Tiempo Perdido

  • Tamaño de fuente: A  A  A  A  

La expresión era sencilla, una de esas que hacemos todos los días, a cada momento, una a la que no solemos darle importancia “¡Deja de perder el tiempo!”.

En cualquier otra ocasión no le hubiera dado importancia pero en la sala de espera de terapia intensiva, mi ánimo estaba destrozado, de por sí, el olor tan peculiar y los colores pastel de los hospitales me hacían revivir una dolorosa etapa de mi vida y aunque me encontraba ahí por cortesía a un compañero de trabajo, todos esos recuerdos que mantenía bajo llave en mi psique, se despertaban cada vez que ponía un pie dentro.

“Deja de perder el tiempo” La mamá que se lo dijo al niño lo dijo más bien por desesperación de que su reloj iba mucho más lento que el del infante que estaba sumido en un videojuego y su tiempo, seguramente, estaba volando.

Yo hojeaba una revista sin leerla y sin fijarme en los gráficos, lo hacía sólo para mantener las manos ocupadas y amortiguar la ansiedad de fumarme un tabaco quede pensar en recorrer el laberíntico camino de salida para hacerlo me quitaba todas las ganas además de que sabía que al regresar sufriría las miradas de reproche de los que ahí se encontraban creyendo que los mil químicos se les meterían por la nariz al inhalar mi ropa impregnada. Pensar en el olor del tabaco amortiguó el del nosocomio pero no bajó la ansiedad ni una pizca.

Ya había pasado por la angustia que sentían algunos de los presentes, ese anhelo de noticias, combinado con el temor de las mismas, ese no saber si serán buenas o malas, la mezcla entre esperanza del alivio y la culpabilidad de desear una pronta partida sin dolor. Hoy era un espectador de un dolor que no me afectaba directamente excepto por el reflejo adquirido de la aversión a los hospitales.

Debe haber sido la decisión de los que no saben si la cháchara intrascendente acerca del clima o la situación económica será bien recibida llenando la opresiva ausencia de sonido lo que hizo que entrara en ese estado de duermevela en que estás lo suficientemente consciente para darte cuenta de que estás en linde de la inconsciencia, es decir, cruzando el velo del mundo onírico.

Estaba así cuando mi cerebro admitió la existencia de un sujeto vestido con traje blanco, chaleco, zapatos y cinturón negro que llevaba en las manos una clava de madera que por el color debe haber estado pintada o ser de ébano. En ese estado de duermevela, es difícil que algo te sorprenda, lo catalogas como sueño y ya está, nada de qué preocuparse… A menos claro, que tu sueño sea el sorprendido de que lo midan con la mirada que era lo que estaba haciendo o mejor dicho, estaba tratando de averiguar el tipo de tela del chaleco pues si bien, en un principio me pareció negro, ahora parecía ligeramente más claro o tornasolado, como si cambiara de color en remolinos aleatorios.

El tipo miró a las demás personas de la sala y luego regresó la vista a mí, parecía que trataba de determinar si lo estaba viendo en realidad o era producto de una simple casualidad. Agitó la mano y no pude hacer otra cosa que sonreír pero no en respuesta sino por lo absurdo que somos los humanos que vamos desde mover la mano para confirmar lo que tenemos frente a los ojos o hacemos preguntas de respuesta implícita como las de “¿ya llegaste?” o “¿te desperté?”.

La mandíbula se le cayó al ver mi reacción, tomó su clava y se atrevió a empujarme con la punta.

— ¿Me ve?–

No pude aguantarme la risa pues eso de las preguntas obvias estaba fresco en mi mente pero no le contestaría con alguna frase sarcástica así que contesté como se contrasta a las preguntas absurdas… Con otras preguntas. –Sí. ¿Por qué? ¿no debería?–

Después de un momento para recomponerse contestó -No, de hecho no, pero me da un gusto enorme que lo haga.–

— Puedes tutearme, eso de la formalidad no es lo mío. ¿Por qué no debería verte?–

— Le agradezco la venia de su confianza.–

— ¿Por qué no debería verte?- Insistí.

— Pues, porque no estoy aquí, bueno, estoy pero, no estoy.–

Debo haber girado los ojos, eso de la cara de póquer no es lo mío, si algo me da risa me río, si algo me molesta, lo demuestro y si algo se me hace absurdo, el desdén me brota por todos los poros. -Ah, ok–

Permaneció en silencio unos instantes con el rostro duro del que se sabe juzgado y se pone a la defensiva y luego sacudió la cabeza lentamente.

— Estoy aquí porque me ves, pero, no estoy pues me encuentro fuera de las líneas temporales, es decir, estoy pero no estoy, o mejor dicho, estoy y tú, estás donde no deberías.–

Algo enredado para mi gusto pero, entendí la idea y aprecié que dejara pasar la afrenta al ego y derrumbara sus defensas para seguir con la plática.

— Debes entender mi sorpresa al darme cuenta que me observabas, los veo pasar pero nunca se puede interactuar, así que me sacó de balance el que me analizaras.-

— Bueno, no estaba analizándote, estaba tratando de definir el color de tu chaleco que, por cierto, me está dando dolor de cabeza.–

La risa fue espontánea, liberadora, catártica. –Deja de intentarlo– Continuó entre hipidos de risa –llevó portándolo desde que aparecí aquí y parece que cambia más por capricho que por un patrón definido.–

— ¿Cómo qué apareciste aquí?– Pregunté y no podía evitarlo, ese era un gran defecto mío, preguntaba y preguntaba y preguntaba otra vez hasta quedar satisfecho, por eso mis amistades se contaban con el dedo de la mano y me sobraban tres falanges y una uña.

— Así nada más. Aparecí aquí. Estaba en mi lecho de muerte cuando pedí un instante más de vida y algo o alguien me lo concedió, un instante… eterno.–

Su voz bajó de intensidad lo que me daba la señal de que estaba por confesar algo que le provocaba malestar o culpa de algún tipo. Permanecí en silencio a la expectativa.

— En un inicio no había nada y luego aparecieron en el aire instrucciones de recolección de tiempo y una escueta bienvenida y nada más, permanecí vagando por tiempo indefinido (aunque no signifique lo mismo pero los hábitos son difíciles de romper) tratando de encontrar a otros pero no vi a nadie hasta que un buen día vi otra vez a lo lejos, un grupo de seres humanos, la alegría me desbordó, lloré de alivio y felicidad, corrí con los brazos extendidos como el niño perdido que se reencuentra con sus padres pero nadie se dio cuenta de mi existencia, pasaban a mi lado, me evitaban de manera inconsciente, si extendía la mano, un viento los hacía estremecer y se arrebujaban evitando mi contacto, si me paraba frente a ellos, algo los hacía cambiar de dirección, si intentaba agarrarlos, algo me detenía (por eso te toqué con la clava). Llevaba tanto tiempo (otra vez perdona el uso del término) vagando que había olvidado lo primero que recibí aquí, las instrucciones de recolección, sé que no soy el único, sé que hay más como yo cosechando tiempo para entregarlo a los que se lo merecen pero, después de tanto caminar, me di cuenta que en los hospitales podía llenar la cuota en ambos sentidos, podía tomar el tiempo perdido en la sala de espera y ver si alguno de los pacientes terminales tenía el deseo de un instante más de vida, quizá, sólo quizá, alguno de ellos quisiera ocupar mi lugar y así podría partir.-

Me vio con la culpa y la esperanza en los ojos, tal vez pensaba que yo era quien lo sustituiría pero en realidad, no había mucho por lo que yo quisiera largar mi estadía y aunque era un maravilloso fan de mi soledad, no pensaba pasar una eternidad atrapado en la misma. –No, a mí no me mires, yo no necesito un instante más de vida, es más hice las paces con toda la gente que mi importaba hace mucho.– Obviamente no le dije que la única persona realmente importante para mí, era yo mismo.

— Lo siento… Por un instante…–

Sonrío ante el uso de otra palabra de tiempo, efectivamente, los hábitos cuestan mucho de erradicar.

— Sí, lo sé pero mira el lado positivo, tuviste una charla en quién sabe cuánto… Bueno, tiempo.–

Su triste gesto lo dijo todo, así que seguí preguntando acerca de su curiosa “ocupación”. –¿Qué es el tiempo perdido?–

 Eso, tiempo perdido. Tú por ejemplo, antes de que entabláramos está plática, hojeabas una revista, no la leías por lo que no te dejaba nada, no veías las fotografías por lo que no ganabas ningún nuevo recuerdo pero, estabas sin fumar y esa pérdida de tiempo, paradójicamente te estaba alargando minutos de vida.-

— ¿Cómo puedes saber todo eso?–

Se encogió de hombros -Sólo lo sé.–

Frente a mí se planteó otro panorama. –¿Cómo lo sabes?– Insistí.

Levantó la mirada interesado e intrigado.

— Como dije, simplemente lo sé. Te veo y sé que algo cambio en tu percepción y que estás a punto de decidir quedarte, la forma en que lo sé no puedo explicarla pero digamos que es como un reloj y el tuyo está por detenerse cuando hacía apenas unos segundos (disculpa), corría normalmente.–

— ¿Puedes saber lo que piensan las personas?–

— No, pero tengo más datos que me permiten deducirlo.–

— ¿Puedes intervenir?–

— ¿A qué te refieres?–

— Trata de deducirlo.–

— Sí, podemos modificar el tiempo de algunos si así lo consideramos necesario, prudente o… Justo.–

Sonreí emocionado. –¡Va! Me apunto.–

Vi a mi colega sacudiéndome, tratando de despertarme, pasó del enojo al miedo cuando caí de lado. Gritó pidiendo ayuda y el médico dijo lo que ya sabían todos en la sala de espera… Morí durmiendo. Es lindo ver como hasta los desconocidos se conmueven con tu partida.

Se supone que no debería ver a nadie pero aquí estoy, viendo a todos y sí, leyéndolos tan claramente que es como si les leyera la mente.

Me quedé esperando las instrucciones que aparecerían en el aire pero después de un rato (¡Puf! Cómo hablar sin usar adverbios de tiempo) decidí caminar por la ciudad. Por costumbre, busqué un cigarro, me palpé todos los bolsillos y no encontré nada, me encogí de hombros, por primera vez en años (jajajaja ahí iba otra vez) no lo necesitaba.

Caminé entre la multitud y efectivamente, me rodeaban como el cauce de un río a una piedra, no era molesto, por el contrario, era bastante agradable caminar a un propio ritmo sin que nadie se te atravesara. Estaba encantado probando mis nuevas habilidades de saber lo que pasaba por la cabeza de las personas cuando vi a otro sujeto como el de traje blanco que apenas acepté desapareció y supuse que había sido

por lo mismo. Este nuevo sujeto era diferente, habría dicho bien, cada persona parecía tener un reloj que aunque no lo veía, lo sentía en cada hueso de mi cuerpo pero este otro tipo era frío, la humanidad era como agua y este (o quizá debería empezar a referirme como nosotros) era hielo.

— Hola.– Saludé cortésmente.

El tipo se derrumbó llorando de alivio…

Un mensaje apareció en el aire… “Bienvenido guía… Al instante eterno”… Ahora sabía que hacer… con mi tiempo.

Latest posts by Raúl Sales (see all)