Tláhuac, una historia de abandono…

En marzo de 2017 un BMW que circulaba de madrugada por Paseo de la Reform a 180 kms por hora y con cinco personas a bordo [...]. Esta semana, el hecho volvió a ser referencia luego de la tragedia ocurrida en Tláhuac.

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En marzo de 2017 un BMW que circulaba de madrugada por Paseo de la Reforma, a 180 km por hora y con cinco personas a bordo, se impactó en una curva, partiéndose a la mitad y cobrando la vida de todos los pasajeros a excepción del conductor.

Las imágenes fueron dantescas. El accidente conmocionó al país entero. Para Carlos Salomón Villuendas, conductor y único sobreviviente del accidente, al encontrarse en estado de ebriedad, sólo fue como despertar de un sobresalto de un mal sueño que pronto se convirtió en su peor pesadilla y en una sentencia de 9 años de prisión.

Esta semana el hecho volvió a ser referencia luego de la tragedia ocurrida en Tláhuac, donde un niño de 12 años en estado de ebriedad, al volante del coche de su padre, se estrelló y mató a cinco de los ocho menores que lo acompañaban, todos en edades de entre 12 y 15 años.

Otra vez la imprudencia, otra vez las imágenes dantescas…

La diferencia entre este accidente y el ocurrido en 2017 es la edad de las víctimas y la del conductor sobreviviente. 12 años y no menos víctima que sus compañeros fallecidos, pero él de sus propias circunstancias, quizá de un abandono silencioso que lo sentenció de por vida a otro tipo de prisión, no de facto porque la ley lo impide, pero sí emocionalmente, pues tendrá que sobrevivir el resto de su vida a un hecho imborrable para la mente de cualquiera, no importa la edad.

Familiares y amigos despiden a las víctimas del accidente, el 21 de febrero.

¿Dónde estaban los padres? Es la gran interrogante. ¿Dónde? Cuando ese niño de 12 años empezó a beber alcohol. ¿Dónde? Cuando tomó las llaves del coche y subió a sus amigos, que, según refieren algunas versiones, le rogaban que se detuviera para bajarse del automóvil. Hoy están muertos.

La ley que en 2016 se homologó a nivel nacional estipula que los adolescentes infractores, entre 12 y 14 años, no pueden tener una pena de internamiento, no importa qué tan grave haya sido el delito. Sólo hasta los 16 años pueden ser legalmente privados de su libertad hasta cinco años.

Esta ley, que entró en vigor de manera exprés hace dos años, redujo en un 60% la población juvenil en internamiento, pero sin garantizar su correcta reintegración social.

Esto obliga a las distintas dependencias con menores bajo su responsabilidad a apostar por la prevención; sin embargo siguen siendo insuficientes las iniciativas y los recursos destinados a la psicoeducación de los padres, maestros y la capacitación y profesionalización de los encargados de los programas de reinserción.

Por cierto, yo no he escuchado a un solo candidato hablar a este respecto…
Porque en México estamos ante un panorama cada vez más dramático de jóvenes desertores de la educación, que rápidamente entran en conflicto con la ley porque encuentran más fácilmente un sentido de pertenencia en el lugar equivocado, en las adicciones y la delincuencia.

De acuerdo a cifras de la Secretaría de Salud y el Inegi, el consumo de drogas y alcohol aumentó entre la población infantil y adolescente, de 2.9% en 2011 a 6.2% en 2016. Este reporte se dio a conocer el año pasado y ¿Qué más se hizo al respecto? ¡Nada!
El caso del niño de Tláhuac fue atraído por la Procuraduría capitalina y el menor quedó bajo resguardo del DIF de la Ciudad de México en una casa hogar y bajo fuertes medidas de seguridad.

Los padres del precoz conductor tardaron tres días en aparecer, según fuentes en el caso, por miedo a ser apresados en consecuencia por el accidente del cual su hijo fue responsable.

Mientras tanto el pequeño de doce años quedó a la deriva, solo, consciente del desenlace de su travesura y, según los reportes médicos, en un grave estado de ansiedad y depresión.

No sabe si volverá a casa con sus padres, a quienes cuando aparecieron les fue suspendida la patria potestad de su hijo y hoy están siendo sometidos a pruebas que garanticen su aptitud para conservar su custodia.

Si no pasan las pruebas, el niño tiene dos escenarios posibles: quedar bajo la custodia de su hermano mayor, que ya no vive en casa de sus padres, o seguir bajo la tutela del sistema del DIF capitalino, en una casa hogar.

La tragedia de los niños de Tláhuac vuelve a encender las alertas en la parte más sensible de nuestra sociedad, la infancia, y toma el pulso de delitos invisibles y no tipificados de los que somos responsables todos como sociedad: el abandono y desamparo de nuestros niños.

Mónica Garza
Mónica Garza

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