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Foto: Especial

El teatro siempre me ha acompañado. De niño, mi madre nos llevaba a mis hermanos y a mí al Centro Cultural del Bosque a ver obras aptas para público infantil. Recuerdo una, seguramente didáctica, en la que los actores representaban bacterias o microbios que salían del escenario y recorrían los pasillos de la sala. También recuerdo que eso me dio miedo. Mientras estuvieran arriba, la pieza funcionaba, pero en cuanto se transformaron en entes que podían acercarse a nosotros, y por lo tanto contagiarnos, se convirtió en un momento de terror.

Mi padre fue actor amateur cuando vivimos en Mexicali. Se trataba de obras montadas para beneficencia en su club de rotarios. Yo tenía entonces entre seis y nueve años. Aunque nunca se dedicó a la actuación, no tengo duda de que hubiera sido muy bueno: en la vida real no desperdiciaba ocasión para actuar. A los diecisiete dirigí una obra, escrita por él, con compañeros de la preparatoria. Se llamaba Ensayo general, teatro dentro del teatro, y su tema, las drogas. Hoy ese mundo ha crecido: mi esposa, una hija, un yerno, mi consuegra y una sobrina son actores profesionales.

Algunos cuentos míos han sido llevados a escena. La peor señora del mundo se ha representado muchas veces en teatro escolar, profesional, guiñol, cuentacuentos y monólogos. Los niños perdidos, basado en un cuento mío llamado A los pinches chamacos, lleva más de setecientas puestas en escena, dentro y fuera del país, y en noviembre pasado cumplió quince años. Lo actúa como espectáculo unipersonal Esteban Castellanos. También se han montado y/o se siguen montando A golpe de calcetín, Ana, ¿verdad?, Informe negro y El cocodrilo no sirve, es dragón. En el 2017, Marisa Giménez Cacho me invitó a escribir un texto para celebrar el Día Internacional del Teatro para Niños y Jóvenes. Paso de Gato publicó este año esos escritos conmemorativos que datan del 2001.

Me he dedicado gran parte de mi vida a crear personajes y a meterlos muchas veces en verdaderos aprietos. Ahora voy a saber lo que se siente.

Cuento esto porque recientemente he sido invitado a participar en dos obras, sin mayor experiencia en escenarios que la de acudir con mucha frecuencia a leer textos míos o a dar charlas ante auditorios que van de los quince o veinte asistentes hasta más de mil. La primera se trata de un espectáculo en el que leeré La peor señora, con algunas acotaciones que he añadido, acompañado por un grupo musical. Me reservo aún los nombres de quienes van a intervenir en ella hasta que ya sea un hecho: estamos en los primeros ensayos.

La segunda invitación la recibí para actuar en una obra profesional. Su director me dijo que necesitaba a un no actor para interpretar uno de los papeles y que yo llenaba los requisitos. Como no sé decir que no a la primera, acudí a la cita en la que leeríamos el texto dramático. Fui con el convencimiento de que tenía que negarme con dos argumentos: el primero, mi falta de memoria y por lo tanto de entrenamiento en ese aspecto. Y el segundo: mi disponibilidad de tiempo para acudir a los ensayos y cumplir puntualmente con una temporada. Mis razones no fueron convincentes: no tendría que memo-
rizar sino leer y, en caso de no poder asistir a alguna o algunas de las funciones, el propio director me supliría: me quedé sin alternativa razonable y terminé aceptando. Además,
la obra, de un gran dramaturgo canadiense, me encantó desde la primera leída que le di. Tampoco doy por ahora más detalles hasta que haya llegado el día en el que sea irreversible la puesta y pise el escenario con público.

Me he dedicado gran parte de mi vida a crear personajes y a meterlos muchas veces en verdaderos aprietos. Ahora voy a saber lo que se siente ser uno de ellos, aunque los míos son de papel y los que voy a interpretar respiran y por sus venas corre sangre y no tinta. Tan sólo el monólogo inicial, de una cuartilla, tiene distintos registros: de lo etéreo a lo concreto, del menosprecio a la adoración, de lo descriptivo a lo emotivo. C

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