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Foto: Especial

En 1965, a los 34 años, Tom Wolfe se convertiría en una celebridad gracias a la artillería pesada que dirigió contra el New Yorker desde el New York Herald Tribune. Cuenta Marc Weingarten en The Gang That Wouldn’t Write Straight, su historia del Nuevo Periodismo, que las transformaciones sociales y culturales de la época (Vietnam, las drogas, los jipis, Nixon) ya no era posible narrarlas desde las viejas y apolilladas instituciones periodísticas. Eran los años del desmadre y Tom Wolfe fue el primer reportero en pensar como novelista. A partir de entonces construiría un personaje que jamás envejecería y nos legaría varios libros (hoy convertidos en clásicos) que junto a los títulos de Gay Talese, Hunter S. Thompson, Joan Didion, Norman Mailer y unos cuantos más constituyeron una era dorada del periodismo.

Leonard Cohen manifestó en alguna ocasión que nunca se sintió cómodo en jeans. En este mismo precepto está basado el guardarropa de Wolfe, que siempre lucía trajes, el blanco por excelencia. Lo que lo convirtió en una fotografía viviente. Pero detrás de la rigurosa etiqueta habitaba un hombre que pese a los mocasines fue capaz de infiltrarse en el movimiento de las Panteras Negras y profundizar en la oleada surfer. No sólo fue una figura del Nuevo Periodismo, también su principal teórico. Desde su ópera prima, El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron, Wolfe se erigió como el Warhol de las redacciones. El revolucionario dispuesto a exprimirle todo el salvajismo al pop.

Su primer gran obra fue Ponche de Ácido Lisérgico, con ella demostró que no era un animal de revista, que podía entregar una crónica de largo aliento. Y qué historia. La huida de Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, abanderado de los Merry Pranksters, el responsable de que el mito de Neal Cassady se expandiera hacia el flower power, en resumen, una cultura contenida en un solo hombre. Si bien A sangre fría de Truman Capote era una recreación de los asesinatos cometidos por dos psicópatas, el Ponche… fue un road trip a lo On the road. Cuesta creer que el hombre de inmaculado traje se haya desplazado cientos de miles de kilómetros para investigar las andanzas de Kesey en su huida por Estados Unidos hacia México. Pero ocurrió, algo que jamás habría hecho el New Yorker, Wolfe se atrevió a documentar con un rigor periodístico escalofriante.

Además de sus libros de periodismo, su labor como novelista es inestimable. De su pluma surgió nada menos que La hoguera de las vanidades, la educación sentimental de los ochenta. Como explorador de la chatarra social Wolfe siempre fue un adelantado. La reputación obtenida con La hoguera de las vanidades le permitió relajarse en su faceta de novelista. Sólo escribió cuatro novelas. Se consagró en general a su labor como cronista. Su penúltimo título, El periodismo canalla, se publicó en 2001.

Wolfe se erigió como el Warhol de las redacciones… dispuesto a exprimirle todo el salvajismo al pop.

La posmodernidad ha decretado que la inmortalidad se alcanza una vez que apareces en Los Simpsons. Y por supuesto que Matt Groening no dejó pasar la oportunidad
de cristalizar a Wolfe en amarillo. Elegante y canalla, Wolfe supo posicionarse como un icono del siglo XX. Es la Coca-Cola del mundo periodístico. La popularidad que alcanzó dentro del género lo tornó en un referente ineludible. Siempre que se habla de periodismo a partir de la década de los sesentas su nombre surge como un anuncio de neón.

Como todo autor tuvo asociaciones delictuosas a considerar. Como su mancuerna con Jann S. Wanner, a quien dedica Todo un hombre. El director de Rolling Stone también fue el editor de Hunter S. Thompson. Ambos reporteros hicieron escuela. No deja de resultar significativo que las dos figuras más sobresalientes del periodismo de las últimas décadas hayan sido figuras incómodas. Prueba de que su labor era ante todo reivindicar el oficio. “Quizá deberíamos volar por los aires el edificio del New Yorker”, propuso Jimmy Breslin. Y Wolfe encauzó la revolución.

El pasado 15 de mayo, a los 88 años, Wolfe abandonó esta tierra. Su influencia es incalculable. No sólo en su país, en el nuestro, por ejemplo, la deuda con su estilo y su manera de arriesgarse son impagables. Su legado consiste en varios de los reportajes mejor escritos del fin de siglo pasado y un guardarropa de lo más extravagante. De esa generación de titanes ya sólo queda Gay Talese. Quien fuera inspiración y a la vez cómplice de ese resquebrajamiento que sufrió el periodismo por parte de una pandilla de visionarios que se amotinaron para cantarle a esa musa envenenada que es el pop.  C

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