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Foto: Especial

Con la noticia de un temblor en Nicaragua comenzó esta charla, en la que minutos después Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) confesó: “El Premio Cervantes fue un terremoto en mi vida”. Narrador, periodista, político y abogado, ha vivido sus oficios con pasión, aunque algunos fueron producto de las circunstancias. Desde su primer libro, Cuentos (1963), hasta el más reciente, Ya nadie llora por mí (Alfaguara, 2017), Sergio Ramírez ha retratado a su país, sus personajes y la intensidad de su vida cotidiana, mostrando también a todo un continente. El acta del jurado del Premio Cervantes afirma que la obra de Ramírez: “refleja la viveza de la vida cotidiana convirtiendo la realidad en una obra de arte, todo ello con excepcional altura literaria y en pluralidad de géneros, como el cuento, la novela y el periodismo”.

¿Cuáles son los momentos que han cambiado su vida a lo largo de los años?

Haciendo una recapitulación, algunos son trágicos, otros felices. El primero que puedo recordar es cuando yo me fui de mi pequeño pueblo de Masatepe a estudiar derecho a la universidad. A los 16 años salí de un pequeño pueblo de 3 mil habitantes, de la meseta cafetalera de Nicaragua, hacia una ciudad desconocida que apenas tenía 70 mil habitantes pero en términos nicaragüenses era una verdadera urbe. Y mi vida cambió radicalmente de ambiente, de estilo. Yo vivía en una especie, digamos, de arcadia, y de repente me encontré la situación en las calles, la lucha constante contra la dictadura de Somoza. En enero de ese año [1959], la dictadura cubana de Batista acaba de caer, y ver que el derrocamiento de las dictaduras era posible por la vía armada contribuía a la agitación, no sólo en Nicaragua sino en muchos lugares de América Latina. Hubo distintos movimientos armados en mayo, cuando yo llegué a la universidad, y un saldo trágico porque en julio de ese año, una de las representaciones en la que yo participaba fue atacada a balazos por un pelotón del ejército de Somoza. Hubo cuatro estudiantes muertos, más de sesenta heridos; me considero un sobreviviente de esa tarde del 23 de julio. Un cambio radical en mi vida, el primer mojón sembrado en mi camino. Veinte años después, una fecha inolvidable: el triunfo de la revolución en Nicaragua, el 19 julio de 1979. Fue una vida nueva para mí. Luego, en 1996, mi ruptura con el frente sandinista y la política. Volví a la literatura, mi antiguo oficio, y bueno, cuando gané el Premio Alfaguara, en 1998, fue una reinserción oficial en el mundo literario. Hace veinte años. Y bueno, hasta el Premio Carlos Fuentes, en 2015, que significó mucho para mí, y ahora el Premio Cervantes, hablando de mi vida literaria y dejando atrás la política.

¿Qué representa el Premio Cervantes?

Ha sido una especie de terremoto en mi vida. Desde que hicieron el anuncio me han sacado de mis carriles, desde noviembre hasta ahora no he podido reiniciar mi rutina de escritor. Y estamos en los preparativos de la ceremonia porque se trata de distintos actos y hay que prepararse para eso. Pero yo espero, una vez que pase la ceremonia del 23 de abril, ya sentarme a escribir; creo que lo peor de un premio es que lo saca a uno de su escritura en lugar de que le infle sus velas para seguir escribiendo.

 

“Lo peor de un premio es que lo saca a uno de su escritura en lugar de que le infle sus velas para seguir escribiendo.

 

La política y la literatura, como dijo en Oficios compartidos, son “una sola vivencia”. ¿Sigue siendo así?

Una sola vivencia en el sentido de que uno quiere cambiar al mundo a través de la literatura, crear un mundo nuevo a través de las palabras. Y uno quiere cambiar el mundo a través de una revolución en la realidad. Pero los dos resultan, al fin y al cabo, asuntos imaginarios. Al mundo lo conmueve pero no lo cambia una revolución, esa es al menos mi experiencia. Por otro lado, el oficio político y el literario son contradictorios; si no fuera porque estuvo de por medio la revolución yo jamás me hubiera ocupado de la política. Nunca me vi candidato a diputado o a cualquier cargo de elección. Se trataba de un cambio profundo que se le proponía al país, y yo me vi involucrado en eso —vamos a usar la palabra— con mucha felicidad, porque yo creía en el cambio, en la necesidad del cambio. Pero al fin y al cabo, el oficio de la política es público y el oficio de escribir es privado: un asunto absolutamente individual, de disciplina. Si no hay otro remedio hay que buscar cómo conciliarlos. Cuando me di cuenta de que me iba a quedar sin escribir, busqué las horas para escribir durante la madrugada. Mi novela Castigo divino fue escrita en medio de la guerra, en medio del conflicto, y bueno, salí adelante. La voluntad y la disciplina son esenciales para este oficio.

Ya nadie llora por mí es una fotografía del Managua de hoy, de una Nicaragua corrupta. La literatura como un compromiso con nuestra realidad.

Una novela tiene el país que se merece, o el país tiene la novela que se merece. Lo que hago es describir lo que ocurre en Nicaragua como en otros países de Centroamérica, donde las reglas éticas han sido desplazadas y sustituidas por el arribismo, la nueva especie del nuevo rico, el que quiere ser rico de la noche a la mañana y no importan los medios, la complicidad y el aparato de Estado, el aparato judicial, la debilidad de las instituciones públicas. Todo eso es el paisaje de la novela, además de la Managua contemporánea.

América Latina parece llevar una gran herida y estos momentos no son la excepción.

Yo realmente no tengo una visión pesimista. Si comparamos con la América Latina de los años setenta u ochenta, plagada de dictaduras militares, desaparecidos, tumbas militares, niños arrancados de sus padres para ser entregados en adopción forzada, las alianzas militares en Argentina, Uruguay, Brasil, lo que ocurrió en Centroamérica, la guerra… a mí me parece que la situación ha cambiado. No hemos sido capaces de crear ciudadanía. Pero esto no tiene que ver con los países atrasados: veamos qué sucede en Estados Unidos, qué clase de elección hizo ese pueblo. Parece un defecto de la democracia representativa. La pregunta es si se puede sustituir este sistema. Yo creo que no. Y tenemos una experiencia muy negativa.

Volviendo a los libros, ¿cuáles son sus afinidades literarias?

Cuando escribo una novela lo que hago es leer poesía. Una novela tiene un ritmo y la poesía ayuda muchísimo. Siempre recurro a Baudelaire, por ejemplo, que me ayuda a ponerme en camino. También José Emilio Pacheco, que me ayuda a encontrar la clave de la prosa. Paso por Anton Chéjov, Maupassant. Leo a los más jóvenes que yo, tengo mucho que aprender de ellos; leo a mis contemporáneos y a mis clásicos. La lectura es un abanico de posibilidades. La otra cara de la moneda de escribir.

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