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Foto: Especial

Cronwell Jara es uno de los secretos mejor guardados de la literatura peruana. Autor de Montacerdos, un texto que se volvió underground y que sirvió de inspiración para la editorial chilena independiente del mismo nombre. Por su dominio del lenguaje y el espacio rural, Montacerdos ha despertado comparaciones con Pedro Páramo de Juan Rulfo. Escrito en 1978 y publicado por primera vez en 1981 en Lima, está llamado a convertirse en un clásico de la literatura latinoamericana. Desafortunadamente en México no ha sido publicado. Pero la editorial Solidaridad Press ha puesto en circulación Faite, otra obra de Cronwell.

Cuando Óscar Benassini, editor de Solidaridad Press, se enteró de que visitaría Lima me pidió que por favor le entregara unos ejemplares de Faite a Cronwell. Jara tiene fama de huraño, de inconseguible, por lo que me sorprendió que al momento de entregarle los libros me invitara a comer. Acepté, lo reconozco, por ese morbo que me despierta el espectáculo de los locos que han desarrollado una profunda relación con el lenguaje. Quería ver con mis propios ojos el milagro de la lengua. Sin embargo, Cronwell no lleva una relación atormentada con el mundo. Ignoro si en el pasado la tuvo, pero en este momento, a su indeterminada edad, según algunos libros vino al mundo en 1950, en Internet se asegura que en 1049, y si la bruma de la comida y la Pilsen no me traicionan, recuerdo que me comentó que tenía 73 años. Edad que por supuesto no aparenta.

Cronwell es originario de Piura, pero desde los cinco años ha vivido casi la totalidad de su vida en el Rímac, un distrito del Perú, que posee la fama de ser un barrio bravo. El centro de Lima, un bullidero de turistas, conserva intactos sus secretos. Inalcanzables para los no iniciados. Pero Cronwell los conoce todos. Caminar junto a él por los jirones es como hacerlo junto a una enciclopedia de conocimiento histórico y de fábula callejera. Está orgulloso de los signos que le procuran identidad. Viste como un profesor, su principal profesión. Camisa y pantalón de vestir, una gorrita de caza tipo inglés y lentes.

El centro de Lima conserva intactos sus secretos. Inalcanzables para los no iniciados. Pero Cronwell los conoce todos.

Nos reunimos en la Plaza de Armas, al pie de la catedral, y caminamos poco más de un kilómetro hasta una cevichería de barrio. Cuando digo de barrio no me refiero al eufemismo hípster para designar a lo gentrificado. Era un lugar al que jamás hubiera llegado por mi propio pie, considerando que soy una de las personas más métome en donde no me llaman. Nos acompañaban algunos editores, entre ellos José Córdoba, el responsable de Quebrantahuesos, la editorial que publicó mi libro El pericazo sarniento en Perú, motivo de mi visita al país.

Cronwell se tomó la libertad de ordenar por mí. Me pidió un chupe. Quería causarme la mejor de las impresiones. Así que mientras no fuera cuy, no rechistaría, me comería lo que fuera. Descubriría minutos más tarde que se trataba de un caldo. Una especie de sopa de maricos con un toque de leche y que contenía huevo. Aparecieron las cervezas y la chicha morada. Y observé una peculiaridad que no he atestiguado en ninguna parte. Mezclan la cerveza con la chicha. Y uno de los comensales mezcló cerveza con Inca Kola, el popular refresco, que es un símbolo de identidad en el país tan importante como el Machu Pichu.

Le entré al chupe sin pudor sólo para descubrir que era no sabroso, sino lo que le sigue. Y obvio, puro jugo pal pito. Benassini no mentía al describir a Cronwell como un ser absolutamente desinteresado por el mundo editorial. Lo suyo es el oficio de la literatura nada más. Me confesó que pensaba que Óscar era un farsante, cada tanto le escriben de varios países para decirle que lo van a publicar pero no ocurre. Dijo que le siguió el juego a Benassini por pura diversión. Antes de mi viaje Óscar le mandó un paquete con libros pero nunca llegaron. Por lo que Jara pensó que todo era mentira. Y tal como le cedió los derechos gratis de Faite a Solidaridad Press, a los editores reunidos en esa mesa les permitió que publicaran algunos de sus títulos, que les entregó ahí mismo, en las editoriales independientes del interior del Perú.

Ignoro qué pensaría Cronwell de mí, al verme ahí sentado, todo tatuado, si me consideraría un escritor o no, pero pese a nuestra distancia cultural, se portó como un anfitrión de primera y no me permitió pagar un sol. Nos despedimos afuera del local. Él abordó el taxi y yo caminé por el centro de Lima embarazado de chupe, contento de haberlo conocido, pensando en escribir este texto y decidido, como tantos otros, a propagar el evangelio de Cronwell Jara. C

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