El Playboy de Marilyn

Cuando su cadáver aún no se enfriaba, la intensidad de la polémica ya estaba ardiente. La muerte de Hugh Hefner, el 27 de septiembre pasado, a los 91 años, vino a precipitar un inevitable debate al respecto de la explotación de la imagen femenina, los ideales de belleza, la revolución sexual y la noción de la libertad.

Hefner nació en el seno de una estricta familia metodista y no perdió su virginidad sino hasta los 22 años. Comenzó como caricaturista y a inicios de los años cincuenta trabajó como redactor en la revista Esquire. Dejó su empleo tras una disputa salarial. Vendió lo que tenía, pidió prestado, incluso a su estoica madre, y cuando juntó ocho mil dólares se convirtió en el editor y director de Playboy. Ese primer número, de diciembre de 1953, se imprimió sin fecha porque no confiaban que sobreviviría, pero tenía un as particularmente valioso. Hefner le había comprado a una empresa de calendarios una serie de fotos de Marilyn Monroe, tomadas cuatro años antes, cuando aún era una desconocida. Una de las fotos ocupó la portada y otras, donde aparecía desnuda, fueron incluidas en las páginas interiores, dando origen al legendario poster central o centerfold, que casi no ha faltado, mes con mes, en los últimos sesenta y cuatro años. El éxito fue contundente, vendió 54 mil ejemplares (de un tiraje de 70 mil), mucho más del doble de lo que necesitaba para recuperar su inversión y garantizar la publicación del número dos.

En la presentación del primer ejemplar de Playboy, Hefner escribió que esa no era una revista familiar sino que estaba dirigida a hombres de entre 18 y 80 años y recomendaba:

Si usted es la hermana, esposa o suegra de alguien y tomó esta revista por error, por favor pásela al hombre de su vida y regrese a su revista para damas.

Este comentario condescendiente difícilmente hubiera sorprendido a alguien en ese tiempo. A diferencia de las otras revistas de caballeros que “dedicaban todo su tiempo a la naturaleza, los arbustos espinosos y los ríos caudalosos”, a Playboy lo que realmente le interesaba era pasar tiempo en casa:

Disfrutamos mezclando cocteles, y uno o dos hors d’oeuvre, poniendo música ambiental en el tocadiscos e invitando a una amiga a una discusión tranquila sobre Picasso, Nietzsche, jazz y sexo.

Este plan sonaba pretencioso, sin embargo era una manera de buscar un acercamiento intelectual y corporal con la mujer, en términos de igualdad. Por supuesto que esta noble aspiración era antagónica a la recomendación misógina anterior, con lo que se establecía el tono ligeramente esquizofrénico que acompañó a la revista por décadas. En ese número aparecía un dibujo de un conejo que porta una bata, fuma con una boquilla y bebe un coctel en una sala modernista. Esa imagen presentaba el estilo de vida que promovía Hefner, al cual llamaba su filosofía. Hefner atribuyó su éxito a la inclusión de Monroe, quien nunca autorizó ni firmó contrato alguno con Playboy y apenas recibió cincuenta dólares por esas fotos, incapaz de imaginar que en 1950 saltaría a la fama. Marilyn declaró que se había dejado fotografiar desnuda porque necesitaba desesperadamente el dinero pero que esas imágenes nunca dañaron su carrera. Tiempo después Monroe estableció una buena relación con Hefner, quien a manera de homenaje compró la cripta vecina de Marilyn en Westwood Memorial Park, en Los Ángeles, por 75 mil dólares en 1992 y decidió ser enterrado ahí.

La historia de la desnudez

Las revistas masculinas, después de la Segunda Guerra Mundial (en Estados Unidos, pero con imitadores en Occidente) usualmente eran panfletos perecederos con poca personalidad, mal impresos en papel de pésima calidad, que mostraban fotos mediocres de mujeres en poca ropa, incluían artículos que iban del humor guarro a contenidos que reflejaban el descontento social y la frustración sexual que aquejaba a una sociedad en transformación. A su regreso de la guerra los hombres encontraron un país más inclusivo, en el que la mujer había entrado al mercado laboral urbano, no sólo como secretarias, enfermeras, maestras y cocineras sino en la industria y en puestos ejecutivos, en ocasiones desplazándolos. Aunque aún estaba muy lejos la igualdad de género (sigue muy le-
jos), las mujeres se habían convertido en proveedoras de la familia. Esto para muchos era una afrenta al orden. Además, en la Europa de la posguerra tenía lugar una revolución sexual que era exportada a Estados Unidos a través de las artes y en particular del cine. Una nación profundamente puritana se estremecía ante este influjo, así como por el irrefrenable empuje de la imaginería sexual que producía Hollywood a pesar de la autocensura del código Hays. Esto cambió a la sociedad pero también provocó una violenta reacción conservadora.

“Esta revista estaba dirigida a un público clasemediero con aspiraciones, que se adaptaba a la creciente prosperidad de un país que se convertía en la primera potencia mundial.”

Playboy no rechazaba los ancestrales entretenimientos y diversiones masculinos como los deportes y la cacería, pero su ambiente ideal era el departamento de soltero o mejor aún
la mansión de soltero. Hefner proponía la reconquista del espacio íntimo, el hogar burgués ya no podía ser el territorio sacrosanto de la familia y del matrimonio sino que debía ser arrebatado del dominio femenino para ser convertido en terreno de juego de los sentidos. En 1963 Hef mudó su oficina a su habitación, huyendo del mundo corporativo o más bien trasplantando el corazón de su corporación a la cama. Su regresión a sólo vestir pijamas de seda y batas, que comienza alrededor de 1974, después de mudarse definitivamente a California y dejar su Chicago natal, se inserta en ese rechazo al mundo de la responsabilidad y el trabajo. Se ha dicho que Hefner era un advenedizo, un trepador social ignorante con delirios de sofisticación. De ser cierto difícilmente se explicaría su pasión por la literatura que lo llevó a publicar textos de Vladimir Nabokov, John Steinbeck, Jack Kerouac, John Updike, Doris Lessing, Norman Mailer, Gabriel García Márquez, Margaret Atwood, Ursula K. Le Guin y Joyce Carol Oates, entre muchos otros.

Playboy proponía un acercamiento distinto a lo que se consideraba obsceno, en esencia porque no pretendía ser como las demás publicaciones pornográficas ni como las revistas eróticas elitistas. Sino que era una publicación que, hipócritamente o no, abogaba por la seducción, el coqueteo, el respeto y la apreciación de la belleza. Esta revista estaba dirigida a un público clasemediero con aspiraciones, que se adaptaba a la creciente prosperidad de un país que se convertía en la primera potencia mundial. El éxito de Playboy inspiró otros proyectos semejantes como Penthouse, fundada por Bob Guccione en 1965, en Inglaterra, y Hustler, fundada en 1974 por Larry Flynt. Ambas eran más atrevidas que Playboy, ya que llegaron a mostrar close ups de genitales, actos sexuales fingidos y reales, con lo que en términos de representación le arrebataron a Playboy el liderazgo de la controversia editorial. No obstante, imitaban los valores de producción que Hefner volvió la norma. En febrero de 2016 Playboy abandonó los desnudos, al reconocer que no era sensato tratar de competir contra la abundancia y diversidad de estímulos sexuales que ofrece internet de manera gratuita. Del Playboy pasamos al Playbot. Sin embargo, un año después decidieron regresar a mostrar desnudos, poniendo en evidencia una clara confusión y crisis de identidad.

Playboy definió su imagen como una especie de manual del buen vivir y comenzó a navegar sobre una cultura pop que se volvía cada vez más turbulenta, desde los tumbos del movimiento hippie de los años sesenta y la virulencia del punk hasta la influencia del hip hop y la catástrofe del 11 de septiembre. Y sin embargo, logró sobrevivir al aferrarse a sus valores retro de buen gusto y tolerancia, aunque para hacerlo se convirtió en una publicación zombi e irrelevante. En sus inicios Playboy fue una ventana a un underground fascinante y glamoroso, en el que cabía la transgresión y la fantasía de una opulencia benévola, desparpajada y gozosa que representaba el dandismo de la era de la Guerra fría. El bon vivant y flâneur estadunidense daba un giro a los prototipos decimonónicos libertinos europeos, en un contexto donde el romanticismo se transformaba en cosmopolitismo (con tintes de colonialismo), agorafobia y poder de adquisición.

Playboy pasó de la controversia y el escándalo a volverse una vitrina doméstica del deseo, tanto erótico como de ciertos objetos lujosos, pero también de la apreciación del arte, la literatura y el periodismo. En su larga existencia Playboy ha sido provocadora e incendiaria, así como conservadora y pudorosa; ha sido el espacio donde se debatían ideas políticas radicales y donde se promocionaba, y a veces combatía, el sopor del consumismo frívolo. Si algo logró Hefner fue que se volviera aceptable que toda clase de anunciantes promovieran sus productos entre cuerpos de mujeres desnudas. Lo cual puede verse como una mercantilización, fetichización y cosificación del cuerpo femenino, pero también como una forma de romper tabús en una sociedad moralista que pone por encima de todo sus intereses capitalistas. En su momento climático, en 1972, Playboy vendía más de siete millones de ejemplares. El éxito de la revista demostraba la necesidad en Estados Unidos de una guía por la sexualidad y el consumo en una era en que se multiplicaban las opciones y las libertades, además de que representaba una válvula de escape a la angustia de la guerra de Vietnam.

Las mujeres de Hefner

Hefner creció en un medio provincial y puritano, la idea que tenía de la mujer estaba rodeada de misterio y temor. Su propuesta de seducción puede verse ahora con sorna, pero era revolucionaria para alguien que venía de un mundo donde el universo femenino estaba reducido en gran medida a los quehaceres del hogar. Su mensaje encontró resonancia con un público muy amplio. Pero en la filosofía de Hefner se fundía la idea de la mujer como interlocutor para discutir a Nietzsche con la diva idealizada del 90-60-90 y sexualidad pulsante. Muchos críticos lo acusan de promover modelos de belleza que propiciaron la epidemia de desórdenes alimenticios, bulimia y anorexia principalmente, entre las jóvenes que desesperadamente querían encajar en cuerpos que combinan pechos voluminosos que apuntan hacia el cielo, traseros frondosos y una delgadez prepúber. Aunque Hefner fue uno de los difusores de esa estética, estuvo muy lejos de ser el único responsable de la masificación de ese ideal femenino. Playboy tenía gran impacto y presencia pero no el alcance de las publicaciones y programas de moda ni de la publicidad que bombardeaba sin cesar a las niñas y adolescentes con propaganda que exaltaba agresivamente la obsesión con el cuerpo “perfecto”.

Hefner aparecía en todas las fotos y eventos públicos estratégicamente rodeado por jóvenes, rara vez mayores de 25 años, todas atractivas, a menudo con poca ropa, como si fuera una especie de sacerdote o líder de un culto. Su obsesión con un cierto modelo de mujer despampanante y de preferencia rubia, se convirtió en una especie de símbolo universal de la belleza del siglo XX. Es fácil ridiculizarlo como un viejo rabo verde que empleaba su poder y fama para seducir, pero la acusación de simple misoginia que se lanza en su contra ignora que esas imágenes tienen una gran resonancia porque el atractivo y la juventud femenina emiten las señales de salud y fertilidad que busca ese gen egoísta que nos tripula. Es obvio que una sociedad justa e igualitaria es aquella en donde estos deseos y tentaciones son controlados pero pretender ignorar sus causas es simplemente absurdo. En esas fotos repetitivas y obsesivas que cubren décadas de fiestas y bacanales, la escenografía cambia con las modas y los rostros de las muchachas sonrientes y joviales son siempre distintos. Lo que nunca cambia es Hefner, el único que va envejeciendo y empequeñeciéndose en medio de la voluptuosidad de sus acompañantes. Parecería que se trata de una historia inversa del Retrato de Dorian Grey y hace pensar en un episodio digno del programa Twilight Zone, en el que un prisionero del tiempo envejece en un paraíso intemporal que se va convirtiendo en una pesadilla.

“Si bien la conejita puede verse como un fetiche sexual o un peluche masturbatorio animado, también es posible entender que para el lector de Playboy era una reafirmación pueril del mundo.”

A diferencia de la visión convencional del pornógrafo que busca artificios para mostrar más y más con el afán de vender, teniendo cuidado de apenas rebasar los límites de lo aceptable para no ser censurado o arrestado, Hefner trataba, sin duda con una perspectiva que ahora parece retrógrada, de imaginar un universo de seducción que pudieran disfrutar tanto hombres como mujeres. La pornografía de entrada está peleada con el buen gusto, su secreto radica en lo extremo, lo inusual, la ruptura de lo aceptable y la provocación. El interés más radical de Playboy era avanzar hacia un mundo más divertido, de ahí el título juguetón. La actitud del Playboy era en cierta forma un hedonismo adolescente, obsesionado con disfrutar de las cosas bellas, de lo exótico, de la buena comida y de la alta tecnología. Imaginar a la mujer como conejita refleja más una visión infantil que una de tradicional dominio o de odio misógino. Esto se combina con que el ideal de belleza que supuestamente perseguía la revista era el de la “vecina” guapa (the girl next door), es decir una fantasía melancólica de pureza. En el habla vulgar los hombres tienden a asociar a la mujer con animales para denigrarla: perra, zorra, puerca. La comparación con una coneja era quizás imaginada no como un insulto sino como un gesto cariñoso. Por supuesto que a muchas mujeres nunca les pareció un elogio ser vistas como roedores saltarines en celo permanente. Si bien la conejita puede verse como un fetiche sexual o un peluche masturbatorio animado, también es posible entender que para el lector de Playboy era una reafirmación pueril del mundo, de la belleza como algo inofensivo y estabilizador.

Playboy explotó la fascinación que después se volvería omnipresente de los cuerpos perfectos, retocados al pincel de aire, manipulados y fotoshopeados. Estas fotos impecables, que parecían por un lado desarticuladas, imposiblemente gélidas y a la vez deslumbrantes y familiares, crearon una especie de canon de belleza que podría ser el equivalente para el siglo XX de las estatuas griegas, los retratos renacentistas y otros estilos emblemáticos de diferentes épocas. Es muy revelador que una foto de la modelo sueca Lenna Sjööblom, publicada en el número de noviembre de 1972, fue la primera imagen digitalizada con alta resolución que fue transmitida por la red ARPA, predecesora de internet, en 1975. Los científicos eligieron esa imagen por su excelente calidad, pero también por su atractivo, aunque la recortaron de manera que sólo aparecía el rostro, un hombro y un sombrero.

Causas justas

Hefner tenía motivos pragmáticos para luchar en contra de la censura y por la libertad de expresión. En 1963 fue arrestado por la policía de Chicago por obscenidad, pero el jurado no pudo declararlo culpable, lo cual fue un triunfo en contra de las autoridades. Así como también lo fue cuando derrotó al correo en la Corte porque se negaba a distribuir sus revistas. Sin embargo, una de sus luchas más importantes fue contra la segregación racial. Hefner era la cara pública de la marca Playboy, y esto se hizo evidente en los dos shows televisivos que tuvo, el primero de ellos Playboy’s Penthouse, que comenzó en 1959 y alcanzó a tener 44 episodios. Desde inicios de los años sesenta, en la televisión así como en sus clubes, programaba artistas y cómicos afroamericanos arriesgando su vida y desafiando las leyes segregacionistas. Esto propició censuras y eventualmente la cancelación del show. La primera de las famosas entrevistas de Playboy, en 1962, fue una legendaria conversación entre Miles Davis y el escritor Alex Haley, en donde hablaron más de justicia social que de jazz. La última entrevista y la más larga impresa en una revista, la concedió Martin Luther King a Playboy.

Además de militar en contra del racismo, durante las décadas de los cincuenta y sesenta financió numerosos casos judiciales para defender los derechos reproductivos de la mujer, especialmente en los estados donde estaba prohibido el aborto. Estos juicios culminaron con el caso Roe vs. Wade, que reconoció el derecho al aborto en todo el país. Asimismo, defendió los derechos homosexuales y trans. Paradójicamente, su lucha más polémica fue por la emancipación femenina y la revolución sexual. Para muchos esto era tan sólo un velo para su explotación  y cosificación. La liberación de la mujer no se debe a una revista sexy, ni a los deseos retorcidos de un viejo calenturiento. No obstante, esta lucha es parte de un patrón de ideales por los que Hefner apostó toda la vida. Nada es más fácil que desacreditar su lucha personal al presentarla como una manera de expiar sus culpas de clase o como contrapeso moral de su disolución. Realmente hay que hacerse de la vista gorda y tener muy mala fe para pensar que era un oportunista que sólo actuaba en su propio beneficio. Y aunque su aportación al feminismo sea ínfima, la posibilidad que dio a muchas mujeres de reconocer que su sexualidad no tenía que ser objeto de culpa debe ser reconocida. Hefner dio oportunidad a muchas mujeres de lanzar sus carreras y a muchas mujeres exitosas como Kate Moss, Madonna, Drew Barrymore, Dolly Parton, Naomi Campbell, Farrah Fawcett, Linda Evans y Kim Kardashian de probar que exhibir su cuerpo desnudo no era forzosamente una forma de sometimiento sino por el contrario una manera de celebrar y expresar su sexualidad como poder. Quienes piensan que la revolución sexual fue una conspiración masculina para tener sexo extra y premarital con muchas mujeres, sin responsabilidad, en realidad infantilizan a la mujer, al imaginarla en la posición de espectador pasivo de las luchas civiles.

“Si la industria de Hefner hubiera sido la hotelería, la costura o las finanzas, en las cuales el abuso y el acoso sexual abundan, difícilmente estaría en la mira de quienes lo ven como el gran enemigo de la mujer.”

La muerte de Hefner coincidió con el escándalo de la revelación de docenas de casos de abuso sexual por parte de otro magnate liberal, que durante toda su vida apoyó causas de “izquierda” y políticos demócratas, Harvey Weinstein, uno de los hombres más poderosos de Hollywood. El cofundador de la productora y distribuidora Miramax pudo durante décadas extorsionar, agredir y violar mujeres, tanto jóvenes que soñaban con ser actrices, como estrellas famosas. Hay quienes han querido comparar a Hefner con Weinstein, y si bien eso puede servir para consolarse con algo parecido a claridad moral en un caso complejo como el del fundador de Playboy, la realidad es que se trata de asuntos completamente diferentes. Miles de mujeres visitaron la mansión de Playboy, cientos de ellas compartieron su habitación y cama, no obstante, el número de acusaciones de acoso sexual en su contra no pasa de un puñado. La más relevante vino del cineasta Peter Bogdanovich, quien en 1984 publicó un libro donde lo acusó de haber violado a la playmate Dorothy Stratten. Aunque nunca se le levantaron cargos, Hefner aseguraba que esa acusación le provocó un infarto en 1985. El caso de Stratten es trágico ya que fue asesinada por su marido en 1980. También Hefner fue demandado por haber conspirado con Bill Cosby para que él violara a una mujer en su mansión. Él negó cualquier complicidad.

En los tiempos que vivimos es imposible no vincular a Donald Trump con Hugh Hefner. Supuestamente el presidente y estrella del reality show veneraba al fundador de Playboy y en muchos sentidos se inventó un personaje inspirado en él, de ahí su muy ostentosa carrera de conquistador, sus casinos fracasados y el haber comprado el concurso Miss Universo. Cuando Trump comenzó a demoler a sus contrincantes republicanos en las primarias, Hefner celebró que un libertino, casado tres veces, que llevaba una vida de pecado, fuera el candidato preferido de los conservadores, especialmente porque había derrotado al santurrón Ted Cruz. Sin embargo, sus ilusiones se evaporaron cuando eligió a Mike Pence como vicepresidente, un peligroso mojigato, al servicio de grandes corporaciones e intereses, que ha luchado toda la vida en contra de las causas más importantes para Hefner. Ahí se arrepintió, eliminó del sitio de Playboy el texto que había escrito sobre Trump y declaró que era una vergüenza haberlo tenido en la portada de la revista.

Orgullo y pudor

En 1992 Hefner declaró al New York Times:

Mi máximo orgullo fue que cambié las actitudes al respecto del sexo… Que descontaminé la noción de sexo premarital. Eso me da una gran satisfacción.

Quizás la manera en que cambió las actitudes no fue un éxito completo pero tampoco fue responsable del machismo tóxico que sigue afligiendo al mundo. Puede parecer que el debate en torno a Hefner es uno sobre género, pero al final de cuentas es un debate sobre la moral, el pudor y la decencia. Si la industria de Hefner hubiera sido la hotelería, la costura o las finanzas, en las cuales el abuso y el acoso sexual abundan, difícilmente estaría en la mira de quienes lo ven como el gran enemigo de la mujer. El pornógrafo es la cara visible de la tensión entre los géneros, su producto es un reflejo de lo que nos excita sexualmente, por tanto es más un síntoma que una causa, como han demostrado numerosos estudios. El feminismo de la segunda ola de la década de los ochenta, está de vuelta con nuevas campañas antisexuales, y una actitud de girl scout que en vez de confrontar al patriarcado es capaz de aliarse con los sectores más conservadores y reaccionarios para luchar contra la pornografía, que en su imaginación es la causa de todos los males. Estas feministas, inspiradas por la difunta Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, sueñan con rescatar doncellas en apuros (que en su mayoría no las necesitan) y eliminar a los padrotes que las explotan, mientras ignoran, porque sus causas no son glamorosas ni atraen los reflectores de los medios, a las obreras, campesinas, inmigrantes, empleadas de supermercado y sirvientas que realmente necesitan una voz.

El universo sexual de Hefner fue fascinante, nostálgico y cursi. Sus luchas en cambio fueron valientes. Si bien su sueño de resolver el malestar, la confusión y el temor sexual mediante la seducción está lejos de llevarse a cabo. No obstante, es inevitable ver su obra y su filosofía como una alternativa amable al desenfreno pornificado de la era de internet, al romance de Tinder, a la porno venganza y sobre todo a la insensibilización a los estímulos sexuales que ha resultado de la proliferación furiosa y gratuita de todo lo pornográfico.

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