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Rafael Monleón y Torres: Las tres carabelas. Óleo sobre tela, siglo XIX. Foto: Museo Naval de Madrid
Rafael Monleón y Torres: Las tres carabelas. Óleo sobre tela, siglo XIX. Foto: Museo Naval de Madrid

El prejuicio dicta que el español es una lengua que viaja poco, y no me refiero a traducciones o asuntos propios de la circulación literaria internacional. Me refiero a una lengua que un buen día sale de su casa en Londres, toma el metro rumbo a Victoria Station y, tras algunos meses de viaje, siempre en tren, desciende en Tokio Central, como hizo el inglés con Paul Theroux en El gran bazar del ferrocarril; o a una lengua que, como el alemán de la mano de Claudio Magris, recorre el Danubio desde sus fuentes hasta el mar Negro para, a finales del siglo XX, darse un paseo por el Imperio austrohúngaro.

Contar el mundo con pretensiones de veracidad, olvidándose, en apariencia, de la ficción, parece ser un privilegio de las lenguas y de las literaturas hegemónicas (entiéndase lo que se quiera por este término, siempre y cuando no se incluya al español ni al portugués, y mucho menos a las lenguas indígenas). Dentro de las muchas divisiones culturales que se han hecho en el mundo, una de las más llamativas es la que dictó quiénes tenían el privilegio de ver y quiénes cumplían la función de ser vistos. Después de todo, para que exista una fotografía se requiere de un fotógrafo y de un objeto y, por una cuestión de mínima organización, no era posible que fotógrafo y objeto anduvieran intercambiando roles.

De este pacto, firmado con entusiasmo por una de las partes, surgieron excelentes libros de viajes —ilustrados, románticos y vanguardistas— y también más de un ensayo que causó un serio inconveniente a los viajeros de esta ruta de una sola dirección, como un indígena exótico que se niega a ser fotografiado, o peor, que pretende cobrar por la foto, o peor, que hace ver al fotógrafo como al verdadero fotografiado de una selfie involuntaria en la que no sale muy favorecido, como escribió Said en Orientalismo.

LA SITUACIÓN de América Latina, con las diferencias evidentes respecto del Oriente literario, no es muy distinta. Desde que se estableció que América Latina fue descubierta, también se dispuso que ese territorio estaba ahí para seguir siendo descubierto, siempre generoso en horrores y maravillas, y ni siquiera se contempló la posibilidad de que América Latina pudiera asomarse al mundo; a lo sumo, se concedió que se viera a sí misma, de preferencia siempre con una lente europea y más tarde, estadunidense. El caso español, inesperadamente, acabó siendo similar. Obviando el hecho de que fueron los españoles y los portugueses quienes descubrieron el mundo y lo narraron en textos que aún no sabemos si tomar como una rama de la historia, la fantasía o la picaresca, España acabó por  convertirse en una de las principales atracciones turísticas del Grand Tour, en el que los europeos del norte se sorprendían con la romántica y salvaje decadencia del sur.

Por más que ya nadie se tome muy en serio los libros de viajes y que estos hayan desde luego perdido su capacidad de moldear y estereotipar culturas enteras, la situación no ha cambiado mucho. La literatura de viaje, tanto en lo que concierne a la historia como a las novedades literarias, parece seguir siendo un privilegio anglosajón, y una mera extravagancia en el caso hispánico. No importa que en ambos lados del Atlántico hispánico existan sólidas tradiciones viajeras mucho más cercanas que la crónica de Indias. A estas alturas, ya no tendría que hacer falta reivindicar la obra nómada de Juan Goytisolo o de Cela o de Pla, para dar una idea de las direcciones opuestas y hasta contradictorias por las que ha transitado el relato de viajes español, o recordar que fue en la crónica de viajes donde realmente se forjó el modernismo, y que en ese espacio propicio tanto para la invención y la crítica como para la autobiografía y el descubrimiento, fue donde la literatura latinoamericana empezó en verdad, de la mano de Darío, Martí y Gómez Carrillo, a ser literatura y a ser latinoamericana. Y sin embargo, todavía tanto España como América Latina parecen prestar más atención a lo que dicen de ellas los viajeros extranjeros que a lo que ellas tienen que decir de sí mismas y del resto del mundo.

Foto: Especial
Foto: Especial

Esta situación se vuelve más absurda cuando pensamos en la sólida tradición que el viaje tiene en nuestras letras. Bien puede afirmarse que la literatura mexicana se inauguró con el padre Mier y su rocambolesco viaje europeo, que empezó como un exilio y terminó con una serie de huidas encadenadas que hacen de sus Memorias una verdadera novela de aventuras. El mismo fray Servando resumió sus desventuras en una línea que resultaría premonitoria para más de un viajero latinoamericano: “Yo no he aprendido la topografía de España sino a golpes y palos”. Lo mismo podría haber escrito en su Diario de viaje Horacio Quiroga sobre París, cuando, tras consumir los escasos fondos, se condenó a convertirse casi en un mendigo y, de pasada, en un escritor criollista que dejó atrás el cisne y la sirena modernistas; o los escritores de la Revolución mexicana en Madrid, quienes, dependiendo de los cambiantes acontecimientos del país, pasaban de cónsules a exiliados y viceversa de un día para el otro; o Max Aub al regresar, tras décadas de destierro, a la España franquista y sentirse más que nunca un extranjero.

“Después de todo, para que exista una fotografía se requiere de un fotógrafo y de un objeto y, por una cuestión de mínima organización, no era posible que fotógrafo y objeto anduvieran intercambiando roles”.

Sobra decir que el viaje en español no ha sido siempre trágico, en la estela de Asunción Silva: por el contrario, las más de las veces, sin importar si su motivación ha sido el exilio político, el periodismo, la diplomacia o las simples ganas de irse, el viaje en español ha sido fecundo cultural y literariamente, por no decir una fiesta en la que, por más que se atravesaron los sinsabores y la cruda pudo ser fatal, lo que primó fue el ruido de las copas al brindar. En las páginas de viaje en español encontramos el relato donde Vallejo nos cuenta que, en Moscú, asistió con su amigo “Vladimiro” Maiakovski al estreno de El acorazado Potemkin; las ensoñaciones decadentes de Gómez Carrillo en un fumadero de opio en Indochina; el deslumbramiento de Sergio Pitol al descubrir Venecia, venturosamente, con los lentes rotos, o las travesuras madrileñas de Elena Garro en plena Guerra Civil. Pero la fiesta parece haber acabado: ya no hay exilios, ya ningún periódico envía corresponsales al otro lado del mundo con la única misión de escribir crónica de viaje, ya nadie parte a ningún lado, y quien parte no descubre nada, porque el mundo globalizado luce igual.

A este panorama habría que agregar la ya lejana muerte del viaje a manos del turismo de masas. Los libros de viajes alguna vez cumplieron una función documental, incluso estratégica desde el punto de vista político y militar, y ahora es difícil verlos como algo más que un capricho literario, sin las pretensiones comerciales o intelectuales de la novela, el prestigio continental del cuento o la voluntad testimonial, algo escandalosa, de la crónica. A esta circunstancia habría que agregar cómo la movilidad en el mundo se ha facilitado a niveles impensables desde hace medio siglo, sin contar internet, que permite explorar —con Google Earth, si se quiere una mirada personal, o con YouTube, si se prefiere una colectiva— la geografía más indómita del planeta. Si el género, entonces, a pesar de sus épocas de discreto esplendor, siempre había sido silenciado en nuestras literaturas, hoy se le podría dar por definitivamente muerto.

NO OBSTANTE, contra toda lógica, se siguen escribiendo libros de viajes en español.

Sobra decir que ya no hay viajeros que partan a destinos legendarios porque ya no hay destinos legendarios. Las ciudades se parecen unas a otras cada vez más, y en toda gran avenida de toda gran ciudad uno encontrará el mismo Zara, seguido del mismo Mango, seguido del mismo McDonald’s (con su respectiva adaptación de McTrío al paladar local). Lo que cambia es la mirada del viajero, determinada por su propia historia y sus obsesiones, que afloran lo mismo en una caminata a la Baudelaire que en un periplo a la Chatwin. Y los libros de viajes contemporáneos atestiguan que, inesperadamente, a pesar de ser cada vez más homogéneo y en apariencia accesible, el mundo sigue siendo un buen sitio para sorprenderse. Eso se desprende, al menos, de tres libros de viajes en español publicados en los últimos dos años, que no necesitaron acumular muchas millas para llegar muy lejos: Los crímenes de Moisés Ville, de Javier Sinay; Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza, y La España vacía, de Sergio del Molino.

Foto: Especial
Foto: Especial

En internet, donde empiezan hoy las verdaderas gestas, Javier Sinay (Buenos Aires, 1980) se entera del asesinato, ocurrido hace más de un siglo, en Moisés Ville, en plena pampa argentina, de veintidós inmigrantes judíos, a manos de unos gauchos como los que pueblan el Martín Fierro. Hubiera sido fácil ver en esos crímenes un capítulo más del obsesivo enfrentamiento entre civilización y barbarie, tan argentino, o incluso un símbolo de la difícil integración entre dos de los estereotipos nacionales más arraigados en esa cultura, el gaucho y el judío (o ruso), que sin embargo encarnaron una figura imposible que alguna vez recorrió las pampas: el gaucho judío.

Pero a Sinay no le interesan las divagaciones sobre la identidad nacional —después de todo, no está escribiendo una novela del boom— sino la parte que le corresponde de esa historia policiaca: la de detective. A falta de pistas o sospechosos, sólo queda un testigo, desfalleciente, al cual interrogar: la cultura ídish argentina. Para hacerlo, tendrá que enfrentar el grave inconveniente de que la memoria del testigo es cada vez más frágil —su destrucción casi definitiva fue el atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina—, por lo que Sinay deberá emprender el que será el verdadero viaje: aprender la lengua ídish, única llave efectiva para conocer el inmenso legado literario y periodístico de esa parte de Argentina y, por supuesto, el único lugar en el que pueden estar ocultas las claves de los crímenes:

Mi batalla contra el idioma es cuerpo a cuerpo y desigual. Estas páginas que escribo ahora también son el parte de la arremetida esforzada contra una lengua, una embestida cuyos grandes episodios tienen lugar en los campos de Moisés Ville, en los archivos de la ciudad de Santa Fe, en los rincones de Rosario, en las calles de Buenos Aires y en los estantes del Instituto IWO, que se convierte en un destino frecuente de mis diligencias porque mientras persigo las huellas de los homicidios centenarios en el presente, la sombra del ídish es una constante.

La investigación requiere un desplazamiento, y Sinay toma trenes provinciales cuya existencia ignoraba, adquiere el título de forastero oficial en Moisés Ville, donde los pobladores lo observan con desconfianza y curiosidad, y descubre un mundo en extinción tras la Buenos Aires más visible. Entrevista a los últimos portadores de esa cultura languideciente, como a la hija del hoy olvidado Simja Sneh, escritor ídish en castellano, como él mismo se denominaba, quien combatió contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial junto con el Ejército rojo, las tropas polacas en el exilio y la Brigada judía del ejército inglés. Sneh murió en Buenos Aires, justo antes de que acabara el siglo XX, pensando, seguramente, que con él moría un poco más el ídish.

Foto: Especial
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No está de más recordar que, cuando se le preguntó al premio Nobel, Isaac Bashevis Singer, por qué escribía en ídish, una lengua casi muerta, respondió: “Porque me gusta escribir historias de fantasmas, y nada complace tanto a un fantasma como una lengua agonizante. Cuanto más muerta esté la lengua, más vivo está el fantasma” (Yupi, “La lengua y el fantasma”, en el blog La lectora provisoria). Este esquivo fantasma se corporiza en Sinay a través de sus palabras olvidadas y de sus hablantes asesinados hace más de un siglo. Su investigación es una excusa literaria, pero también un gesto reivindicativo más nostálgico que heroico, más personal que colectivo:

Esos asesinatos también tienen que ver con mi propia historia: la responsabilidad de recuperar a esos muertos, de traerlos desde sus lápidas desgastadas, es ahora mía.

“Habría que agregar la ya lejana muerte del viaje a manos del turismo de masas. Los libros de viajes alguna vez cumplieron una función documental, incluso estratégica desde el punto de vista político y militar”.

EL DESTINO de Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964) es el mismo que el de Sinay; sólo varían la geografía y la excusa para recorrerla. Si el viaje de Sinay desembocó en una lengua casi muerta, cuyos fantasmas aún pueden vislumbrarse en el Once porteño o en algunos pueblos perdidos del interior, construidos en torno a una sinagoga ahora sólo poblada de espíritus, el de Rivera Garza desembocó en una lengua viva pero ignorada por la cultura oficial mexicana: el mixe. El último capítulo de Había mucha neblina o humo o no sé qué aparece traducido al mixe, proponiendo un diálogo que muy pocas veces se ha dado en la literatura mexicana: el que se establece entre las diferentes voces y palabras que pueblan el país. Es curioso el punto de llegada de la autora tamaulipeca, si se toma en cuenta que el de partida fue una relectura de Rulfo; las nebulosas montañas de Oaxaca acaban por representar las contradicciones de México, sí, en último término, pero ante todo las de la obra y vida del autor de El llano en llamas y, naturalmente, las de la autora.

Cristina Rivera Garza emprende un viaje para entender a su propio Rulfo y lo relee para emprender un viaje. La obra de Rulfo, por supuesto, no se agota en las breves páginas de sus dos libros, sino que abarca un país que ya no existe y que no obstante perdura. Polémica y generosa, Rivera Garza muestra a un Rulfo aliado de la modernización mexicana que arrasó pueblos y culturas —en especial, en la cuenca del Papaloapan— y, a la vez, que se adelantó a muchas de las preocupaciones de su tiempo, a grado tal que la lectura queer que ensaya de Pedro Páramo, lejos de opacar a otras más tradicionales,
se agrega a ellas y, así, multiplica y enriquece los sentidos de esos setenta fragmentos que siguen susurrando desde ultratumba.

La autora consulta archivos y escala montañas con igual entusiasmo, en busca de una clave que, lo sabe de antemano, lleva en sí misma: su lectura de Rulfo. De la misma manera en que Sinay se convierte en el involuntario heredero de la cultura ídish argentina, Rivera Garza se descubre protagonista de Pedro Páramo:

Encontré un montonal de cosas en todos esos sitios: las montañas, los archivos, las bibliotecas. Hubo cosas que me confirmaron lo que sabía o intuía, y cosas que vinieron a darme una versión muy diferente tanto de mi conocimiento como de mi deseo. Mientras caminaba y perdía el aliento, mientras tocaba el mundo con los pies, mientras descubría y escribía, especialmente mientras reescribía, tuve que aceptar que exploraba, sobre todo, un planeta […] En efecto, cuanto más sondeaba la topografía y tentaba los relieves de este sólido celeste, más entendía que los libros crean lazos de reciprocidad con el mundo que sólo pueden confirmarse en o a través del cuerpo. No me costó trabajo admitir que no investigaba una vida sino dos: la de Juan Rulfo, en efecto, pero también la mía.

Al final uno concluye, sin gran sorpresa pero dándole toda la razón, que es el fantasma de Juan Rulfo el que dota de vida a Cristina Rivera Garza.

“Cuando se le preguntó al premio Nobel, Isaac Bashevis Singer, por qué escribía en ídish, una lengua casi muerta, respondió: Porque me gusta escribir historias de fantasmas, y nada complace tanto a un fantasma como una lengua agonizante”.

A SERGIO DEL MOLINO (Madrid, 1979), por último, también le gustan los fantasmas y los busca en los innumerables pueblos (casi) despoblados de España. Dentro de ese país se encuentran algunas de las regiones más deshabitadas de Europa, regiones que, además, se siguen despoblando con el parsimonioso entusiasmo de la decadencia. Del Molino recorre La España vacía —formada sobre todo por Aragón, La Rioja, Extremadura y las dos Castillas, la de Cervantes y la de Machado— y habla con sus pocos habitantes, al tiempo que lee la inmensa presencia que esta nada tiene en la cultura y las letras españolas:

Mi trabajo es literario, y la mirada que lanzo a la España vacía es la propia de un escritor que la ha pisado, la ha conocido, la ha vivido, la ha amado y la ha leído. Propongo un viaje a través del tiempo y del espacio de un país insólito que está dentro de otro país.

Escrito “desde la ignorancia feliz del diletante”, sin afanes académicos, Del Molino no tarda en convertirse en un habitante de la España vacía, no porque se mude de Zaragoza
—donde reside—, sino porque descubre que, como la mayoría de los españoles, la lleva consigo:

Tocar estas ruinas, pasear entre ellas, es pasearnos. No es que reconozcamos ese paisaje, es que somos él. Somos una España vacía, estamos hechos de sus trozos. Es la única forma plausible de patriotismo que queda para un español.

Los españoles, de esta forma, condenados cervantinamente a ser perpetuos hidalgos arruinados, van cargando a cuestas las ruinas del pueblo que, más o menos a fuerza, abandonaron a cambio de un departamento franquista en la periferia de las capitales.

Foto: Especial
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Tan es verdad que en el perdido mundo rural se encuentra la raíz de la España celebradamente moderna, que los orígenes de tantos apellidos españoles se encuentran en esos gentilicios hoy fantasmales. Quienes los portan habitan exiliados, sin saberlo, en las ciudades, mientras que el poblado que fundó y nombró a su estirpe se pierde en la rala vegetación de la meseta. Sobra decir que en esas regiones ni tan apartadas ya no existe la cinematográfica pobreza de Las Hurdes y que, mal que bien, se encuentran los servicios básicos de cualquier rincón europeo. El libro de Del Molino no debe verse como una denuncia ni como el lamento de un nostálgico; es más bien un texto escrito por un arqueólogo que, debajo de la España de la crisis inmobiliaria, la cocaína y los polígonos, encuentra las ruinas de un pueblo enterrado por el ansia de modernidad. Contra lo que pudiera pensarse, no hay moraleja; lo que sí hay son fantasmas: esos moradores que, vayan a donde vayan, llevan a cuestas el castillo en ruinas por el que están condenados a deambular.

“Los españoles, condenados cervantinamente a ser perpetuos hidalgos arruinados, van cargando las ruinas del pueblo que, más o menos a fuerza, abandonaron”.

LOS TRES RELATOS de viaje descritos no pueden ser más diferentes y, sin embargo, los tres, a su manera, hablan de fantasmas. Quizás la literatura de viajes, para seguir significando, deba abandonar sus ambiciones geográficas, resignarse a que el mundo cada vez se parece más en cada uno de sus rincones y, sin embargo, cada uno de ellos contiene varios mundos por explorar. Más que recorrer enormes distancias en busca de lo exótico, estos tres libros demuestran que puede ser mucho más interesante quedarse a unos cuantos kilómetros de casa y desde ese lugar invocar a los fantasmas que cualquiera de nosotros somos y cargamos sin saberlo.

 



Javier Sinay, Los crímenes de Moisés Ville, Tusquets, México, 2016.

Cristina Rivera Garza, Había mucha neblina o humo o no sé qué, Literatura Random House, México, 2016.

Sergio del Molino, La España vacía, Turner Noema, Madrid, 2016.

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