Hay un momento, justo antes del amanecer, cuando ciertos sueños logran cruzar el velo. No, no son seres de pesadilla o aberraciones contra natura. Tampoco son seres maravillosos de alas iridiscentes o dragones de plata parlantes. Los sueños que cruzan el velo son ligeros, tan ligeros, que los suspiros de los durmientes los hacen volar y escaparse por la ventana para recorrer efímeramente el universo. Unos se quedan pegados en las cortinas y se desvanecen al primer rayo de sol, otros caen bajo la cama y ahí permanecen, hasta que enloquecen, y se dedican a emponzoñar los sueños soñados arriba pero no, no son monstruos, solo son sueños enfermos de soledad. Algunos, los afortunados, encuentran su salida y vuelan entre corrientes frías hasta que alguien los inspira. Sí, exacto, lo entendiste bien, esos sueños que cruzaron el velo, se mezclan con otro ser, con otros sueños y en ese extasiado contacto, surge la inspiración. ¿Cómo lo sé? A veces, en muy raras ocasiones, quizá una en mil millones ese sueño que está a punto de ser inspirado, se encuentra con uno que acaba de cruzar, que ya no pertenece al soñador y que en esa milésima de segundo, en esa fusión invisible, en ese apareamiento literalmente soñado… Nacemos.

Somos escasos, en nuestro máximo apogeo hemos sido nueve, también hemos sido tres, cuatro, uno, o por generaciones completas, no hemos estado. Nos han asignado genealogías extrañas, nos han llamado y representado como mujeres, como hombres, en muchas ocasiones, incluso, hemos sido viento, lluvia, mar, un gato en el tejado, un perro acurrucado, un pájaro en la rama o un grillo en el silencio. Simplemente somos, existimos pero… No pertenecemos.

Al nacer, tenemos consciencia y desconocemos todo, es como si a uno de ustedes les borraran todo lo que son y los dejaran después en el momento justo donde estaban, en el momento de llevarse la cuchara con sopa a la boca, en el momento de cambio de marcha de un auto, en el clavado a una piscina, en el momento de un beso pasional… y no saber… que hacer a continuación. En esos momentos de deriva, de desconocimiento, de sobrecarga emocional y sensorial, nuestra existencia esta en un volado, podemos desaparecer o absorber lo que nos rodea, instintivamente nos aislamos gritando de dolor, volamos por arriba de las nubes mientras gotas de agua se condensan sobre nosotros y nos hacen nube y deambulamos entre estrellas, amaneceres y atardeceres, iluminados por lunas que nos brindan paz y empezamos a recomponernos, a procesar donde estamos, a saber. Escuchamos miles de palabras al viento, oraciones a todos los dioses o a ninguno en particular, vemos destellos de inspiración que reconocemos como hermanos y aprendemos, nos volvemos todo siendo aún nada, hasta que llegamos al punto clave, hasta que llegamos a conocernos. Es una explosión de identidad, que seguro han visto en los cielos y quizá nos confundieron con estrellas fugaces y seguro de ahí salió su leyenda de pedir un deseo pues justo en el instante en que nuestra identidad se conforma, si deseaste, te escuchamos y es una llamada que nos atrae de regreso a la tierra.

Y sí, así llegué, ante la tímida llamada de un ser en un grito desesperado apenas susurrado a “una estrella fugaz”. Nos es imposible negarnos, nos arrastra, nos compele, nos urge.

Bajé ante la necesidad y, conforme me acercaba, escuché muchas más “dinero”, “seguridad”, “paz”, “amor”, “sexo”, “salud” pero, solo nos obliga la primera, es nuestra piedra de toque y la llamada fue lo segundo más pedido… amor. Aunque  fuera vaga la petición, algo dentro de mí, aclaraba lo que le hacía falta. Pedía ser amado pero, para ser amado hay que amar y, para amar, hay que amarse primero y no se necesita ser amado para ello. Sabía instintivamente lo que le hacía falta, estoy casi seguro que también, gracias a nosotros surgió el dicho de “cuidado con lo que deseas, puede cumplirse”.

Ilustración: Norberto Carrasco

Era un hombre, con una cicatriz que corría desde la frente hacia la barbilla, pasando por una nariz quebrada y mal soldada. Su inseguridad se basaba en los cánones de belleza que corrían en la actualidad, la de hombres con cejas depiladas y pomadas caras que nutrían l¡y blanqueaban la piel, donde la nariz recta y los labios rojos, eran ahora deseados por las damas y una de ellas, se había reído de su amor fijándose solamente en la apariencia. No sé cómo supe todo eso, era como si lo viviera en carne propia, la ilusión creciente que subyugaba con la poca autoestima, el atrevimiento de un momento y la estrepitosa, dolorosa, cruel caída producto del rechazo, de la burla, del menosprecio dentro de la superficialidad.

Me posé sobre el hombro estremecido de llanto, susurré calma pues sólo en la paz, la oscuridad retrocede, sólo en el silencio, nos escuchamos y nos comprendemos. Debía reconstruirlo pero para eso, primero tenía que terminar de derribarlo pues se puede construir sin cimientos y aunque el muro sea vea sólido, una leve brisa lo derrumbará. Regresé en sus recuerdos, el día de su accidente, apenas un niño, una caída, el dolor fulminante, la culpa en la cara de su madre que lo había dejado caer en un descuido, ahí empezaba, lo que era culpa, él, ahora, lo veía como desagrado y la mirada de su madre, nunca cambió, desde ese día, lo sobre protegió, lo aisló, por un caída física, impidió que tuviera las caídas emocionales de las que se aprende a levantarse pero no hubo tal aprendizaje, solo un rostro partido por mitad que lo veía desde el espejo y una mirada de culpa confundida con asco. El recuerdo estaba demasiado afianzado para removerlo o cambiarlo, dejaría de ser si eso se movía. Sólo reavivé las sonrisas de orgullo que su madre le obsequiaba por sus éxitos, de su gol, de su diploma, de la tarjeta del día de la madre. Le deje ver lágrimas de dolor sentidas por su dolor, lágrimas que había visto pero no procesado y en esa sacudida emocional empecé su reconstrucción. Lo hice soñar con batallas de sus vidas pasadas y el honor de sus marcas, lo hacía tropezar con historias contadas de amores verdaderos, lo llevé por poesía y cuento, lo hice romper en llanto ante el mármol hecho carne, tararear feliz tonadas de su infancia y cuando su alma quedó limpia… lo hice escribir una carta de amor que culminó en una de perdón… de su perdón.

Cuando se rasuraba en el espejo le hablaba de que las líneas trazan rumbos, que la cicatriz es línea, que es trazo de dolor, uno tan fuerte, que logra que nunca más duela. Sus ojos brillaban más cada día, de todo se sale, de todo hay solución, del dolor se aprende y deja de doler y el amor, el amor se construye de adentro hacia afuera, desde abajo hasta el cielo, una y otra y otra vez hasta que amar, hasta que amarse, se vuelve tan sencillo y tan necesario…como respirar

Lo vi crecer, lo vi reconstruirse y sí, fue amado… por él… por mí.

Hacemos lo que hacemos, somos lo que somos, ninfas, susurros en el aire, inspiración, segundas oportunidades, recuerdos, Caliopé, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore, Urania, Meletea, Mnemea, Aedea, Arque, Nelio, Tritone, Asopo, Heptapora, Achelois, Tipoplo, Rhodia… Llámennos como deseen, somos todo, somos todos, somos nadie… Somos.

Estamos en sus momentos más brillantes y sonreímos por hallar nuestro propósito,  por cumplir los deseos, los sueños, por abrir en un momento, justo antes del amanecer, el velo en donde sueños cruzan para complementarlos. Sí, sabemos lo que somos, lo aceptamos y no… nunca perteneceremos… Seremos recuerdos que harán sentir… Seremos  sueños soñados que cumplen sueños…

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