aforismo contundente. Y al compartir esas experiencias, comunicaba con tal vigor el encanto de la literatura, que el mismo Pitol se volvía un personaje entrañable para sus lectores.

Todavía recuerdo la conmoción que me produjo su reconstrucción de la Ciudad de México de otro tiempo en alguna de las novelas del Tríptico de Carnaval, su ensayo sobre José Vasconcelos o el relato pormenorizado de su amistad con Carlos Monsiváis en El Arte de la Fuga. La precisión de las palabras, la intensidad de las vivencias, la capacidad para revivir épocas, sabores y sensaciones, hacían sentir al lector que acompañaba a Pitol mientras él leía Ulises Criollo, o cuando se iba a comer unos tacos con Monsiváis. Ahí está la magia y la seducción de la literatura.

Pitol ejercitó también la traducción y mucho le debemos en ese terreno. En el ámbito de la literatura mexicana, tan influida por la francesa, Pitol se preocupó por acercarnos a los lectores con otras tradiciones. Tradujo a Jane Austen, Witold Gombrowicz, Robert Graves o Henry James, por mencionar algunos.

En mis lejanos años universitarios, lo conocí a la entrada de un teatro. Parecía uno de esos antiguos señores cultos de provincia, elegantemente trajeado, pero, sin darse aires. Corrí velozmente a comprar uno de sus libros para pedir que me lo dedicara. “La dedicatoria tiene precio”, me dijo sonriente, “por favor ayúdeme a encontrar mi asiento. Ya no puedo ver los números”.

Pitol nunca buscó reflectores, ni en sus años como embajador, ni en su etapa final como escritor consagrado. Él es, para sus lectores, una de esas amistades selectas con quienes compartimos el goce de leer apasionadamente. Cada vez hay menos gente con quien compartir eso. Por fortuna, la obra de Sergio Pitol queda como testimonio y carta de amor a la buena literatura, vale decir, a la buena vida.

Raudel Ávila
Raudel Ávila

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