Sobre las expectativas

QUEBRADERO

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Si alguien debe tener en claro las grandes expectativas que ha provocado el nuevo gobierno deben ser todas y todos quienes ya forman o van a formar parte del equipo de López Obrador.

Suponemos que si alguien lo sabe de sobra es el propio Presidente electo, constantemente hace referencia en sus discursos a ello. A la palabra expectativa suma esperanza, hartazgo de la gente y mandato de las urnas. Comprende que su triunfo se debe a lo que él refleja, pero sobre todo a lo que “el pueblo” ha venido viviendo y sintiendo.

A pesar de que algunos de los futuros funcionarios tienen experiencia en el ejercicio del poder, creemos que son conscientes, o al menos intuyen, que lo que viene es inédito y que nunca han vivido una situación similar. Por más que hayan sido servidores públicos de alto nivel, los escenarios de ahora son totalmente distintos.

El apresuramiento en el que andan no les está viniendo nada bien. Los hace ver inexpertos; el mismo López Obrador se ha visto bajo esta dinámica. En muchos asuntos se ha empezado a dar el síndrome del sí, pero no. Dicen una cosa y tienen que desmentirla días después, y como todavía se les anda perdonando todo parece que no pasa nada, aunque sí termine por pasar.

Es momento de atemperar discursos y promesas, es tiempo de reconocer que lo que viene va a ser sumamente complicado, a lo que se suma que todavía faltan largos cuatros meses para que ejerzan directamente el poder.

Insistimos en que por ahora se les han ido perdonando todas sus contradicciones y confusiones. Sin embargo, llegará el momento en que se acabe la luna de miel y se dejen venir las críticas, entre las que estarán las que se basen en el análisis y también las malsanas, las cuales invariablemente están al acecho.

López Obrador tiene un margen de maniobra inédito, pero también puede pasar que las grandes expectativas le vayan jugando una mala pasada. 

Bajo el sistema presidencialista es común que los funcionarios no se muevan si no existe el aval del “jefe”. Se la pasan tratando de leerlo y a menudo adulándolo. Todo se lo deben al “jefe”, haga bien o mal las cosas.

En estos últimos años hemos visto cómo los secretarios de Estado se la han pasado bajo el anonimato. Lo paradójico es que mientras menos participen, dejan la idea de que menos ayudan a su “jefe”.

En el actual sexenio, que todavía no termina, de no ser por el caso del todopoderoso Luis Videgaray  —recordemos que ya jugaba el rol de canciller siendo titular de Hacienda-—, casi todos los demás se la han pasado en el cómodo anonimato.

Más sensible y hasta delicado ha sido el hecho de que el Presidente se haya llevado todos los golpes y críticas a lo largo de su sexenio. En muy pocas ocasiones su equipo ha salido en su defensa. Peña Nieto se ve y está hoy más solo que nunca, a lo que ha ayudado el hecho de que él mismo se haya retraído de manera evidente.

El futuro para López Obrador debería ser diferente; tiene una base de legitimidad y sentido social que lo hace poderoso. Sin embargo, muchas cosas pueden pasar a lo largo de seis años. Se puede empezar a tambor batiente y terminar saliendo por la puerta de atrás. Le pasó a Echeverría, a López Portillo, a Salinas, a Fox , a Calderón y ni qué decir de Peña Nieto.

El ejercicio del poder desgasta. En la próxima administración se va a presentar una variable de alto riesgo: la concentración del poder en López Obrador.

Esto podría producir situaciones que ya hemos vivido. Lo que hace que las cosas se vean diferentes es la gran base social que está AMLO.

La elección le dio el poder al tabasqueño, lo que no quiere decir que no esté a prueba.

Así como él va a poner a prueba a su propio equipo, al cual deberá darle real margen de maniobra.

RESQUICIOS.

Los que verdaderamente van a poner a prueba a Trump van a ser los medios de comunicación y las redes. Ayer vimos en muchos influyentes diarios de EU lo que puede venir.

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser

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