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Foto: Archivo de Alonso Arreola
Foto: Archivo de Alonso Arreola

Conviví 26 años con Juan José Arreola. En ellos pude disfrutar de su alma lúdica, de su eterna capacidad de asombro. Fue el abuelito, el maestro, el testigo, el juez, el defensor y, al final, una suerte de nieto de sus nietos. Porque se nos voltearon los papeles en las noches de hospital cuando cayó enfermo y, con ojos de temor, cuestionó al mundo como por vez primera para convertirse en un Quijote que duró casi tres años guardado en casa, intermitiendo entre la lucidez y la fantasía.

Reviso entonces algunas anécdotas, situaciones que pasé a su lado —nimias o trascendentales—, y pienso que si pudiera reconstruir un solo día con él ocurriría en Zapotlán, esa tierra que de tan grande se la hicieran Ciudad Guzmán. Temprano por la mañana se escucharía el suave roce de la escoba de ramas contra las piedras que sustentaban la casa. Se trataría de Pablo, su eterno y reservado cuidador. Hombre de piel rojiza, dura, padre de una numerosa y violenta prole, él sería un primer atisbo de vida a los pies del cerro. Emocionado por las sorpresas de las próximas horas, yo saltaría de la cama del tapanco y comenzaría a vestirme con rapidez. Mi abuelo no tardaría en dejarse escuchar sobre la duela hinchada, listo para emprender su viaje en motocicleta hacia el mercado. Si quería ir con él, estaba claro que no podía retrasarlo.

Dependiendo de mi edad, lo acompañaría en el pequeño asiento de atrás o en una segunda motocicleta. Puestos en marcha, observados con asombro mientras descendemos del cerro, muchos niños correrían a nuestro encuentro para recibir dulces o monedas de ese hombre con sombrero estrafalario al que gritarían “¡tío, tío!”. A los pocos minutos arribaríamos al jardín central y al mercado del pueblo adonde, apenas entrando, negociaríamos los mejores tamales de ceniza de esa región llamada El Universo Entero.

Abordado por marchantas y tenderos patidifusos, respondería preguntas sobre la gran ciudad y la televisión y haría otras tantas a propósito de nombres, apellidos, oficios, productos. Seleccionaría también tamales de elote y caminaría hacia la salida olvidando alguna bolsa que yo levantaría del suelo. De nuevo subidos en las motos continuaríamos la aventura matutina rumbo a la carnicería. Allí recogeríamos un corte apartado días antes por teléfono. Tocarían turno a la crema y la leche, ubicadas en el establo de otro proveedor… Sí: está claro que los elementos del desayuno pudieran hallarse todos en un solo punto, pero entonces no estaríamos hablando de mi abuelo, capaz de periplos imposibles con tal de un entramado perfecto.

“Mi abuelo no tardaría en dejarse escuchar sobre la duela hinchada, listo para emprender su viaje en motocicleta hacia el mercado. Si quería ir con él, estaba claro que no podía retrasarlo”. 

EN LA COCINA estarían esperándonos mi abuela Sara y mis tías Claudia y Fuensanta, enfundadas en sus batas yucatecas, friendo tortillas y huevos, molcajeteando chiles con sal de grano. Preparadas para sobrealimentarnos con las viandas recién traídas, refinarían invisibles técnicas de tráfico bajo la mesa cuando mi abuelo hubiera decidido que me estaba pasando con la cantidad de proteínas y carbohidratos que comía.

Acompañado por mis primas Berenice y Mireya y por mi hermano Chema, correría luego a la carpintería que mi abuelo construyera al borde de la barranca para diseñarse sus propios muebles (tableros de ajedrez, libreros, escritorios). Allí improvisaríamos juegos que incluirían grillos, piedras, árboles y lodo hasta que, cansados de perseguir a nuestros muchos gatos, volveríamos a la casa. Entonces iría sigilosamente a la sala para disparar alguna pregunta calibrada sesudamente.

—Oye, abuelo…

¿Conociste a Picasso? ¿Qué piensas de la muerte? ¿Qué te gustaba platicar con Octavio Paz? ¿Cuál es tu lugar favorito de París? ¿En dónde te hacen tus trajes? ¿Cuándo volveremos a la Lagunilla o al Bazar del Ángel? ¿A qué te refieres con eso de aliento oceánico al hablar de Walt Whitman? ¿De dónde provienen las geodas de la vitrina? ¿Cuál es tu cuento favorito de Cortázar? La clave estaba en hallar el momento y humor justos.

Si el cuestionamiento era suficientemente provocador, mi abuelo bajaría el periódico, detendría el movimiento involuntario de la rodilla, se incorporaría en el sillón en el que estaría recostado, miraría el techo y liberaría los pájaros de la memoria. Compartiría el andamiaje de su asombro.

—Sí, bueno, en París coincidí con un amigo pintor, también de Jalisco, quien me pidió acompañarlo a una exposición conjunta de Picasso y Miró. Fuimos. No sé cómo pero nos colamos en la comitiva de inicio, la que inauguraba el acto. Manteniéndonos a distancia, íbamos siguiendo a los maestros y a los responsables de la exhibición quienes, de vez en cuando, nos miraban extrañados. Pero no dijeron nada. Escuchamos sus reflexiones y ¡terminamos el recorrido con ellos!

En este punto comenzaría su risa entrecortada por una tos ligera y se le entrecerrarían los ojos, ya rubicundos. Continuaría luego:

—Entonces me acerqué y le pregunté a Picasso si podría visitarlo. Aceptó, me dio su dirección y, claro, fuimos a los pocos días. Recuerdo que nos abrió una anciana encargada del taller. Dijo que el pintor no estaba pero que podíamos esperarlo. Entramos. Nos quedamos solos. Y sí, allí estaban sus obras; algunas terminadas y otras en plena marcha… ¿te imaginas si hubiéramos tomado un cuadro?

Entonces volvería la risa y se secaría los lagrimales con un kleenex. Se pondría a contar de cuando entró al Louvre de posguerra, vacío y en remodelación, para presenciar el reacomodo de piezas y, de manera increíble, terminó en una silla sosteniendo a la Mona Lisa. Mi abuelo era un amplificador de la realidad, pero no mentiroso.

“Por la tarde iríamos a Sayula por unos cuchillos de Ojeda, o tal vez pasaríamos por Tamazula para visitar la tierra de mi abuela Sara”.

AHORA BIEN: es posible que el día reconstruido ocurriera en la Ciudad de México, navegando los ríos de la colonia Cuauhtémoc en donde su hijo Orso —mi padre— tuvo una librería de nombre Arreolarte. Al fondo de ella, pasando un pequeño departamento y un patio de pedruscos franqueado por dos grandes caballos de ajedrez, se hallaba el galpón con butacas de hierro y madera que mi abuelo habilitara para presentaciones de libros y, sobre todo, para que jugáramos tenis de mesa confiados en un futuro olímpico. Allí mismo lo dejaríamos ganar en días de pinta escolar so pena de peroratas interminables sobre nuestra manera de hacerle trampa. Era como un niño. Allí lo veríamos preparar platillos prácticos basados en latas de conserva. Allí conoceríamos a muchos jóvenes escritores que apreciaban sus consejos.

O quién sabe, tal vez el día reconstruido ocurriría en otro punto de la Ciudad de México. Con el taxi eternizándose afuera del Camino Real (su segundo hogar), finalmente tomaría una decisión de efecto dominó: ir a La Naval en la calle de Michoacán esquina con Insurgentes para comprar ultramarinos peculiares; luego con su encuadernador a Álvaro Obregón; cerca de allí era obligado visitar la Sala Margolín (su tienda de discos favorita). Recordando a la familia de cada casa y de regreso al hotel, se impondría finalmente el Club Chapultepec, en cuya tienda compraríamos una raqueta de tenis. En uno y otro lado, sea hablando de comida, amigos, libros o antiguallas, todo tendría que ver con la búsqueda de la belleza. Era tan así que podía cambiarse de lugar en un restorán sólo para no ver el comportamiento de algunos comensales. Pero no… mejor vuelvo al principio.

Si reconstruyera un día para volver con mi abuelo Juan José sería en Zapotlán, paréntesis en cuyos lindes una laguna opera su delgado sueño. Por la tarde iríamos a Sayula por unos cuchillos de Ojeda, o tal vez pasaríamos por Tamazula para visitar la tierra de mi abuela Sara, pilar definitivo en su vida y carrera literaria, en la supervivencia de sus hijos, en la eterna infancia de sus nietos. Sara, pilar de bondad, de claridad que hipnotizara al mismo Juan Rulfo cuando la burocracia lo expulsaba por las tardes y la visitaba, deseoso de volver a su tierra en voz del pueblo vecino.

Porque sí: mi abuela hablaba, se comportaba y pensaba exactamente como un personaje de Rulfo. Nos encantaba. Por fortuna, heredé de mi abuelo eso de grabar a la gente a escondidas y la tengo registrada contándome de cuando lo conoció afuera de una plaza de toros. Ella fue la responsable del mejor cimiento en la vida familiar. Resistió todo confiando en el talento de Juanito, el Recitador. Era la única que podía pararlo en seco cuando los caballos se le desbocaban y con ternura infinita lo visitaba, ya convertido en Caballero de los Leones, en su habitación deshabitada.

Foto: Archivo de Alonso Arreola
Foto: Archivo de Alonso Arreola

ESOS FUERON años difíciles para todos. Silencioso y con el cuerpo enjuto, a veces me lo encontraba moviendo las manos en el aire.

—¿Qué haces abuelo?

—¿Pues qué no ves? Jugando en un torneo de ajedrez.

O quizá:

—Estoy dando una conferencia.

O sólo respondía con el silencio. Entonces yo intentaba el juego de las preguntas, pero ya no contestaba. Sin embargo, y para ser justos, hay que decirlo: había momentos de gran lucidez en que asomaba de nuevo a los ojos ese fantástico minero de la memoria. Un día le dije:

—Te manda saludos Carlos Monsiváis, abuelo, lo acabo de ver.

Tras un larguísimo silencio alcancé
a escuchar sus murmullos:

—Montes y valles, montes y valles….

—¿Qué dices, abuelo?

—Montes y valles, eso significa Monsiváis.

Y de nuevo esa pausa en la que el maquinista abandona su puesto para recorrer un tren interminable.

En fin. Sé que no he dicho mucho. Sé que no brindo nueva luz sobre la humanización de los animales en su Bestiario (o en textos como “Autrui”), ni sobre la animalización del hombre en “La mujer amaestrada”, ni sobre la idea del suicidio en “La migala”. Sé que no brindo una perspectiva diferente con respecto a su curioso y adictivo amor hacia la mujer, madre siempre, amante siempre. Sé que este escrito no aporta nada al simbolismo de esa máquina de atrevimientos llamada “El Guardagujas”, en donde se manifiesta su mayor y más grande enseñanza: la del movimiento, la de la decisión y la valentía de expresar lo que se piensa, principio fundamental en su desarrollo. Un día me dijo: “Ve y dile lo que piensas a la gente, siempre”.

No importaba si tenías ocho años y estabas petrificado por ver a la cantante de Parchís aproximándose en el pasillo de un hotel. Tu abuelo te obligaría a hablarle, a decirle que te gustaba. No importaba si en la adolescencia intentabas comprender la portada de un libro de ajedrez y te daba pena equivocarte. Él te presionaría incansablemente. Tampoco importaba si ya en la juventud lo cuestionabas por su visita a un programa con las bobas de Verónica Castro y Thalía. Su respuesta:

—Siempre aprovecharé cualquier momento y espacio para decir lo que pienso.

Así lo hizo cuando conoció a Pablo Neruda en Zapotlán, brindando con ponche de granada. Así, cuando acechó a Louis Jouvet afuera del Teatro Degollado de Guadalajara. Así, al conocer a Gabriela Mistral en París. Así, con Miterrand en Les Arcades de la Place Vendôme de París. Así, siempre… y con eso me quedo: con mi abuelo en movimiento, montado
en su motocicleta por la mañana, volando en pedazos la línea recta, marcando nuevos trazos entre el genio y el sufrimiento, arrastrándonos a todos en su singlada estela.

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