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En sus últimos diez años de vida, el célebre narrador Vladímir G. Korolenko (1853-1921) se concentró principalmente en la escritura de sus memorias y, al triunfo de la Revolución Rusa, en poner en el papel sus puntos de vista sobre la vida pública bajo el régimen presidido por Lenin. Como él mismo anotó, no sin cierta ironía, atenazado además por la pobreza: “Ahora, a los que pensamos diferente, nos toca escribir ya no artículos, sino memorandos”.

La correspondencia de Korolenko en esta época es la exacta medida tanto de su compromiso social como de su malestar político, sobre todo ante las ejecuciones sumarias ordenadas por los bolcheviques, y por escrito hizo llegar sus objeciones a V. I. Lenin y Maxim Gorki, entre otros. Del amplio depósito moral que representa esta literatura epistolar, y cuyo fondo aún está por conocerse, María del Mar Gámiz tradujo y presentó recientemente Seis cartas sin respuesta. La correspondencia frustrada entre Vladímir G. Korolenko y Anatoli V. Lunacharski (Cien del Mundo, 2017). Se trata de una perla de libro, que además prologa Jean Meyer. Korolenko se había propuesto desde 1917 observar los pasos de los bolcheviquesy llamar la atención sobre cualquier exceso de poder en su desempeño público, por lo que estas páginas remiten (y sólo se entienden junto) a la construcción de un nuevo Estado ruso sobre los escombros de los Romanov. Debilitado por la inanición, reacio a aceptar raciones especiales de parte de nadie, y mucho menos del Estado, Korolenko escribió a Lunacharski estas seis cartas (o memorandos, para usar su expresión) entre junio y septiembre de 1920. En lugar de una respuesta puntual a sus misivas, Korolenko supo de la oferta de una pensión de parte del Estado, la cual rechazó junto con un donativo anónimo bueno por 29 mil rublos, según trascendió en la prensa occidental a mediados de julio de 1921.

Vladímir G. Korolenko
(1853-1921)
(Foto: Especial)

Las seis cartas de Korolenko a Lunacharski transitaron muy pronto al inglés, en traducción de Alexander Kaun, y se publicaron casi ensu totalidad en la entrega de junio de 1922 de
The Atlantic Monthly. Kaun usó la versión de Zadruga, una editorial al servicio de los emigrados rusos, y fue el primero en reconocer el valor civil de Korolenko, muerto apenas en diciembre de 1921, al denunciar ante Lunacharski que las ejecuciones sumarias
que habían caracterizado al zarismo ya eran parte de la operación del nuevo Estado soviético:

 

 

Estas cartas presentan la acusación más seria contra la política comunista —escribió Kaun en The AtlanticMonthly—, y además la más autorizada y confiable, pues proviene de la pluma de un hombre al que respetan hasta sus enemigos debido a su honestidad absoluta, a la profundidad de su conocimiento y a su desinteresado amor hacia el pueblo.

Ya en 1910 Koroloneko había expuesto este tipo de excesos del poder en El imperio de la muerte, un panfleto prologado por Lev Tolstoi, traducido al español por José R. Pérez Bances y publicado en Madrid por Francisco Beltrán, del cual el mundo anglosajón sólo tuvo noticia en una amplia glosa que el24 de julio de ese mismo año realizó el diario The New York Times. Al tiempoque The Atlantic Monthly daba a conocer estas cartas de Korolenko, la Editorial Moderna ponía a circular en español En Siberia.

LAS AUTORIDADES ZARISTAS impusieron varios exilios al joven Vladímir G. Korolenko, uno de ellos a Siberia oriental, como apunta María del Mar Gámiz en su introducción a Seis cartas sin respuesta. Esto lo hizo conocer a fondo la pluralidad cultural del vasto imperio ruso y ensayar una prosa llana, irónica, ágil, minuciosa, descriptiva, conla que construyó un elenco étnico y diverso para sus narraciones, las cualesencontraron sus primeros lectores fuera de Rusia en Estados Unidos, muchoantes que en el resto de América. Aline Delano tradujo The Vagrant (1887), un libro de escenas de la vida en Siberia, en tanto que William Westall y Sergius Stepniak se encargaron de llevar al inglés un relato que Korolenko nunca dejó de corregir, The Blind Musician (1890), junto con dos narraciones más breves, In Two Moods (1890) y The Bad Society (1890). Sus tres traductores mencionaron que Korolenko había padecido la violencia del sistema judicial ruso, pero en realidad George Kennan fue quien proporcionó por primera vez los detalles de sus detenciones y exilios, tanto en su prólogo a una segunda traducción de The Blind Musician (1891), realizada por Delano, como en un libro que gozó de enorme popularidad dentro y fuera de Estados Unidos, Siberia and the Exile System (1891). Kennan supo de Korolenko mucho antes de conocerlo personalmente, mientras realizaba una investigación sobre el sistema de exilio en Siberia. Al regresar de Siberia en el verano de 1886, según escribió en el referido prólogo, Kennan se detuvo unos días en la localidad tártara donde vivía Korolenko, Nizhni-Nóvgorod, sobre el Volga, con el fin de conocerlo:

No tengo que describir la impresión que me causó, aparte de decir que a la admiración que ya sentía por el artista en breve se sumó un sentimiento de calidez personal y estima por la persona. Me parece que Korolenko representa el tipo más liberal, progresista y sinceramente patriótico de los hombres de la joven Rusia. La influencia que ha ejercido, personalmente y por sus escritos, siempre ha sido del lado de la libertad, la humanidad y la justicia; y con dificultad se encontrará un comentario más significativo sobre la actual forma de gobierno en Rusia que el hecho de que este talentoso autor, antes de llegar a los treinta y cinco años, fuera alejado de su casa hacia parte remotas del imperio, sin ni siquiera un juicio, y que dos veces fuera enviado al exilio en Siberia. Si hubiera sido un revolucionario activo como [German] Lopatin, o incluso un escritor dedicado a temas sociales y políticos prohibidos como [Nikolai] Chernichevski, su deportación a Siberia hubiera sido más comprensible; pero no era ni el uno ni el otro. Se le envió a la provincia de Vólogda y luego a la provincia de Viatka, sólo porque la policía lo encontró neblagonadezhni (inconfiable políticamente), y después lo exiliaron a Siberia debido a un estúpido error de la policía.

Kennan fue más puntual en Siberia and the Exile System y dijo que las autoridades rusas detuvieron a Korolenko en 1879, al sospechar que podía tener amistad con los nihilistas, deportándolo en 1880 a la provincia de Tomsk, al suroeste de Siberia, donde permaneció en exilio administrativo hasta mediados de 1881. Gracias a la defensa que opuso el príncipe Alexander Imeretinski, según cuenta Kennan, los jueces cayeron en la cuenta del error que se había cometido con Korolenko y lo trajeron de regreso a la Rusia europea. Antes de devolverlo a la libertad, sin embargo, las mismas autoridades pidieron a Korolenko jurar lealtad al zar Alejandro III así como comprometerse a delatar a amigos y conocidos que supiera involucrados en actividades contra el gobierno. El departamento de Viatka, en la provincia de Yakut, en la Siberia nororiental, hospedó a Korolenko durante los siguientes tres años por negarse a semejante solicitud.

 

“En 1885 las autoridades le permitieron a Korolenko regresar de Siberia e instalarse en Nizhni-Nóvgorod, donde se dio a conocer como un narrador excepcional. A esta época pertenece El sueño de Makar.”

 

Traducido al español hasta 1929 por la revista literaria Novelas y Cuentos y desde entonces su relato más conocido en el mundo de habla hispana; así como las crónicas en las que consignó la hambruna de  los ochocientos noventa: En el año del hambre.

LOS NOMBRES de las revistas en las que colaboró Vladímir G. Korolenko, como El Mensajero del Norte, Tesoro Ruso, Anales de la Patria, Pensamiento Ruso, apenas nos dicen algo en México, no obstante que sepamos reconocer en América la influencia de la cultura impresa rusa, como sucede con el nombre y la imaginación moral de la Regeneración de Ricardo Flores Magón y la influencia de un autor como Lev Tolstoi. Y sin embargo, sabemos que en las revistas mencionadas encontraron espacio todos aquellos escritores que, como Korolenko, veían con algo más que simpatía el cultivo de la Rusia eslava, profunda y eterna, a diferencia de quienes más bien creían entender la vastedad de semejante imperio a la luz de Europa.

A la postre, la verticalidad de su vida y el prestigio de su obra construyeron a Korolenko una incómoda persona pública en Rusia, la cual le permitió transitar las últimas horas del
zarismo, a pesar del asedio policiaco. Se le permitió volver a vivir en San Petersburgo, primero, y más adelante, visitar Estados Unidos, hacia donde salió a mediados de julio de 1893, vía Finlandia, Suecia, Dinamarca e Inglaterra. Su objetivo era llegar a la ciudad de Chicago, en donde permaneció la mayor parte de las cinco semanas que vivió en Estados Unidos, antes de zarpar de vuelta a mediados de septiembre. Ya para entonces el sello inglés Enwin había puesto a circular The Saghalin Convict and Other Tales (1892) y la prensa estadunidense se interesó tanto en consignar su presencia como en conocer de él sus exilios en el pasado inmediato. “Nada más me alejaron del país unas once mil vestras y me pusieron a vivir con presos políticos”, declaró al New York Times. En 1899, el sello de La España Moderna publicó El desertor de Sajalin.

En 1900, a la vuelta del siglo, Korolenko despertó con la noticia de que se le invitaba a formar parte de la Academia Imperial de las Artes, en compañía de Anton Chéjov. Declinó semejante honor, lo mismo que el autor de La prisión de Sajalin, y se mudó a la provincia de Poltava.

 

“En Ucrania central, donde se dedicó a formar el grueso manuscrito de sus memorias, concentrando el resto de su energía en exponer las injusticias del sistema judicial y en encabezar la campaña en contra de la pena de muerte.”

 

Cuando en 1910 vio salir de la imprenta La historia de mi contemporáneo, el primer tomo de sus memorias, era un hombre mermado por las deportaciones forzadas, al igual que muchos de los suyos, pero a quien nunca abandonó la energía para denunciar el dominio de la muerte que ensombrecía la grandeza de Rusia. En 1912 el narrador y ensayista estadunidense William Dean Howells consignó su admiración hacia el relato “The Cruel City” en The North American Review, si bien creía que Korolenko era un seudónimo. En 1916 empezó a circular la traducción de Marian Fell de Makar’s Dream, junto con The Mourning Forest, In Bad Company y The Day of Attonement, y en 1919 la casa Calpe en España sacó El día del juicio, sin dar crédito al trabajo de su traductor, y Clarence Augustus Manning tradujo Birds of Heaven and Other Tales.

A MEDIADOS de los novecientos veinte, el historiador y crítico Dimitri S. Mirski, desde su exilio en Londres, presentó a Vladímir G. Korolenko como el “representante más atractivo del radicalismo idealista en la literatura rusa”. La cita proviene de Contemporary Russian Literature, 1881-1925, uno de los títulos en los que Mirski trató de hacer ver a sus colegas en la Universidad de Londres que la expresión literaria rusa era esencialmente europea. Mirski, el Camarada Príncipe, como muchos lo conocieron, fue quien se encargó de ofrecer el perfil más completo de Korolenko, desde su nacimiento en la capital de la provincia de Volinia, Zhitomir, hasta la elaboración de sus memorias. Ruso, y no polaco, por decisión paterna, Korolenko se incorporó al Instituto Tecnológico de San Petersburgo y más adelante a la Escuela de Agricultura de Moscú, pero le fue imposible continuar y concluir sus estudios al sufrir arresto y deportación a Siberia en 1879. En 1885, cuenta Mirski, se le permitió volver a Rusia y se instaló en Nizhni-Nóvgorod, donde vio salir de la imprenta El sueño de Makar, un relato tocado por dos rasgos centrales en su narrativa: la simpatía social y el sentido del humor, y la ciudad en la que compuso lo mejor de su narrativa. “Tras la muerte de [Nikolai] Mijailovski se convirtió en la figura más importante en el campo populista”, escribió Mirski, y la presencia de Korolenko en Nizhni-Nóvgorod marcó una época en la ciudad, según apuntaría tiempo después Andréi Sájarov. Mirski asimismo registró el volumen con las impresiones de Korolenko sobre la hambruna de 1891-1892, su decisión de dedicarse a partir de 1895 a exponer las tropelías de la policía y de los tribunales, así como su negativa a ingresar a la Academia Imperial de las Artes. “Después de 1906 encabezó la campaña contra la ley marcial y la pena de muerte”, añadió Mirski antes de subrayar la hostilidad de Korolenko hacia los bolcheviques a partir de 1917, ejemplo de lo cual fue lo último que dio a la imprenta: sus cartas a Lunacharski.

Rara vez se tiene el privilegio de atender a un lector como Mirski, quien añadió a su informe sobre Korolenko estos otros elementos:

La obra de Korolenko es muy típica de lo que se decía “artístico” en los ochocientos ochenta y noventa en Rusia… Es una obra llena de poesía y de naturaleza emotivas presentadas a la manera de Turguéniev. El elemento lírico hoy [1926] parece algo rancio e inocuo, y antes que su obra temprana la mayoría preferiríamos su último libro, en el que casi se liberó de su poesía fácil. Pero era la poesía que más agradaba a los gustos del público lector ruso de hace treinta y cuarenta años. La época que creó la reputación de Korolenko revivió asimismo el culto a Turguéniev. Aunque todo mundo sabía que Korolenko era radical y revolucionario, todos los partidos lo recibieron con igual entusiasmo. Esta recepción apartidista que en los ochenta se les dio a los escritores fue propia de ese tiempo. Garshin y Korolenko fueron reconocidos como clásicos (menores) antes que se le hiciera justicia a Leskov, un hombre mucho más grande, pero nacido en peores tiempos. La poesía de Korolenko pudo haberse ido por completo, pero lo mejor de su obra primera conserva mucho de su encanto. Pues hasta su poesía es más que sólo bella cuando se mete con los más grandes aspectos de la naturaleza. El noreste de Siberia, con sus vastos y desolados espacios, sus breves días subpolares y el salvajismo cegador de su nieve, vive en sus primeros relatos con notable grandiosidad. Pero lo que le da a Korolenko su sabor único es la maravillosa mezcla de poesía con un humor fino y con su ingobernable fe en el alma humana. La simpatía y la fe en la bondad humana son características del populista ruso. El mundo de Korolenko es en esencia optimista, pues el hombre es bueno por naturaleza y sólo las malas condiciones creadas por el despotismo y el egoísmo brutal del capitalismo hacen de él lo que es: una pobre criatura desamparada, absurda, penosa e irritante.

Del optimismo que refiere Mirski surgió un relato como “Los murmullos del bosque. Una leyenda forestal”, asimismo traducido por María del Mar Gámiz en La hoguera de bronce. Historias de bosques y selvas, una antología de Adolfo Córdova. En medio de la Gran Guerra, Korolenko vio con entusiasmo la Revolución de Marzo, durante los meses siguientes participó en reuniones, asambleas y mítines en favor de la unidad de todas las fuerzas del país, pero tomó distancia de la victoria bolchevique desde diciembre de 1917. Durante la guerra civil protestó contra los excesos de uno y otro bando y de la indignación que generaron en Korolenko los primeros años en el poder de los bolcheviques surgieron las seis cartas a Anatoli V. Lunacharski, en una de las cuales comparó la ejecución de Andréi I. Shingariov y Fiodor F. Kokoshkin con el asesinato de Karl Liebcknecht y Rosa Luxemburgo, quien en 1918 tradujo al alemán Historia de mi contemporáneo. Pero no fueron las últimas campañas de Korolenko. Cabe mencionar que durante la primera mitad de 1921 siguió con atención el drama del poeta Aleksandr Blok, un espejo no tan distante de su propio quebranto físico, y registró el tambaleo político de las temidas Comisiones Extraordinarias (Cheka).

La agonía de Blok cayó asimismo sobre Lunacharski, a quien Maxim Gorki obligó a interceder ante Lenin para salvarle la vida al permitirle salir hacia Finlandia. El 29 de julio Korolenko escribió a Gorki:

La historia algún día señalará que la revolución bolchevique trató a los revolucionarios y socialistas genuinos en la misma forma que el régimen zarista, es decir, como meros gendarmes… En el momento en el que es más necesaria la mayor concentración de fortaleza mental y moral, a la intelligentsia se le obligó a guardar silencio.

Arkady Vaksberg dio con esta carta a mediados de los novecientos noventa y la incluyó en su libro The Murder of Maxim Gorki. A Secret Execution (Enigma Books, 2007).

Al día siguiente de la muerte de Blok, Evgueni Zamiatin escribió que al poeta lo había matado “nuestra vida bestial, cavernaria”. Era el 8 de agosto de 1921. Cuatro meses después, a los 68 años cumplidos, esa misma avalancha acabó por arrastrar hasta la tumba a Korolenko.

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