Tiempo para escribir

La nota negra

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Admiro mucho a mis colegas que pueden escribir una nota o un ensayo en unas cuantas horas, una facilidad que les envidio. A mí me lleva varios días hacer lo mismo y seguramente con menos eficacia e inteligencia. Un amigo me decía que redactar una reseña de un libro en más de dos horas no era redituable. A mí me cuesta hacerla al menos una semana.

Es común que los autores o editoriales que publican un nuevo título quieran hacer su bautizo en público e invitan a dos, tres o cuatro presentadores que leen o improvisan un comentario sobre la obra. No me gusta ir, ni siquiera como espectador y menos si se trata de un libro mío. Tengo algunos amigos que, por ejemplo, en la FIL Guadalajara pueden llegar a presentar entre siete y ocho libros, además de dar una conferencia y asistir cada día a uno o dos brindis.

Escribir, para mí, es algo más que un modus vivendi: es un modo de vida, que disfruto al máximo. Casi no pasa un día en el que no escriba algo. Y me siento satisfecho cuando logro tres o cuatro cuartillas, que por supuesto serán después corregidas.

Desde el año pasado copié una decisión que tomó en algún momento Oliver Sacks. En sus memorias (En movimiento. Una vida, Anagrama, 2015), reproduce una fotografía en la que se le ve en su estudio, al teléfono, y al fondo un letrero que dice “NO!”. Al pie de la foto escribe: “En mi casa de City Island pegué un cartel para acordarme de decir no a las invitaciones, a fin de tener tiempo para escribir”. Y no solamente publicó una quincena de libros, sino que tuvo una intensa actividad como neurólogo, tanto en la clínica como en la investigación y la docencia. Tiempo para escribir. Si bien el letrero que tengo frente a mi escritorio es parecido al suyo, eventualmente le hago caso. Lo voy marcando con palitos cada vez que me niego a participar en algún evento. Pero la mayoría de las veces sucumbo ante las invitaciones y las acepto porque lo siento como un deber o simplemente por debilidad. No sé si sea generacional, pero a mí me cuesta mucho trabajo decir que no. A veces, cuando me hacen algún ofrecimiento que no me interesa o bien que me restaría tiempo para trabajar en todos mis pendientes, pido un pago muy superior a lo que acostumbro. Para mi sorpresa, en algunas ocasiones aceptan pagarlo.

Me identifico con el protagonista de un libro para niños de Rafael Barajas, El Fisgón (Me planchas mi elefante, por favor, Alfaguara, 2007). Simón se ve impedido a negarse ante las solicitudes que le hacen sus compañeros para que les cargue la mochila y les resuelva sus trabajos escolares. Terminaba acostándose a las cuatro de la mañana después de hacer treinta y siete tareas ajenas. Quizás al letrero del año que entra le añada algunos sinónimos: niguas, nel pastel, nop, nanay, naranjas, nones, para reafirmar la negativa.

Tengo en la agenda de hoy escribir tres prólogos, un libro sobre las emociones y los sentimientos destinado a estudiantes de diez a doce años, varios cuentos (para niños y para adultos), una bitácora de viajes, esta columna quincenal y ser jurado de un concurso. Si bien tengo un cuento que he escrito en tiempo récord (La peor señora del mundo, cinco horas), el promedio va entre los seis o siete años. Desde que empecé De domingo a lunes hasta que salió publicado, pasaron catorce.

Además voy a dar charlas a unas veinte escuelas por año y a varias obras de teatro, conciertos y exposiciones. Y viajo con cierta frecuencia. En el 2015, que obtuve el nombramiento de embajador de la FILIJ, tomé cincuenta y nueve vuelos, más una veintena de trayectos por carretera. Tiempo para escribir.

Quizás esta nota debió comenzar de otra manera: Queridos amigos: por favor no me inviten a escribir sobre un libro suyo, que por supuesto leeré con mucho gusto. Y no me gusta inventarme una excusa que me haga añadir un palito al NO que tengo frente a mi escritorio.

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