Un ensayo ante el abismo del presente

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Huesos en el desierto
Por Adolfo Castañón

I. En el mundo de las noticias virtuales y/o inventadas, en el universo de la mecanización de la información, el oficio del periodista es por fuerza un oficio audaz y aventurero. Tiene el periodista verdadero que ir arrancando la información, organizándola, asociando unos y otros datos, analizando infatigablemente lo recogido en la investigación sin dejar que el desánimo o la fiebre lo invadan. Ha de mantener la cabeza y la sangre fría, sin perder por ello la inteligencia que lo guía hacia la verdad. En medio del derrumbe de los lazos de confianza que aseguran la sobrevivencia de una sociedad, la acción inteligente de este tipo de investigador, escritor y periodista tiene sin duda un relieve y una consistencia civiles que aseguran el proceso de construcción social de la verdad que, más allá del interés inmediato de las instituciones y del propio Estado, termina o empieza fundándolos, proporcionándoles un cimiento confiable. El tipo de periodista, investigador y escritor que representa Sergio González Rodríguez es por estas razones tan necesario.
Cuando todos mienten o se conforman con vivir acomodándose a la sombra de las medias verdades, el que sigue el hilo de la veracidad adquiere una nueva dimensión consistente. Ante el discurso plano y elusivo, aquél que ha sabido rescatar de los basureros y los escombros las pruebas incontestables del crimen, ha de aparecer como un atrevido fiscal que va armando pacientemente sus construcciones en el teatro en apariencia desierto de la justicia.

El escritor como detective no es una figura inusual en las letras. El llamado a investigar dentro, pero sobre todo fuera y al margen de la versión oficial, lleva al investigador a reconstruir líneas intermitentes, errantes, que de algún modo lo contagian e infectan de nomadismo. Para el
detective que ha hecho de la escritura su único solar y punto de sosiego, las certezas habituales de la gregariedad estallan. Ante el rigor exigente de una investigación que sólo puede practicarse libremente desde la intemperie, el escritor-detective reconoce en su búsqueda de la verdad el único consuelo que lo sabría aplacar, su única patria.

El escritor-detective está incalculablemente solo. Su único abrigo es la intemperie; tiene algo en común con el poeta y con el filósofo, pero antes su solidaridad se afirma en la coincidencia con una figura: la de Antígona, la de la hermana que desafía al príncipe de este mundo para recordar y dar sepultura humana al hermano muerto. No puede haber figura humana más primitiva que Antígona, que se sacrifica para dar sepultura a su hermano pues que lo propiamente humano gravita en torno a ese oscuro mandato que nos lleva a enterrar a los difuntos. Dar sepultura a los muertos, ¿no es acaso una de las formas primarias de la cultura, es decir de la conmemoración? Se entierra a los muertos también como una forma de restituir—de volver a tejer el tejido que le da sentido a la sociedad. Hay en la inhumación no sólo un saldo de lo
pasado sino una apuesta hacia el futuro; hay en el túmulo una fundación, y en el entierro de una comunidad masacrada al margen de las “versiones oficiales” una apuesta por la sobrevivencia solidaria de una comunidad que se busca en la justicia de un reconocimiento no por aplazado menos necesario.

II. Si el Estado es el responsable de administrar la violencia y el detective-escritor es el encargado de investigar y de relacionar entre sí los actos aparentemente aislados de violencia, es claro que o bien el detective se declara funcionario y eventualmente subordina su acción detectivesca a la razón de Estado, o bien se declara independiente y asume el riesgo de enfrentarse con la razón de Estado. En una sociedad hegemónica e industrializada donde el ciudadano se ve reducido a un agente del consumo y la franja de civilidad que se puede ejercer se ve día con día reducida, queda claro que el llamado del detective independiente resulta definitivamente indeseable, incómodo por más que la acción investigadora ponga en juego en última instancia la sobrevivencia misma de la sociedad en cuanto conjunto de ciudadanos responsables. No hay laberinto más intrincado que una línea recta, escribe en algún sitio Gilles Deleuze. El detective-escritor lo sabe como ninguno, pues su inflexible línea recta ha de pasar por no pocas pruebas, por no pocos ensayos en los cuales puede estar en juego su propia integridad física.

III. Huesos en el desierto se sitúa en algunas localidades deprimidas de Ciudad Juárez, Chihuahua, el antiguo Paso del Norte, contiguo a El Paso, Texas. Ciudad fronteriza, Juárez es también un complejo entramado
urbano donde se da una intermitencia o fractura en el orden legal, una ciudad de paso donde por lo visto el pasaje entre la vida y la muerte, la legalidad y la ruptura desafiante
de la legalidad parecen darse cita en un complejo espacio de explotación industrial y semi-industrial naturalizando a la luz de la usura los actos contra natura, legitimando una ley turbia, exigente de sangre y tortura, y poniendo a la deriva Estado y gobernabilidad en virtud de la erosión de los consensos mínimos que garantizan la convivencia social.

IV. Huesos en el desierto es a la vez ensayo, crónica, investigación, reportaje, reflexión en torno a los centenares de mujeres muertas (¿350?), asesinadas, torturadas anónimamente en Ciudad Juárez. El libro deja constancia de las redes de que se sirve el poder dentro del poder, de la descomposición del sistema policiaco en el norte del país, en particular en Ciudad Juárez.

El libro, aparte de ser una valiente denuncia documentada de una lacra profunda en el tejido social, es ante todo un libro escrito, y no sobra decir bien escrito. No sólo eso: Huesos en el desierto resulta de un muy sólido trabajo de investigación, por así decir, en vivo. González Rodríguez reinventa con esta obra el periodismo y la literatura. Pone un ejemplo muy elevado de competencia ética y destreza interpretativa, hermenéutica: va disponiendo los hechos con progresión geométrica sin perder en ningún momento la orientación íntima, el sentido.

V. El sistema tiende a hacernos creer que México es un país sin fronteras de clase y desde luego de reconocida pluralidad. Contra esa creencia, Huesos en el desierto opone un corrosivo y documentado ensayo donde el autor aborda un tema ya tratado (por ejemplo, por Víctor Ronquillo), dotándolo de una contundencia periodística y literaria difíciles de igualar y abriendo nuevas puertas al género.

Quienes nacimos en México al promediar el siglo nos formamos con la idea de que México no sólo era (o había sido) la región más transparente en términos meteorológicos sino que lo era sobre todo en términos políticos y sociales: México sería un territorio sin fronteras, exento de conflictos, con igualdad de desarrollo y oportunidades para todos; México sería así la región más transparente. Esa ilusión quedaría desmentida cruelmente por el calendario sangriento que ha sido el mexicano a lo largo del siglo xx. Por poner algunos ejemplos, mencionemos la masacre de la familia de Rubén Jaramillo, las represiones a los ferrocarrileros, las matanzas periódicas de campesinos y maestros rurales, para no hablar de fechas como 1968, 1971, o de los diversos crímenes aislados que han afectado selectivamente a dirigentes y líderes sociales de la más diversa extracción, o bien de las violaciones a mujeres cada día en aumento. En ese turbio panorama de muertes deliberadas habría que inscribir los más de trescientos casos de mujeres asesinadas que dan materia y asunto al admirable libro de Sergio González Rodríguez: Huesos en el desierto.

Los asesinatos misóginos se explicarían en parte como un resultado de la supuesta seducción femenina. Este burdo mecanismo está detrás de la naturalización de los crímenes contra la mujer. El caso de las más de trescientas mujeres asesinadas y torturadas en Ciudad Juárez es uno de los mayores escándalos jurídicos en toda la historia del derecho. El machismo como actitud exculpatoria de los anónimos culpables es una de las cuerdas de que cuelgan las explicaciones no dadas sobre esos asesinatos que comprometen una insondable complicidad entre miembros de la policía, narcotraficantes de uno y otro lado de la frontera y testigos silenciosos pero muy poderosos y muy comprometidos. A ese paisaje habría que añadir el de los pasquines o libros de “monitos” de corte pornográfico que inundan los kioskos de todo el país y que son una invitación y una escuela ilustrada de la violencia sexual en todos sus tonos, además de ser por supuesto un jugoso negocio editorial.

VI. La reflexión sobre el caso policiaco y criminal de las más de trescientas mujeres asesinadas y torturadas en la fronteriza Ciudad Juárez lleva al planteamiento de una ominosa hipótesis de trabajo: la frontera entre México y Estados Unidos es como un hoyo
negro de la ilegalidad, una insondable marea devoradora donde se consumen cadáveres de indocumentadas que mueren por centenares —si no por miles— al filo de uno u otro lado de la frontera, centenas de cuerpos de mujeres asesinadas, y un caudal innumerable de recursos invertidos en la persecución del crimen como pueden ser, por ejemplo, los sueldos de los cuerpos policiacos que patrullan se diría que inútilmente la frontera de uno y otro lado, etcétera.

La idea de la frontera como un hoyo negro de la legalidad permite quizá dar cuenta de esa caja negra que es el estado de derecho fronterizo donde al parecer reina la ley del (invisible) más fuerte. Pero, ay, la frontera crece y, como diría Federico Campbell, México está en proceso de tijuanización.

VII. ¿Tráfico de órganos? ¿Espectáculos abominables? ¿Rituales oscuros? Cualquiera que sea la explicación, un hecho es insoslayable: los más de trescientos cadáveres de mujeres torturadas y asesinadas anónimamente son una razón de peso para pensar, en el contexto de la sociedad mercantil en que vivimos, en el negocio que pueden significar estos asesinatos.

VIII. “El móvil general de por medio —apunta Sergio González Rodríguez— refiere a un rito homicida de contenido sexual que sirve para cohesionar, fraternizar y garantizar el silencio de quienes pertenecen a su secreto; una mafia muy influyente. El móvil particular sería un no móvil, como afirma Robert K. Ressler: ‘El asesino en serie mata por matar, no suele tener un móvil en particular’”. Los culpables estarían libres, y la gente inocente en la cárcel.

González Rodríguez busca ahondar en Huesos en el desierto la comprensión de un presente turbio: el presente de ese espacio abismal que divide al país real del país formal, el estado salvaje del estado social de derecho.

La investigación de ese presente exige no poco valor y raya en lo heroico: el escritor y periodista arrastra amenazas diversas y poco a poco su fidelidad a las letras rojas de la sangre le van abriendo los ojos a las letras negras que cifran ese mapa real pero inaprensible en la medida en que se enfrenta a las versiones oficiales.

IX. La pirámide de la complicidad abarca conspicuos funcionarios panistas, (encabezados por el ex gobernador de la entidad, Francisco Barrio,
o el entonces —1992-1995— responsable de la Procuraduría General del
Estado de Chihuahua, Francisco Molina Ruiz, entre muchos otros).

El admirable libro de Sergio González Rodríguez no hubiese sido posible sin la contribución muy amplia de
un conjunto de periodistas, defensores
de los derechos humanos y militantes de los derechos civiles que han
realizado a lo largo de los años un
trabajo de documentación de gran
importancia y que han sido objeto en no pocos casos de amenazas y atentados.

X. Otro tema que se desprende de la lectura del libro de Sergio González Rodríguez es el de la impunidad.

El poder es intocable: “la seguridad del poder se busca en la inseguridad de los ciudadanos”, como deletrea el epígrafe de Leonardo Sciascia que ostenta el libro.

Al igual que el investigador estadunidense Robert K. Ressler, autor del libro I have lived inside the Monster, se podría decir que Sergio González Rodríguez también ha vivido en el monstruo; ha tenido el valor de asomarse a una de las más violentas deformaciones de nuestra sociedad —la compuesta por el desprecio total a la vida humana, convertida en este contexto en la materia prima de una maquinaria literalmente innombrable.

XI. Huesos en el desierto no es una obra literaria ni histórica más: indica la aparición de un nuevo género, de una página distinta, de una historia y de una literatura otras, escritas a contrapelo de las versiones oficiales. Se le podría comparar, por su rigor estilístico y su destreza literaria con la novela A sangre fría de Truman Capote, con una diferencia o matiz: Huesos en el desierto documenta una serie de crímenes cuya magnitud estadística mueve a la reflexión más profunda.

XII. Si “al inicio del siglo xxi en México por cada nueve hombres, víctimas de homicidio doloso, se mata a una mujer, en Ciudad Juárez, en la frontera norte con Estados Unidos, la proporción aumenta a cuatro” (p. 11). La consideración de esa proporción resulta clave. Recuerdo a ese propósito una idea de Ernest Jünger:

Supongamos que hay un asesino por cada diez mil habitantes. Un leve aumento de esta cifra tendría su efecto sobre las costumbres. Evitaríamos, según hemos hecho en ciertas ciudades y en ciertas épocas, salir en la oscuridad y sin armas. Si la cifra llegara a elevarse, habría que introducir cambios en las instituciones. De esos cambios quedaría alguna evidencia en la arquitectura, en la consolidación de la sociedad, en los códigos. En 1645 se sabía hasta qué punto resultaba peligroso vivir en una finca aislada; eso se volvió describir en 1945. Si para terminar el espíritu asesino se apoderara de la mayoría de la población estaríamos ante una organización ritual, sea en los juegos de circo, sea en las fiestas de sangre al estilo mexicano (subrayado de A. C.), se estarían esbozando ahí los principios de las ejecuciones públicas; siempre se puede temer que éstas se transformen en fiestas. (E. Jünger, “El caleidoscopio de los números en graffiti”.)

XIII. La elevada estadística de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez lleva a reflexionar en torno al tipo de sociedad en que se vive en la frontera de México con Estados Unidos, una sociedad devastada por el silencio, la complicidad y la tolerancia ante una fábrica de la muerte que parte de la impunidad como un estímulo para seguir funcionando. El hoyo negro de la impunidad crece, ay de la sociedad que lleva en sus códigos legales la preservación del impune. El valor del valiente libro de Sergio González Rodríguez estriba precisamente en la ruptura de ese silencio y, a través de ella, en el inicio de una rectificación civil tanto más apremiante cuanto más inasible. Si la justicia expresa la distinción mínima entre las palabras y los hechos, se puede decir que Huesos en el desierto es un libro justo y que permite constatar la ausencia de transparencia (y quizá, por ende, en todo el país) en esa región fronteriza en la que lamentablemente y a contrapelo se puede deletrerar la condición de la ley en todo el territorio nacional.

XIV. Examinada como una obra estrictamente literaria, Huesos en el desierto se presentaría como un escenario vacío: algo así como una pieza teatral beckettiana cuyo título podría ser: esperando al culpable. A medida que crece el número de los cadáveres descubiertos, aumenta la tensión y la confusión en torno al o los culpables y las hipótesis o líneas de investigación: 1) tráfico de órganos; 2) rituales satánicos; 3) rituales de iniciación entre narcos y policías para sellar pactos de silencio, etcétera.

Cualquiera que sea la hipótesis, al espectador libre pero comprometido con su libertad y con la necesidad de dejar un testimonio de estos hechos, de la dispersión y de la confusión de la información y de los informantes, se le ha de presentar como un desafío.

Al concluir la lectura de Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez, recordé las últimas líneas de El Proceso de Franz Kafka. Cuando los agentes vienen a buscar a Joseph K., éste les tiende obedientemente su cuello desnudo y, al reconocer el filo helado de la navaja en su cuello, nos dice Kafka, “Joseph K. sintió nacer la vergüenza”.

Esa vergüenza de la humanidad es una de las cosas que deja al lector confuso este libro helado, admirablemente documentado y organizado, que es Huesos en el desierto, ejemplo inimitable de valor civil; libro escrito con una pasión consistente y fría y que nos redime a todos de la frivolidad y la banalidad, al enunciar y denunciar los hechos inocultables.

XV. Técnicas de investigación criminológica, manejo de la estadística, historia oral, habilidad para armar rompecabezas dispersos, voluntad de análisis neutral y de verificación de los hechos llevan al escritor-detective, al periodista impasible a establecer un nuevo oficio de redacción, de acción literaria conectiva, que le permitirá ir explayando los datos ocultos en la prosa fluida de un ensayo escrito sin concesiones, un ensayo que es un duelo civil y una conmemoración.

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