Martes 20.10.2020 - 11:47

A la madre de los humanos la mató... la evolución

A la madre de los humanos la mató... la evolución
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Lucy, la australophitecus que reescribió la historia humana, murió víctima de su propia evolución al perder sus habilidades para trepar árboles. Así lo revela un estudio de un grupo de científicos de la Universidad de Texas, en Austin, que sometió el esqueleto de la madre de la humanidad a una tomografía computarizada y elaboró impresiones 3D de sus huesos para averiguar las posibles causas de su muerte. Según publica la revista Nature, el homínido cuyos restos fueron descubiertos en 1974, cayó de un árbol desde una altura de 10 metros o más y el impacto contra el suelo le provocó la compresión y fractura del húmero derecho, así como daños a órganos internos y múltiples lesiones en su estructura ósea, lo que derivó en su muerte. La Razón reproduce para sus lectores un fragmento del libro Lucy: los orígenes de la humanidad, publicado en 1981 y cuyo autor es el paleonantropólogo Donald Johanson, el mismo que descubrió al homínido en una expedición en Etiopía y después de varias cervezas para festejar el hallazgo decidió bautizarlo con el nombre de un tema de The Beatles que se repetia una y otra vez en una vieja grabadora: “Lucy in the Sky with Diamonds”.

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Lucy : los orígenes de la humanidad

Donald Johanson

En la mañana del 30 de noviembre de 1974 desperté al despuntar el alba, como de costumbre, en un campo de mi expedición. Estaba en Etiopía, acampando en el banco de un río pequeño y lodoso, el Awash, en un lugar llamado Hadar, alrededor de 160 kilómetros al noreste de Addis Abeba. Ya llevaba ahí varias semanas como colíder de un grupo de científicos que buscaba fósiles.

Todavía estaba fresco, no más de 26 centígrados. El aire tenía el inconfundible olor cristalino de de una mañana en el desierto, apenas con trazas de las fogatas. Algunos de los miembros de la tribu Afar, que laboraban en la expedición trajeron a sus familias, por lo que a unos 200 metros del campamento principal se levantaba un pequeño grupo de cabañas de varas y pasto, con techos en forma de domo.

Tom Gray se reunió conmigo para tomar un café. Tom era un investigador americano con maestría que vino a Hadar a estudiar los fósiles animales y plantas de la región para reconstruir lo más exactamente posible los tipos, frecuencias y relaciones de lo que sea que haya vivido ahí en el pasado remoto. Mi objetivo —y la razón principal de la expedición— eran los fósiles de los homínidos: los huesos de los extintos ancestros del hombre y sus parientes cercanos. A mí me interesaba la evidencia disponible sobre la evolución humana. Pero para entenderla, para interpretar cualquier fósil que pudiéramos hallar, necesitábamos de otros especialistas como Tom.

“¿Cuál es el plan para hoy?”, pregunté.

Tom dijo que estaba ocupado marcando sitios con fósiles en un mapa.“¿Cuándo vas a poner una marca en el Área 162?”

“No estoy seguro de dónde está la 162”, dijo. “Entonces te la voy a mostrar”.

No tenía muchas ganas de salir con Gray aquella mañana. Tenía que poner al corriente mucho trabajo. Debí haberme quedado en el campamento esa mañana, pero no fue así. Sentía un fuerte impulso subconsciente de ir con Tom. Escribí un apunte para mí mismo en mi diario: noviembre 30 de 1974. Al Área 162 con Gray. Me siento bien.

Como paleoantropólogo soy supersticioso. Muchos de nosotros lo somos porque nuestro trabajo depende en gran parte de la suerte. Los fósiles que estudiamos son extremadamente raros y algunos distinguidos paleoantropólogos han pasado toda la vida sin encontrar alguno. Yo soy uno de los más afortunados. Este era apenas mi tercer año en el campo, en Hadar, y ya había encontrado varios. Sé que tengo suerte y no lo oculto. Es por eso que escribí “me siento bien” en mi diario.

Gray y yo abordamos uno de los cuatro Land Rover de la expedición y lentamente nos dirigimos al Área 162. Aunque el sitio estaba a seis kilómetros del campamento, nos tomó media hora llegar a allí por lo agreste del terreno. Cuando llegamos ya comenzaba a hacer calor. Gray y yo estacionamos el Land Rover en una ladera. Gray identificó el área en el mapa. Entonces descendimos y comenzamos a hacer lo mismo que hace la mayoría de los miembros de la expedición: inspeccionar la zona, caminar despacio buscando fósiles.

Hay gente que es buena hallando fósiles. Otros son malos sin remedio. Es cuestión de práctica, de entrenar tus ojos para ver lo que necesitas ver.

Tom y yo inspeccionamos la zona por un par de horas. Ya era cerca del mediodía y el termómetro se acercaba a los 38 centígrados. No habíamos encontrado mucho. “Ya fue suficiente”, dijo Tom. “¿A qué hora volvemos al campamento?” “Ahora mismo. Pero pero vamos por este camino e inspeccionemos esa pequeña barranca”. La barranca en cuestión estaba justo en la cresta de la hondonada en la que estuvimos trabajando toda la mañana.Antes había sido inspeccionada minuciosamente al menos dos veces por otros trabajadores que no encontraron nada interesante. No obstante, consciente de ese sentimiento de fortuna que me acompañó desde que desperté, decidí hacer la última desviación. No había ningún hueso en la hondonada, pero mientras dábamos la vuelta para retirarnos, noté algo en el piso.

“Parece el brazo de homínido”, dije.“No puede ser. Es muy pequeño. Tiene que ser un simio de algún tipo”. Ambos nos hincamos para examinarlo. “Es demasiado pequeño”, dijo Gray de nueva cuenta. Yo negué con mi cabeza.

“Homínido” “¿Por qué estás tan seguro?”, preguntó.“Esa parte exactamente junto a tu mano. Esa también es de un homínido”. Él la levantó. Era la parte posterior de un pequeño cráneo. A unos metros estaba una parte de un fémur. Nos levantamos y comenzamos a ver otros pedazos de huesos en la hondonada: un par de vértebras, parte de una pelvis, todos de homínido. ¿Podrían ser partes de un solo y primitivo esqueleto? Nunca se ha encontrado un esqueleto así en ningún lugar.

“¡Mira eso!”, dijo Gray. “Costillas”.

¿Un solo individuo? “No lo puedo creer”, dije. “¡Será mejor que lo creas!”, gritó Gray. Y su voz se convirtió en un aullido al cual me uní. Y con aquél calor de 43 grados comenzamos a saltar. Recogimos un par de piezas de una mandíbula, marcamos el punto exacto y abordamos el Land Rover para volver al campamento. Todos estábamos emocionados. Aquella primera noche no dormimos. Platicamos y platicamos y tomamos una cerveza tras otra. Teníamos una grabadora y la canción “Lucy in the Sky with Diamonds”, de The Beatles, comenzó a sonar bajo el cielo nocturno, y la tocamos a todo volumen una y otra vez. En algún momento durante aquella noche inolvidable al nuevo fósil comenzamos a llamarlo Lucy, y desde entonces ha sido conocido así.