Te digo que no

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Una amiga que se la pasa pescando perlas por la calle me contó que en un puesto de tacos escuchó la siguiente frase: “con todo menos sin cilantro”. No es difícil imaginar el contexto: el taquero pregunta si el taco lo quiere con jardín y salsa y el cliente responde con una doble negativa: “menos sin”, lo que confirma el rechazo que el cliente le tiene a esa yerba.

Al parecer el problema de algunos hablantes es dudar ante la doble negativa, no saber decir que no: el que me lo desniegue que tire el primer sí. Ese prefijo des- causa muchos desaguisados: alguien que tiene su casa en el rincón más apartado del pueblo vive en un lugar desalejado; una señora se queja de que su hijo se quedó sin
desempleo, lo que trae como consecuencia que ahora esté desaburrido. El prefijo in- también es causa de muchas barbaridades, ya que no falta quien le quiera asignar solo su valor negativo y no sepa que también significa “en”.
Como los dueños de las gaseras, que decidieron corregir, según su conciencia lingüística, un error del habla vulgar: ¿cómo que “inflamable”?, precisamente todo lo contrario: el gas es “flamable”. El Diccionario panhispánico de dudas no reflexiona al respecto de este barbarismo, tan solo se limita a decir que son equivalentes. Un amigo que se besuqueaba en la vía pública con su novia fue detenido por un policía que lo acusó de “faltas a la inmoralidad”. Mi amigo, por supuesto, le dijo que lo acompañaba a la delegación siempre y cuando mantuviera la acusación en pie. Una señora me comentó que su hijo todavía no llegaba a la edad de la inmadurez, cosa que por cierto era verdadera.

Por su parte los bancos no se quedan atrás en esa histórica tarea que se autoimpusieron de darle glamour a la lengua: se apertura una cuenta, no se abre; se accesa a cierta información, no se accede.

La hipercorrección no está tan lejos. Alguna vez conocí a un corrector de estilo de una editorial que le metió mano a un texto mío. Donde decía “no vino nadie”, él decidió que era más exacto gramaticalmente hablando decir “vino nadie”, y donde había escrito “no quiero nada”, lo cambió por “no quiero algo”. La doble negativa, en ambos casos, en vez de anularse, como creyó el corrector, funciona como refuerzo. Tratar de concebir la lengua como si fuera un problema de lógica está lejos de ser aplicable. Hay quien pide “un vaso con agua” y no “un vaso de agua” porque cree que al decirlo con la preposición “de” convierte al recipiente en el líquido que debería contener.
Una editora me cuestionó cuando dije “literatura infantil”. “¿Literatura escrita por niños?”, me regañó. No me tocó nunca (“me tocó nunca”) decirle que había salido el sol, ya que seguramente me hubiera explicado que el sol no sale, sino que existe un movimiento de rotación de la Tierra que genera los días y las noches.

Cada quien habla y escribe la lengua como mejor le viene. Hace un par de años me robaron la cartera al salir del metro Pino Suárez. Un niño pasó corriendo junto a mí y a su paso me untó en el pantalón algo que parecía crema de afeitar. Una señora me hizo notar la plasta que me habían echado y se ofreció, servilleta en mano, ayudar a limpiarme. A su lado, un joven se encargó de distraerme para que ella me extrajera la billetera sin que yo lo notara. En lo que me di cuenta y cancelé mis tarjetas, ellos se dedicaron por supuesto a usarlas en distintos comercios. El banco se ofreció a reponerme lo robado, siempre y cuando levantara un acta en el ministerio público. Y así lo hice. Me pidieron que redactara con mis palabras el suceso tal y como lo recordaba. El agente que lo leyó fue contundente: me dijo que yo no sabía narrar y me dictó mi testimonio. Por ejemplo, donde yo escribí “mujer”, él lo corrigió como “persona del sexo femenino”.

Ya lo decía Cantinflas: “Lo que es la falta de ignorancia”.

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