Un laboratorio en casa

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Nuestros días están marcados por las historias del desencanto. ¿Qué podemos oponer frente al empuje de las huestes misóginas y xenófobas, en el corazón de las sociedades democráticas? Los lamentos apocalípticos contribuyen probablemente a crear una profecía autocumplida. La soberbia intelectual, la apatía y el tedio postmelancólico son capitalizados por la energía de los xenófobos. La tarea ética hoy parece ser la que enfrentaron nuestros ancestros, y que heredaremos
a nuestros hijos: crear la cultura que deseamos habitar.

Mediante el recurso biológico de la epigénesis, los dispositivos de la cultura modifican nuestra conducta social, y transforman la estructura viva de nuestras redes neurales: me refiero, por supuesto, a las artes plásticas del cerebro. Si hoy en día hablamos acerca de la plasticidad cerebral, se debe en buena medida a la tenacidad de Rita Levi-Montalcini, quien murió en el año 2012, a los 103 años de edad. Su autobiografía, Elogio de la imperfección, contiene dos lecciones para los tiempos xenofóbicos: la primera proviene de su investigación científica. La segunda, del ejercicio de su propia vida.

Rita Levi nació en Italia, en 1909, en el seno de una familia sefardí. Anhelaba convertirse en escritora, debido a su admiración por Selma Lagerlöf (la primera mujer en ganar el premio Nobel de Literatura); sin embargo, en la adolescencia acompañó a un amigo durante el trayecto del cáncer hacia la muerte, y esto la condujo a la vocación médica. Su padre la instruyó para dedicarse a ser esposa y ama de casa, pero Rita optó por trabajar en una panadería: así lograría financiar sus estudios. Su alergia a la levadura pasó a segundo término.

Cuando completó los estudios médicos, inició actividades de investigación en el campo de la anatomía microscópica del sistema nervioso. Pero en 1938
Benito Mussolini promulgó un manifiesto, según el cual las personas de raza judía quedaban excluidas de toda carrera académica. Durante la Segunda Guerra Mundial, Rita montó un laboratorio en su alcoba, para continuar en secreto los estudios sobre el crecimiento y desarrollo del sistema nervioso. Sus especímenes de investigación eran embriones de pollo. Eventualmente, los nazis invadieron Italia, y la familia de Rita debió mudarse a Florencia, donde montó un segundo laboratorio en casa, en el dormitorio, nuevamente.
Sus herramientas tecnológicas eran cajas de huevo, un microscopio, pinzas de relojero, así como espátulas minúsculas y bisturíes de fabricación
casera. Como en los viejos tiempos de la tradición grecorromana, al estilo de Sócrates o Platón, Rita Levi se involucró con la misma convicción en la guerra y en la búsqueda de conocimiento: es bien conocida su participación voluntaria en la guerra como profesional de la salud, en el bando de los aliados, por supuesto.

En su Elogio de la imperfección, Rita narra la faceta académica que sobrevino tras el triunfo de los aliados sobre Hitler: fue invitada como investigadora a la Universidad de Washington, en San Luis, Missouri. En el aspecto intelectual, su trabajo había alcanzado un nivel muy atractivo: la observación de que ciertos tejidos cancerosos provocan un crecimiento acelerado del tejido nervioso, llevó a Rita Levi a trasplantar tejido tumoral a los embriones de pollo. El resultado fue contundente: el tejido nervioso de los embriones creció rápidamente alrededor del tumor.

En la búsqueda de conocimiento, Rita Levi hizo también una estancia científica en Brasil, donde trabajó con el doctor Carlos Chagas, un neurofisiólogo famoso por dos razones: había descubierto peces tropicales capaces de generar corrientes eléctricas, y era hijo del descubridor de la tripanosomiasis americana: el famoso mal de Chagas. Rita Levi viajó a Río de Janeiro llevando en el avión solamente ratones y tumores de ratón. Allá continuó sus estudios.

Al regresar a Estados Unidos, mantuvo una colaboración exitosa con un bioquímico, Stanley Cohen: mediante herramientas analíticas, Cohen ayudó a Rita Levi a aislar una “macromolécula formada por complejos de ácidos nucleicos y proteínas”, que sería conocida como Factor de Crecimiento Nervioso. Como en otras historias científicas, la serendipia apareció como personaje de la trama. Un bioquímico recomendó a Cohen que usara veneno de serpiente para analizar las propiedades del Factor de Crecimiento Nervioso. El veneno podía degradar los ácidos nucleicos. Si el Factor de Crecimiento Nervioso seguía ejerciendo su efecto después de someterlo al veneno de serpiente, Cohen y Levi-Montalcini podrían estar seguros de que las proteínas eran las responsables del efecto biológico. Sin embargo, Rita y Stanley observaron que el veneno de serpiente era una fuente de Factor de Crecimiento Nervioso aún mayor que los tumores de ratón. Esto aceleró notablemente las investigaciones.

Rita Levi-Montalcini y Stanley Cohen recibieron en 1985 el premio Nobel de Medicina al demostrar que el Factor de Crecimiento Nervioso participa de manera crítica en la reproducción y supervivencia de las neuronas. Su descubrimiento abrió caminos insospechados a la investigación biomédica: al demostrar que una molécula participa en forma clara y definida en el desarrollo del sistema nervioso, muchos otros investigadores se dedicaron a la búsqueda de factores de crecimiento; hoy en día, los neurocientíficos escuchamos historias fascinantes sobre el efecto de las neurotrofinas, como se les llama actualmente, en los procesos de plasticidad cerebral asociados al estrés, los trastornos mentales, los ambientes empobrecidos o estimulantes para el desarrollo nervioso.

Como heredera de la mejor tradición intelectual de Italia, Rita Levi-Montalcini dedicó los últimos años de su vida a una actividad política de amplio espectro.
Fue declarada senadora vitalicia en Italia, lo cual disgustó a los personajes más conservadores de ese país, pues Rita tomaba con frecuencia posiciones a favor de las libertades y los derechos civiles. Su trabajo a favor de la equidad de género es ejemplar, especialmente en una cultura (la italiana, pero también la científica) con muchos residuos y prejuicios sexistas. Fundó una asociación dedicada a mejorar el financiamiento de la educación de mujeres musulmanas y africanas, y también realizó trabajo a favor de niños con discapacidad. En pleno siglo XX, Rita Levi reunió las virtudes intelectuales de los viejos filósofos griegos y latinos, pero al igual que ellos, no tuvo miedo de involucrarse en la guerra contra los tiranos cuando fue necesario: su inteligencia privilegiada se dedicó a la búsqueda de conocimiento, y con la misma tenacidad, al desarrollo de la justicia social.

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