Sobre el diálogo

EL ARTE DE LO INCIERTO

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Termino de leer una entrevista realizada a Norberto Bobbio por Pietro Polito. Su vida fue fascinante. Lo que más impresiona es su sencillez y su comodidad ante el mundo y ante sí mismo. Sus palabras destilan tranquilidad, paz. Traslucen una madurez a la que se llega no con los años, sino por las miles de vidas vividas a través de las lecturas, de las experiencias, de sus alumnos, de los viajes. Habla de varios temas: de la amistad, de sus pasiones, de sus limitaciones, de sus lecturas formativas. Y por supuesto, hay varias preguntas dedicadas a uno de los temas que siempre interesó a Bobbio: el diálogo. No resisto la tentación citar algunas partes sobre este tema, ya que calza muy bien con los tiempos que vivimos.

“Para nosotros que veníamos de la Segunda Guerra Mundial, tras más de cinco años, más que una vocación, el diálogo fue una necesidad. En la guerra, el otro es el enemigo. Y con el enemigo no hay diálogo, sino combate para provocar su derrota, es decir, para no volver a concederle la posibilidad de hablar. La primera condición para que el diálogo sea posible es el respeto recíproco, que implica el deber de comprender lealmente lo que el otro dice, aunque no se comparta, para darle respuesta sin animadversión, con argumentos a favor y en contra.”

“El diálogo es siempre discurso de paz y no de guerra”.

“Diálogo y enfrentamiento son términos antitéticos: el diálogo puede surgir solamente cuando el enfrentamiento termina; el enfrentamiento empieza cuando el diálogo deja de ser posible”.

“La ética del diálogo se contrapone a la ética de la potencia. Comprensión frente a atropello. El otro como sujeto frente a su reducción como objeto”.

“Para dialogar no basta con hablar, con intercambiar palabras. También los poderosos de este mundo hablan de vez en cuando. Pero casi siempre lo hacen para sí mismos y para sus amigos. Y dos monólogos no hacen un diálogo.

“Se trata de superar esta situación de crónica confrontación retomando, cuando menos, el diálogo entre los hombres de cultura. El problema está, ante todo, en establecer cuáles han de ser los términos de este coloquio, sus títulos de legitimidad. Pero si pensamos, como nosotros hacemos, que el diálogo es legítimo, entonces es a los hombres de razón a quienes les corresponde aunar esfuerzos y energías para que llegue a ser posible. Donde se consiente que el diálogo se extinga, es la cultura la que deja de existir.”

En estos tiempos de maniqueísmo, de política de suma cero, donde parecería que lo que gana uno, necesariamente lo pierde el otro. En estos momentos donde no parece haber un consenso básico sobre lo que nos une, y sobre el cual podamos construir el piso de los común, de lo compartido; el diálogo aparece como la condición más apremiante. Porque, como dice Bobbio, el diálogo implica respeto, implica ver al otro como igual –como sujeto y no objeto– y con razones válidas para asumir una cierta postura. Implica, también, aprender a escuchar: de nada sirven dos personas recitando monólogos. Se requiere de una “peculiar actitud mental o disposición espiritual” para reconocer el grano de verdad que hay en la postura del otro.

En lugar de tratar de encasillar a todos en las manidas categorías de moda (liberales contra populistas, los de izquierda contra los de derecha, conservadores contra progresistas) mejor empecemos por conversar entre nosotros y a construir ese espacio cultural común que nos permita deliberar sobre los valores que debemos proteger como sociedad. El dilema es tajante: “es hablar o combatir”.

Esta columna volverá a publicarse hasta el lunes 24 de septiembre.

Martín Vivanco Lira
Martín Vivanco Lira

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