Tarea para el pensamiento

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Uno de los testamentos artísticos más imponentes del siglo xx es la Capilla Rothko. Un espacio destinado a la meditación en Houston, Texas, decorado con obras de gran formato del pintor expresionista Mark Rothko. Las piezas que lo conforman corresponden a la última etapa de su autor. Que la crítica denominó como abstracta. Condición de la que siempre renegó, para calificar su último periodo como cuadros para ejercitar el pensamiento. Inmensos rectángulos dominados por una pradera de un solo color, o dos. Una tarea mental para el espectador. Inaugurada en los setentas, la Capilla ha registrado más de cien mil visitas. Pero el crush de la ciudad texana con Rothko continúa intacto. Del 20 de septiembre del año pasado al 24 de enero del presente, el mfah (Museum of Fine Arts of Houston) albergó la muestra Mark Rothko. A retrospective. Más de sesenta piezas que pertenecían a la colección personal del pintor hasta su suicidio.

La exposición abre con la foto más famosa de Rothko. Un retrato en blanco y negro que lo muestra frente a una de sus pinturas. Pero a pesar de lo insondable de esta imagen, no te prepara para la experiencia que significa observar los cuadros del pintor en vivo (no importa cuántas veces hayas visto su trabajo en la red o en libros de pintura). Incluso si has tenido la oportunidad de encontrarte de pie frente a un Rothko original no es lo mismo que atestiguar la colección que ejemplifica cómo se desarrolló su carrera. Rothko es una especie de Nabokov (por supuesto con marcadas diferencias). De origen ruso, nació en Letonia, se formó en Estados Unidos. Ambos tuvieron que aprender y adaptarse a una nueva cultura. Sin embargo, Rothko fue empapado desde muy joven por el existencialismo norteamericano. Una crítica frecuente al movimiento de vanguardia abstracto expresionista que recibieron Rothko, Pollock o De Kooning, es que carecían de imaginación. Los primeros trabajos de Rothko, de corte figurativo, contradicen esta concepción crítica.

La parte central de su carrera, por la que Rothko sería reconocido, es la más extensa de la muestra. Tres salas albergan una serie de cuadros que son ante todo una montaña rusa emocional. La primera sensación que te ataca al ver las pinturas, que van en aumento en tamaño y dimensión, es que te encuentras frente a una barrera para el entendimiento. Son tan inmediatas pero a la vez tan inasibles que podrías recorrer toda la exposición en cinco minutos o en cuatro horas. Es necesario realizar una expedición por cada uno de los brochazos que conforman cada pintura para percibir los diferentes estados de ánimo que las motivaron. Si bien es cierto que Rothko se refería a su trabajo, sobre todo en los cuadros negros, como tarea para el pensamiento, es fácil reconocer que el mayor impacto no se percibe con el intelecto. Una vez que te concentras en cada una de las piezas te percatas que la experiencia sensorial que tienes delante de ti te roba el aliento. No es frío lo que observas.

Conforme la muestra avanza, y te compenetras con las emociones que te produce, entiendes la tarea del pensamiento: que se puede traducir como un estudio. Nada es arbitrario en esos cuadros. Todos y cada uno de esos brochazos ha sido pensado y dispuesto. Es ejercicio para el cerebro. Y no vas a la mitad cuando te descubres jadeante. Y excitado por todos y cada uno de los caminos que ha tomado la brocha en aquellos en apariencia páramos de color. No importa la seriedad del negro, es una aventura vertiginosa. Y si la exploración de la retrospectiva se realiza al amparo de unas copas de tinto, la tarea es más sencilla. Lleva menos tiempo despertar los sentidos. Estar de pie a dos metros de esas imponentes materias de estudio es estremecedor.
Desaparece esa necesidad de explicar la disruptiva que gira en torno a la obra de Rothko. Ese talante religioso que se la ha achacado desde que aceptara la encomienda de la Capilla Rothko.

La asociación religiosa, entendible por la capilla, encuentra apoyo en la realización de los trípticos de la capilla misma: la referencia a la santa trinidad. Pero la última parte de la muestra revela que Rothko estaba alejado de la idea de Dios. Ahondó en otras técnicas. Que reflejaban tristeza y desolación. Y se acabó suicidando. Cumpliendo uno de los peores pecados.
Según los creyentes los que se quitan la vida van al infierno. Con su acto Rothko llevó a cabo la mejor venganza contra Dios: nunca abrazar la fe y continuar pensando.

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