Trump no es la enfermedad, es un síntoma

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Donald Trump acaba de ganar el récord de la propuesta más radicalmente descabellada en una campaña presidencial estadounidense, superando su insensatez de prometer un muro de 3 mil kilómetros en nuestra frontera, al afirmar que debe prohibirse la entrada de musulmanes a EU, sólo por su convicción religiosa.

Se trata de un planteamiento tan absurdo y tan evidentemente violatorio de los derechos humanos que no tendría que haber sido incluido en los debates para obtener la nominación republicana para la presidencia del país con mayor influencia política, económica y militar a nivel global.

Esta prohibición, basada única y exclusivamente en las creencias religiosas personales, se contrapone al marco jurídico estadounidense e internacional, así como a los más elementales principios de derechos humanos. Su puesta en práctica no requeriría que las personas fueran originarias de países con redes terroristas o procedentes de una región específica (como el Medio Oriente); podría aplicarse a ciudadanos de naciones aliadas de los norteamericanos, como Francia o Gran Bretaña, tan sólo por la fe que profesan. 

Lamentablemente, por más irracional y violatoria de los derechos humanos que sea la propuesta, una encuesta reveló que es aceptada por casi la mitad de los estadounidenses (un 44%), mientras que entre los de tendencia republicana se eleva a una tercera parte (66%). Tampoco se trataría de una anomalía histórica: EU ha negado la entrada a migrantes aplicando medidas restrictivas basadas única y exclusivamente en la nacionalidad, lo cual en los hechos es tan arbitrario como negar la entrada a miembros de una religión.
Por ejemplo, en 1980, el presidente Jimmy Carter restringió la entrada de todos los iraníes a su territorio. 

En las anteriores semanas se ha planteado en el Congreso norteamericano prohibir la entrada a refugiados provenientes de países en los que haya una porción territorial significativa, controlada por terroristas, como Irak, Libia, Somalia, Siria y Yemen. Trágicamente, eso significa impedir que refugiados acosados por algunas de las peores organizaciones criminales del mundo tengan la acogida que, de acuerdo al derecho internacional, necesitan y merecen.

El problema no es, pues, que haya líderes políticos tan abiertamente racistas y xenófobos como el magnate inmobiliario, es que su retórica incendiaria y su discurso de odio están despertando los peores instintos de un número significativo de sus conciudadanos. Trump no es la enfermedad, es un síntoma de un problema mucho mayor: la xenofobia, la ignorancia y la paranoia que se han imbuido en un gran sector del conservadurismo estadounidense.

A 11 meses de que se dé el relevo en la Casa Blanca, debemos estar más atentos que nunca a los atentados contra la integridad, los derechos y los avances jurídicos de los migrantes mexicanos. Así como hoy se propone que los musulmanes no entren al país del norte o ayer se prohibió la entrada a los iraníes, ¿qué más da que los mexicanos sean las siguientes víctimas del veto? Para ese discurso conservador, ajeno a los derechos humanos y a la solidaridad más elemental, siempre hacen falta nuevos “chivos expiatorios” y, más temprano que tarde, ese triste papel podría volver a recaer en nuestros hermanos migrantes.

Twitter: @mfarahg

Secretario general de la Cámara de Diputados y especialista
en derechos humanos
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