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Foto: Especial

En alguna librería de viejo encontré un libro titulado El proceso creativo, editado por Brewster Ghiselin. Es una colección de testimonios sobre los mecanismos de la creación, escritos por Einstein, Jung, Yeats, Henry James, Nietzsche. El texto de Henry Miller, Reflexiones sobre la escritura, captó mi atención. “Empecé en el caos absoluto y en la oscuridad, en un pantano de ideas, emociones y experiencias. Incluso ahora no me considero un escritor, en el sentido ordinario de la palabra. Soy un hombre que cuenta la historia de su vida, un proceso que parece más y más inagotable a medida que avanzo. Al igual que la evolución del mundo, es interminable.” Henry Miller describe la escritura como un proceso de autodescubrimiento. Como si la psique del narrador contuviera materiales oscuros o preverbales, que no pueden discernirse en forma directa, pero que ejercen efectos en el comportamiento. Para entender esta dimensión “oscura y caótica”, el escritor debe hacer un ejercicio de “traducción”: poner en palabras los materiales preverbales, para alcanzar lo que Jürgen Habermas llama la “racionalidad comunicativa”. Escribir significa traducir al lenguaje verbal los mensajes cifrados en un código preverbal, para lograr una comunicación consigo mismo y los otros. Quizá por eso Juan Villoro afirma, en La utilidad del deseo (Anagrama, 2017), que “la mayor parte de los escritores no escribe porque sepa algo; escribe para saberlo.” Desde una perspectiva neurocientífica, podemos suponer que la información, para ser entendida, necesita trasladarse desde las regiones no-lingüísticas del cerebro hasta las regiones lingüísticas. ¿Qué tipos de información se encuentran en esas regiones pre-lingüísticas? Patrones sensoriales, mapas neurales del estado corporal, emociones, imágenes mentales, y otras piezas de información formadas mediante la interacción de nuestras redes neurales con el medio externo, por una parte, y con el medio fisiológico del organismo. Esta información es personal, y está anclada a la biografía del individuo: se trata de una memoria anterior a la conciencia.

“Sin acudir al gabinete del doctor Freud, podemos decir que el autor busca compensar a través de la escritura algo que no obtiene en el resto de su existencia,” dice Villoro. “¿Qué juguete perdió en su remota infancia? ¿Qué exilio lo sometió a la añoranza de los perdidos sabores del origen? ¿Qué impresión de la naturaleza humana lo llevó a imaginar congéneres? ¿Qué afán de dominio le permitió ser Dios, alcalde, rey soberano de un territorio concebido a su imagen y semejanza?” En La pluma y el bisturí, Villoro narra la gestación de una novela a través de claves sepultadas en la autobiografía. En 1979, un pequeño accidente durante un viaje en tren le provocó una lesión en el ojo. Fue atendido en el hospital oftalmológico del doctor Barraquer, en Barcelona. Ocho años después, una partícula de metal invadió otra vez el ojo durante un nuevo viaje en tren a la ciudad catalana. “En aquella época no usaba lentes, mi relación con la oftalmología se limitaba a los trenes.” En 1991, Villoro publicó El disparo de argón, una ficción acerca de la medicina oftalmológica. ¿Qué vectores simbólicos convergen en una trama literaria? Las casualidades dolorosas generan sentimientos de sorpresa, y ponen a la racionalidad en estado de emergencia. Y los efectos del azar pueden ser reconfigurados por la genealogía y las memorias fundacionales: durante la adolescencia, Juan Villoro pensó elegir la carrera de medicina, pero al final ese destino quedó en manos de un amigo, quien falleció en el Hospital General de México, en el terremoto de 1985. El abuelo de Villoro fue médico, y su padre estudió esa carrera, aunque se dedicó a la filosofía. Una fuerza genealógica, y la curiosidad de un mundo paralelo, contribuyeron a la formación de una novela. La ficción aparece como el ensayo de variantes imaginativas del ego y el mundo.

El uso de las palabras para reordenar imágenes mentales y arreglos simbólicos se discute ampliamente en el capítulo que da su nombre al libro: La utilidad del deseo. La literatura aparece como un juego de palabras: mediante este artificio, y la aplicación de reglas lógicas, el deseo infantil y la voluntad artística acceden a la racionalidad comunicativa. Cuando el talento conspira con el oficio y la capacidad de escucha, la creación literaria puede subvertir o restaurar acuerdos intersubjetivos, y en última instancia, modifica un poco el edificio colectivo de la razón. O al menos, se recupera el gozo de la comunicación en un mundo de pérdidas y amenazas. Cuando la capacidad de juego se vincula con la conciencia narrativa, hay una apertura hacia los conocimientos paradójicos, y se cataliza el desciframiento de aquello que nos desconcierta: las molestias en el globo ocular, o el dolor social.

En las conversaciones de artistas y escritores, es común oír que hay un agotamiento en las posibilidades del arte para encontrar ideas, imágenes o relatos nuevos. Hace pocos años, el artista conceptual Kenneth Goldsmith elaboró una prédica vehemente sobre el futuro de la literatura como una práctica tecnológica basada en la copia, el plagio, la apropiación y recombinación de textos ya existentes. Presentó su libro Escritura no creativa como el arte poética ineludible de la era digital. Allí plantea que la búsqueda creativa es fútil, ya que sólo podemos hallar patrones repetitivos y regurgitados por la tradición. “En este punto ya nadie es original; nadie debe ser original”. El agente humano mismo, en tanto creador verbal, resulta innecesario en este guión tecnoliterario. Hay inteligencias artificiales programadas para escribir poemas o novelas, con mayor o menor éxito. La literatura electrónica tiene posibilidades imaginativas y sociales de gran alcance, y puede generar sorprendentes productos transdisciplinarios. Pero los productos formalistas de la escritura no creativa (Goldsmith escribió un libro transcribiendo un número completo del New York Times), no nos ayudan a comprender las transformaciones históricas de la subjetividad humana. En menos de diez años, observamos las migraciones centroamericanas, el auge del terrorismo islámico, la xenofobia reformateada por los populismos de derecha anglosajones: esto no había sido escrito cuando Goldsmith predicaba la obligación de plagiar, simplemente porque no había ocurrido. La originalidad de los temas no se debe en este caso a la imaginación, sino a las mutaciones de lo real.

Henry Miller sentía que el proceso de la escritura era interminable, porque evolucionaba junto con el mundo. Esta dialéctica entre la mente y el presente inédito genera nuevas ficciones, nuevos testimonios, nuevas metáforas. Los asesinatos provocados por la comercialización civil de armas, o por la narcopolítica, así como la violencia sexual y el aislamiento infantil, adquieren formas nuevas y generan estados subjetivos de dolor social. La doctora Naomi Eisenberg, de la Universidad de California, ha mostrado que el dolor social genera una marca cerebral similar al dolor físico. Grandes estudios epidemiológicos indican que este problema se asocia con la epidemia de opiáceos en Estados Unidos. No es fácil saber hasta qué punto el desempleo y el dolor social han contribuido a la formación de emociones xenofóbicas, al rechazo de una democracia carcomida por el neoliberalismo, y al resurgimiento de filosofías autoritarias. Dudo que una tecnoliteratura no-creativa basada en el plagio nos ayude a tomarle el pulso a estos problemas cambiantes. Y sin embargo, como ha dicho Villoro, podemos afinar nuestros instrumentos de percepción, para captar las expresiones renovadas del “malestar en la cultura”, y para rastrear sus fuentes, en las redes infinitas de la conectividad intersubjetiva. ¿Qué podemos decir sobre La utilidad del deseo en el mundo contemporáneo? La voluntad de jugar con las palabras encuentra nuevas significaciones y entramados narrativos. Esto no es inútil: se trata de un recurso indispensable para contrarrestar la violenta automatización de nuestro orden colectivo, y sus pequeños efectos adversos: los gradientes de explotación, las formaciones xenofóbicas, la pérdida del sentido vital.

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