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Donald Trump
(Foto: AP)

El año de la plaga

Quizás más que ningún otro año en las últimas décadas, el 2017 nos deja con una sensación de vértigo, desconcierto, frustración y tristeza. Un año de sobresaltos y de frenéticos ciclos noticiosos. El año uno de la presidencia de Trump ha sido una sucesión repelente de estrategias reaccionarias, de sospechas de conspiraciones, de torpezas diplomáticas grotescas y de exabruptos presidenciales que van de la ira ridícula a la ingenuidad pasmosa, pasando por increíbles coqueteos con la extrema derecha. Sin embargo, el 2017 comenzó de forma esperanzadora con una inmensa manifestación de mujeres, con el aparatoso fracaso del primer veto antimusulmán y con una serie de derrotas al régimen cuando fue confrontado por jueces, por todos los demócratas en el Congreso y un par de senadores republicanos con un último aliento de decencia, así como por una sociedad civil dispuesta a resistir. Luego las diferentes versiones de la prohibición de inmigración a musulmanes fracasaron, repetidos intentos por desmantelar el programa de salud conocido como Obamacare (el Affordable Care Act) fueron detenidos en el Senado y una vil amenaza de prohibir que personas transgénero sirvieran en el ejército fue rechazada por los altos mandos militares. El 2017 será recordado como el año en que la Casa Blanca fue un estruendoso espectáculo circense, una fuente inagotable de filtraciones que ponía en evidencia el caos que reinaba en el círculo interno del poder, así como las divisiones, el ambiente tóxico y el golpebajeo que infestaba a una presidencia improvisada.

Trump llegó a la Casa Blanca impulsado por 62 millones 979 mil 879 ciudadanos, el 46.4 por ciento del voto. Como sabemos Hillary Clinton ganó el voto popular, sin embargo perdió el colegio electoral. Lo mismo le sucedió a Al Gore cuando lo derrotó George W. Bush, con lo que volvió a ser evidente una terrible deficiencia en la estrategia demócrata, la cual asumía que le bastaba el voto de las costas y el Rust Belt (o Cinturón de óxido o industrial del noreste) para ganar la presidencia, mientras renunciaban al voto evangélico, rural y a casi todo el sur del país. El hecho de que Trump haya conquistado ese voto, en su mayoría proletario, era una muestra de que buena parte del pueblo tenía esperanzas de romper el status quo y mandar un mensaje inconfundible a un partido demócrata elitista y frívolo que sentían (con buena razón) que los había abandonado. Además es importante añadir que Trump ganó un buen porcentaje del voto negro y del voto femenino, de la misma manera en que derrotó a Hillary en estados que Obama había ganado holgadamente en dos elecciones.

Retrato de Tony Pro. Foto: Especial

No hay duda que muchos millones de votantes creen que Trump hará a “América grande otra vez”. Pero muchos otros simplemente están hartos del neoliberalismo que ha devastado a las clases populares y enriquecido obscenamente a Wall Street, hartos del neoconservadurismo que ha justificado las aventuras militares y el intervencionismo, de la “corrección política” y de las políticas de identidad, que sienten como un atentado contra sus valores religiosos y morales. La actitud iconoclasta, petulante, racista, provocadora y desinformada de Trump nunca fue un obstáculo sino que era precisamente el atractivo que muchos de sus seguidores veían en él. Aunque es el presidente más impopular en su primer año de la historia moderna, Trump se ha apoderado del discurso civil a todos los niveles, estableciendo un régimen sin equivalente. A pesar de tener en su contra a una buena parte de los medios masivos de comunicación y a una notable mayoría de la ciudadanía, ninguno de sus desplantes, errores, mentiras o insultos lo han afectado de manera relevante. En su primer año ha atacado a jueces, investigadores, fiscales, periodistas, senadores, congresistas, ha despedido a asistentes y asesores, así como a miembros de su gabinete, al tiempo en que se ha frustrado con los organismos de inteligencia y espionaje a los que ha descalificado o denigrado.

 

“El 2017 será recordado como el año en que la Casa Blanca fue un estruendoso espectáculo circense, una fuente inagotable de filtraciones que ponía en evidencia el caos que reinaba en el círculo interno del poder.”

 

Trump llegó con un vocabulario agresivo y elemental, así como una cuenta de Twitter (que se ha convertido en un prodigioso vehículo de comunicación), a romper con la solemnidad que representaba la presidencia. Por un lado vino a imponer un vulgar y extraño populismo, mientras por el otro cortejaba a las élites y millonarios que antes lo miraban con desprecio, como un esperpéntico advenedizo con una retahíla de bancarrotas y una pésima educación. Durante su campaña aseguraba que limpiaría el pantano de Washington, refiriéndose a los cabilderos y políticos que únicamente se dedican a favorecer a sus “intereses especiales”, pero desde su llegada al poder no ha hecho más que favorecer a las corporaciones, a las iglesias más poderosas y a las grandes fortunas. Su plan se enfoca en destruir el “Estado regulador”, una de las brillantes ideas de su ex asesor, ahora caído en desgracia, Steve Bannon. Su gabinete fue seleccionado con el objetivo expreso de echar por la borda o por lo menos limitar las regulaciones para proteger la calidad del aire, el agua, los alimentos, las medicinas, la educación, los bancos y servicios financieros, la perforación petrolera, el fracking, la minería, los servicios médicos y los asilos. Muchas de las protecciones que Trump y su equipo han eliminado son del gobierno de Obama, pero otras tienen décadas de vigencia. La justificación que aplica en cada caso es que esto creará una atmósfera más propicia para los negocios y generará empleos. Por supuesto que el verdadero beneficio será para las corporaciones que podrán explotar recursos, preocuparse menos por la calidad de sus productos y temer muy poco a las posibles consecuencias de sus excesos.

Cada vez que un republicano gana la presidencia después de un régimen demócrata es de esperar que tenga lugar una serie de cambios hacia la derecha; siempre tienen que ver con políticas conservadoras como leyes que discretamente penalizan o dificultan el acceso al aborto, restricciones a la inmigración o a la legalización del estatus de los inmigrantes, así como beneficios a las corporaciones y las grandes fortunas. En el caso de Trump estos cambios han sido radicales, cargados con un peculiar sentido de revancha y un inconfundible tono racista de “recuperar la presidencia”, evidentemente de manos del primer presidente afroamericano. Las acciones de Trump demuestran una desesperada y flagrante urgencia de erradicar todo legado de Obama, como si su promesa de “Hacer América grande otra vez” dependiera de hacerla blanca otra vez. Al llamar “shithole countries” o países de mierda a Haití, Salvador y algunas naciones africanas, tan sólo vino a confirmar docenas de declaraciones igualmente racistas aunque quizás menos groseras.

 

El presidente de la televisión

Antes de tomar el poder Trump le dijo a su equipo que debían considerar cada día en la presidencia como un episodio de un programa de televisión en el que él vencería a sus rivales. Entender el mundo y el poder de esa manera no sólo es ridículo sino que crea expectativas peligrosas. Cuando todo es un juego, un concurso y un escenario en el que hay que ganar a cualquier precio y a la vez entretener a un público, el bienestar y la estabilidad de la nación resultan secundarios. De hecho, el atractivo de un show es el drama, el conflicto, las pasiones y no las decisiones racionales, el consenso y la tolerancia. La presidencia debería estar más cerca de un sofisticado juego de ajedrez que de un aparatoso y humillante concurso de reality. Trump tan sólo puede ver al mundo dividido entre sus fanáticos y admiradores, por un lado, y sus enemigos por el otro. Ese es el motor que lo impulsa, la ambición material y el odio a quienes considera que le han faltado al respeto. Esto se hace patente en su obsesión de poner su nombre en toscas letras doradas a cualquier edificio ambicioso, como si de esa manera pudiera exhibir su poder y desafiar a sus críticos.

Colección DonkeyHotey. Foto: themideastbeast.com

Desde antes de la elección corrían rumores de que su campaña era simplemente un truco publicitario, que él sabía que no podía ganar, sin embargo disfrutaba de la adoración de sus fanáticos en todo el país. Esperaba ser derrotado para llevar la pelea hasta las últimas consecuencias, denunciando un fraude de “Crooked ” Hillary Clinton, y con ese impulso construir su propio canal o sistema de televisión. Sin embargo, el desenlace fue muy distinto. Como escribe Michael Wolff, en su súper promocionado libro de escándalo, Fire and Fury, el triunfo dejó a Trump alelado, a su círculo cercano aterrorizado y a Melania llorando, y no precisamente de alegría. Sin embargo, en un momento se convenció a sí mismo de que este era un trabajo que él podía hacer, a pesar de no haberse preparado de ninguna manera, de no contar con un equipo digno de esa tarea, de no haber tomado medidas para al menos disfrazar los incontables conflictos de intereses y de no tener el temperamento para el liderazgo de una nación. Debió haber sido una increíble borrachera de poder, de ahí que siguiera repitiendo hasta ahora, a la menor oportunidad: “Gané la elección y al primer intento”.

 

“Como escribe Michael Wolff, en su súper promocionado libro de escándalo, Fire and Fury, el triunfo dejó a Trump alelado, a su círculo cercano aterrorizado y a Melania llorando.”

 

Durante las elecciones primarias de su partido y luego la elección, las cosas le salían bien a Trump cuando renegaba de la sobriedad y el respeto, por tanto desde que llegó a la presidencia siguió actuando de esa manera, con breves episodios en los que ha aparentado solemnidad. Ha hecho de sus exabruptos su sello distintivo, al lado de su petulancia y sus desquiciadas e incesantes afirmaciones de que él es más rico y más inteligente que cualquiera. Sin embargo, su beligerancia oculta pobremente su inseguridad y la fragilidad de su ego. Por tanto el constante bombardeo de cuestionamientos y en muchos casos insultos por parte de prácticamente todos los medios masivos, impresos y electrónicos, con la excepción de Fox y otros aún más a la derecha, han erosionado su personalidad. Lo han debilitado hasta el punto de que al cumplirse su primer año ha disminuido su día laboral a unas pocas horas, comenzando a las once y finalizando a las 16:30. Según Wolff y otros, el presidente dedica a menudo hasta ocho horas a ver la televisión, muchas horas más a hablar por teléfono con amigos y quejarse, así como a tuitear. Sus vacaciones en cambio han sido extensas. Cuando llevaba 354 días en la presidencia había pasado 117 de ellos vacacionando en sus hoteles y propiedades. Después de haber criticado que Obama jugaba demasiado golf, él ha pasado noventa días golpeando la pelotita. Por supuesto, la Casa Blanca asegura que son vacaciones de trabajo, en las que tiene importantes reuniones con líderes, asesores y otros, además de que al jugar golf el presidente está en realidad negociando el futuro del país.

 

Russiagate

Desde que comenzó su campaña, Trump señaló varias veces su deseo de que Estados Unidos tuviera una mejor relación con Rusia, así como ya antes había declarado su respeto y admiración por Vladimir Putin (de quien dijo que era mucho mejor presidente que Obama). A eso se suma cuando pidió a Rusia, en serio o en broma, que hackearan la cuenta de Hillary Clinton para encontrar los correos borrados que según él ocultaban graves crímenes. Por alguna razón, que bien puede tener que ver con vínculos financieros o quizás una afinidad por ciertos déspotas y oligarcas, Trump ha sido incapaz de criticar al régimen del Kremlin. Y luego vinieron las evidencias de hackeo y el uso que dieron algunos a las redes sociales para promocionar a Trump y divulgar información falsa. Esto dio lugar a lo que hoy llamamos el Russiagate, el cual se ha vuelto una obsesión entre ciertos demócratas y en algunos canales informativos.

La hipótesis de que Rusia jugó un papel determinante en el triunfo de Trump es absurda. Sin embargo, la repetición cotidiana de detalles del famoso dossier de Steele, un documento comisionado al ex agente británico Christopher Steele, para encontrar información incriminadora o vergonzante sobre el candidato republicano, ha puesto a Trump en un estado de ansiedad y rabia permanente, al punto en que en una entrevista con el New York Times, el 28 de diciembre de 2016, Trump dijo dieciséis veces que no había colusión entre su campaña y los rusos. La colusión o la teoría de que Putin “plantó” a Trump como una especie de Candidato de Manchuria, es decir como un agente manipulable en el poder, parte de varias imposibilidades, como el hecho de que Putin hubiera podido prever el inesperado triunfo del hombre de bienes raíces, de quien prácticamente todo el mundo creyó que perdería, así como el hecho de que bajo Trump la relación con Rusia no sólo no ha mejorado, sino que ha empeorado comparada con los años de Obama. En cambio lo que sí puede suceder es que en la investigación aparezcan otros delitos, como ya sucedió con su ex asesor de seguridad nacional, Michael Flynn, quien se declaró
culpable de mentirle al
FBI; con el ex asesor de campaña, Paul Manaford, acusado de conspirar contra Estados Unidos, conspirar para lavar dinero, mentir al FBI y otros cargos. Acusaciones semejantes fueron levantadas contra Rick Gates, quien también trabajó en la campaña de Trump, y contra George Papadopulos, un asesor en política internacional que también le mintió al FBI.

 

“El presidente actual redujo el tamaño de las áreas protegidas como monumentos nacionales en Utah en diciembre pasado. Bears Ears fue recortado en un 85 por ciento y Grand Staircase Escalante a la mitad.”

 

Un nuevo mundo del pasado

La siguiente es una lista incompleta de algunos de los cambios y regresiones que el gobierno de Trump ha impuesto en un año y que dificilmente podrán ser revertidos.

Educación

Retrato de Cara Deangelis. Foto: Especial

Una de las decisiones más radicales de Trump al formar su gabinete fue nombrar a Betsy DeVos como secretaria de educación. DeVos es una evangelista millonaria, pasmosamente ignorante de todo lo relacionado con la educación pública y hermana de Eric Prince, el fundador de la empresa de mercenarios Blackwater, que ahora se llama Academi. DeVos es una defensora de los programas de escuelas charters y una de sus primeras acciones fue dejar de compartir la información de los estudiantes con la Oficina de Protección Financiera al Consumidor, que se encarga de detectar y castigar a las empresas que ofrecen préstamos leoninos a estudiantes. Así dejó expuestos y sin recursos para defenderse de abusos a los alumnos de instituciones de pago. También detuvo un programa creado por el gobierno de Obama que obligaba a las universidades a esperar o cancelar las deudas de sus estudiantes si éstos no ganaban suficiente en sus empleos. Pospuso hasta 2020 un plan del gobierno anterior que trataba de impedir que en ciertos distritos se castigara con demasiada facilidad o se enviara a estudiantes minoritarios a programas de educación especial. A contracorriente del Zeitgeist de nuestro tiempo, la secretaria DeVos eliminó el derecho de los alumnos transgénero a usar el baño que concordara con su identidad elegida.

Medio ambiente

Trump se ha esmerado en convertirse en el azote del planeta. Su retirada del acuerdo climático de París en agosto de 2017 fue una acción escandalosa que más bien tuvo un peso simbólico; sin embargo su elección de Scott Pruitt para dirigir la Agencia de Protección Ambiental (EPA) hizo evidente su intención de neutralizar las funciones de esa dependencia. Cuando Pruitt fue fiscal de distrito en Oklahoma, demandó a la EPA en catorce ocasiones para beneficiar a corporaciones y asociaciones contaminantes que habían contribuido a sus causas políticas. Pruitt piensa reemplazar el Plan de Energía Limpia, que tenía por objetivo reducir las emisiones de carbono en un 26 por ciento como mínimo para 2025, por otra cosa que no ha definido. A poco tiempo de tomar posesión, Trump ordenó al ejército que revisara la decisión del gobierno de Obama de detener la construcción del oleoducto que va de Dakota del norte al sur de Illinois. Esta obra desató numerosas protestas por parte de las tribus de la región y muchos ecologistas, pues representa un peligro inminente de contaminación a la tierra y al agua de las que dependen millones. El oleoducto comenzó a operar en junio pasado. De manera semejante, el gobierno de Obama había rechazado la creación del oleoducto Keystone, que iría de Alberta, Canadá, a Texas. Trump no tardó en aprobar su construcción.

El presidente actual redujo el tamaño de las áreas protegidas como monumentos nacionales en Utah en diciembre pasado. Bears Ears fue recortado en un 85 por ciento y Grand Staircase Escalante a la mitad, lo que representa alrededor de dos millones de acres de tierra pública que ahora están abiertos a la minería, perforación para obtener gas natural y a la tala de árboles. Esto no solamente es un atentado contra la naturaleza sino que pone en peligro a cerca de cien mil sitios arqueológicos. Asimismo ha reducido la lista de animales protegidos, al retirar a veinticinco especies, debido a “falta de evidencias de que estén en riesgo de extinción”. Trump arremetió la primavera pasada en contra de las costas del Océano Ártico en Alaska y contra el Refugio Nacional de Vida Salvaje del Ártico (ANWR), al ofrecerlas a las petroleras y gaseras para su explotación. A principios de 2018 su secretario del interior, Ryan Zinke, anunció que las costas del país estaban abiertas para un incremento en la exploración y explotación petrolera. Lo cual realmente parece una especie de venganza de parte de Trump en contra de las “élites de las costas”, que fueron los estados que votaron mayoritariamente en su contra en la elección y quienes han opuesto más resistencia a su gobierno. No es de sorprender que el único estado al que se le dio la oportunidad de no estar incluido en este plan fue Florida, donde ganó y donde se encuentra Mar-a-Lago, la “Casa Blanca de invierno”. Los cambios regresivos que han puesto en vigencia Pruitt y Zinke son numerosos, algunos ejemplos más: eliminar la prohibición de introducir botellas de plástico en los parques nacionales; permitir que los cazadores utilicen nuevamente balas con plomo y los pescadores pesos de plomo (ambas prohibidas por Obama); las empresas de energía ya no tienen que capturar el metano que emiten; se ha reautorizado el uso de los pesticidas clorpirifós (prohibidos desde el año 2000) y se han eliminado los límites de los contaminantes (aluminio, mercurio, arsénico y otros) que pueden tirar a los ríos las plantas generadoras de energía.

Inmigración y justicia

Después de batallar por once meses con jueces y el público, finalmente la Suprema Corte aprobó una prohibición antimusulmana que impide la inmigración de ciudadanos de Siria, Libia, Somalia, Yemen y Chad, además de dos naciones no musulmanas Corea del Norte y Venezuela (para que no pareciera una regla religiosa). Igualmente grave fue una orden que prohíbe el ingreso al país de refugiados de once países, diez de ellos musulmanes y Corea del Norte. Al mismo tiempo suspendió un programa que autorizaba la entrada al país de niños salvadoreños que huían de la violencia y comenzó el año 2018 con una orden para dar por terminado el programa de Estatus Protegido Temporal (TPS) que permitió durante dos décadas la inmigración de alrededor de 262 mil salvadoreños. Y como es bien sabido, está tratando de terminar con la protección que se ofrece a unos 700 mil dreamers, que son los hijos de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos antes de cumplir 16 años.

El departamento de justicia quedó en manos de uno de los más fieles fanáticos de Trump, el ex senador Jeff Sessions, quien desde que tomó posesión de su cargo se enfocó en volver a penalizar la marihuana, tratar de aplicar las sentencias más severas contra los delitos relacionados con drogas y violencia de pandillas, es decir contra las minorías pobres urbanas. Eliminó las medidas del gobierno de Obama que intentaban limitar la militarización de los cuerpos de policía, los cuales tienen nuevamente carta blanca y fondos para adquirir equipo militar para vigilar y reprimir a la población civil. También se relajaron algunas reglas para permitir a más personas, aún con antecedentes penales, adquirir legalmente armas.

Finanzas, empleo  y comunicaciones

Después de prometer durante su campaña que él no sería como los demás políticos porque no le debía nada a Wall Street, una de las primeras acciones de Trump fue llenar su gabinete con ex empleados de Goldman Sachs, como su secretario del tesoro Steve Mnuchin, su asesor financiero Gary Cohn y su principal estratega, Bannon. Prometió también “romper” a los grandes bancos y en vez de eso ha consagrado buena parte de su tiempo en la Casa Blanca a eliminar restricciones y regulaciones bancarias y financieras. La primera propuesta de ley que Trump firmó al tomar el poder fue la eliminación de las medidas anticorrupción que exigían a las compañías mineras y petroleras revelar sus pagos a gobiernos extranjeros. También ha tratado de borrar por completo una regla fiduciaria que obliga a los asesores financieros a poner los intereses de sus clientes por encima de cualquier otro criterio. Se encargó de eliminar el llamado “impuesto de la muerte”, el cual beneficia únicamente a las grandes fortunas, que en casos de herencias no deben pagar impuestos sobre los bienes transferidos.

En un momento en que el desempleo se encuentra en uno de los puntos más bajos de la historia, el gobierno ha decidido eliminar numerosas protecciones para los trabajadores, tanto en términos de las condiciones como en la norma de pagar tiempo extra. Se ha purgado una orden de la comisión de igualdad de oportunidades en el trabajo para combatir la discriminación en los salarios. Incluso dejó de ser ilegal discriminar a los trabajadores transgénero y es cada vez más difícil que los trabajadores demanden a sus patrones por acoso sexual. Las empresas ahora no tienen obligación de pagar por anticonceptivos en los planes de salud de sus empleados.

 

“El gobierno ha decidido eliminar numerosas protecciones para los trabajadores, tanto en términos de las condiciones como en la norma de pagar tiempo extra.”

 

La Comisión Federal de Comunicaciones o FCC ha permitido que los monopolios de información se sigan expandiendo, como en el caso de la empresa conservadora Sinclair
Broadcasting, que pudo comprar cuarenta y dos estaciones más en agosto, con lo que pasó a controlar el 72 por ciento de los medios del país. También eliminaron una regla que databa de los años cuarenta, destinada a proteger al periodismo local, que exigía a las empresas de medios a tener un estudio físico en el área donde transmitían. Esta regla fue eliminada en noviembre. Y la joya de la corona del FCC de Trump fue la abolición de la neutralidad de la red que obliga a los proveedores de servicios de internet a ofrecer las mismas velocidades de transmisión a todos. De tal manera que ahora las grandes corporaciones como Netflix, Amazon y Facebook podrán comprar derechos e incluso bloquear a sus competidores. Y tras hacer esto, el director de la FCC, Ajit Pai, también redujo la influencia de su propia comisión, volviéndola irrelevante e impidiendo que esta medida pueda revertirse en un futuro.

El tirano de la pantalla casera

Impresión de Vin Zzep. Foto: Especial

Trump tuvo un respiro con su único triunfo, la reforma fiscal que beneficia a las corporaciones y las grandes fortunas, además de que elimina el requisito de pagar un seguro de salud obligatorio, lo cual es un golpe mortal contra Obamacare. Al cumplirse el año uno de Trump la “resistencia” se siente agotada y con pocas ideas. Habrá que ver cómo podrá mantener su oposición a un líder que tiene gran admiración por las figuras autoritarias y cree en una grandeza nacional directamente sacada de las fantasías supremacistas blancas. Sin embargo, Trump está muy lejos de ser un autócrata o de volverse una figura represora. Al inicio de su presidencia se temía que se valiera de gente como Bannon para organizar grupos de choque de extrema derecha. Algo semejante pudo verse en las manifestaciones neofascistas y de otros grupos en Charlottesville, donde Trump dijo que de ambos lados había buenas personas, a pesar de que uno de los fascistas utilizó su auto para matar a una manifestante, al estilo de los crímenes yihadistas que le gusta condenar y usar como pretexto para apoyar sus políticas antimusulmanas, así como la represión policial. Sin embargo, Trump no ha desatado cacerías de sus opositores, más allá de su continuas rabietas en Twitter, y si bien parece una opción que no desaprovecharía, no ha podido o no ha sabido cómo silenciar a sus incontables críticos por medio de la violencia del Estado.

Este presidente se imagina a sí mismo como una especie de líder magnánimo y poderoso pero benévolo, un hombre exitoso que ofrece compartir su fama y gloria, siempre y cuando se le admire y celebre sin cuestionamientos. Es probable que de cambiar la relación de poder, si es que llega a perder el Senado o el Congreso, se sienta acorralado y busque utilizar la fuerza, la cual hasta ahora tan sólo ha empleado en su manera de conducir la guerra contra el terror que heredó de Bush y Obama. Trump es un líder incompetente y extremadamente frustrado, sin embargo ya ha transformado estructuralmente a Estados Unidos y al mundo. Lo que es definitivo es que la presidencia de Estados Unidos se definirá como antes y después de Trump.

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