Tu cruel adiós mi navidad

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¿Qué harías por un corte de cabello? ¿Esperarías dos meses? Yo sí.
Mi primer peluquero fue El Caballo. Jugábamos básquet juntos. Y le cortaba el cabello a toda la flota. Éramos grungeros. Y en su casa (acondicionada como peluquería de barrio) siempre tenía la tele en MTV. Mientras esperabas turno te chutabas 120 minutos o Headbangers ball. De niño, como a casi todos, mi madre era la encargada de elegir a la persona que me podara la mata. Y también, como le sucede casi a todos, era un suplicio. El menú se restringía a dos tipos de corte. Al natural. Nunca entendí el concepto. Me suena como si uno en el presente pidiera un corte a la godínez. Y de raya de lado (o simplemente de lado) que consistía en lo que se conocía como a la Benito Juárez. Desconozco si ahora los millennials cuenten con ese referente.

De esa etapa de cortes infantiles conservo un acervo de fotografías que me avergüenzan. En particular porque aunque no lo crean revelan un candor de inocencia. Nadie se podría imaginar que detrás de aquella carita de no rompo un plato existiría un pendejo que se obsesionaría con la literatura. Ni se esperaba que un destino se fuera a retorcer tanto. By the way, El Caballo fue el primer peluquero que yo escogí. Por su doble identidad. De día peluquero y de noche greñudo basquetbolista. Las habilidades del Caballo se popularizaron más allá de la gente del barrio y de los basquetbolistas. De un día para otro sus servicios se tornaron inaccesibles. En ocasiones tenías que esperar hasta cuatro horas para que te cortara la greña. Y como no se respetaban ni jerarquías ni antigüedades ni amistades, tenías que chingarte. Y mucho menos existían esas joterías de estética de hacer una cita o reservación.

Las mudanzas, los matrimonios, las largas esperas me alejaron del Caballo. Comenzó entonces un exhaustivo peregrinaje en busca de un nuevo peluquero. A propósito de las estéticas. Sé que no pertenezco a esa estirpe. Que las estelas de la música disco me convierten en miembro de esa especie afecta a las estéticas. Pero soy incapaz de entrar a una. No es homofobia. O sea, puedo internarme, a admirar a los travestis. Pero no a cortarme el cabello. Me va más ser cliente de los negocios que ostentan un caramelo en la fachada. Pero incluso después del Caballo no encontré mi hogar en varios changarros con el caramelo de fuera (sonó a albur). Antes me he pronunciando contra la masturbación. Me parece una actividad de estudiantes. Me vale madre que Woody Allen sea fan. Siempre que me ordeño en lugar de sentir placer me asumo vacío. Me deprimo. Lo mismo me ocurre cuando salgo insatisfecho de una peluquería.

Sé lo que pensarán: ahí viene otra vez este pendejo con una analogía referente al sexo. Lo siento. Pero no es necedad. Un peluquero es como una amante. Estoy en contra de masturbarme pero no de que me masturben. Pero no todas mis parejas lo han sabido hacer. Basta de poner en aprietos al peluquero. No, no es como masturbar pero es parecido. Es una mano santa que conoce todos tus secretos. Y es la única mano capaz de dejarte conforme. Transcurrieron casi dos décadas antes de que encontrara al susodicho. Abrumado por la mata larga una tarde me envalentoné y entré a una peluquería de caramelo ubicada a la vuelta de mi último departamento (el que todavía habito). Mi desconfianza habitual la disfracé de antropología. Y el resultado fue sorprendente. Por fin había encontrado a mi complemento, mi media naranja.

A partir de entonces mi espíritu descansó. No importa qué tan gacho tengas el cabello nunca es un asunto trivial. Pero como las desgracias nunca vienen solas y 2015 fue otro año en que mis Yankees no llegaron a la Serie Mundial, una tarde me topé con la noticia de que mi peluquero estrella no estaba. Será su día de descanso, pensé. Pero en el negocio me informaron que tenía varios días sin presentarse. Andará de peda, imaginé. Volví una vez por semana durante dos meses y no apareció. Tras tanto pregunté: pues dónde vive. En un rancho, me informaron. Esperé dos meses, hasta me fui a la fil greñudo. Se atravesaron las fiestas. Menos se presentaría. Lo va a traer enero, traté de consolarme. Pero nada. Y parafraseando a José Alfredo. Su cruel adiós fue mi navidad. Ni pedo, me dije, y me aplasté en el sillón de al lado, con otro maistro peluquero. Era eso o traer el look del perro cuida ovejas del Coyote y el Correcaminos (el pelo en los ojos que no te deja ver ni madre).

Un error. Salí vacío, disconforme, enojado con el mundo. Mi próxima misión: ir en busca de mi peluquero a un ejido. Con el polvo del desierto enmarañándome el cabello.

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