“Ahora soy más escéptico. Puede que esa idea de artista que aludes sea un artificio, que el artista no sirva para nada. Pero tengo  una ilusión y cierta  esperanza en la cultura. Ésta me  ha ayudado durante todo mi proceso creativo, me ayuda a seguir viviendo, y desde luego, a pintar constantemente mi mundo. A los casi noventa  años estoy trabajando con la misma inquietud de cuando era joven. Esta actitud, posiblemente, responde a una desconfianza de los procesos y procedimientos racionalistas. Intuyo la importancia de todo aquello emanado del inconsciente y que puede tener una dimensión humana. Freud lo denominaba subconsciente que, connotando algo inferior, era como el saco donde se depositaban todos los despojos o basura humanas.

Ahora el mensaje del inconsciente  – gracias en parte a las lecturas de Jung- puede aportarnos una visión positiva y útil para comprender  nuestra realidad cotidiana, así me respondía Antoni  Tàpies el pasado noviembre de 2011 en su casa de Barcelona,  después de una sobremesa al lado de Teresa, su mujer. ¿ existe mayor emoción escuchar en directo a un artista que desafío al tiempo, al arte, a la materia,  con obstinación, y que fue hasta el final un artista de tiempo completo?.

Hace casi siete años murió  y con su muerte  ( Barcelona, España, 1923-2012), desapareció   uno de los artistas más puros   y matéricos  de la segunda mitad del siglo XX.  Tàpies se  formó en  la España franquista,  no era fácil mantener la conexión  con  el pasado inmediato, anterior a la  Guerra Civil, sino que  su proceso creativo  se veía  afectado  por las nuevas manifestaciones artísticas tanto europeas como estadounidenses, y todavía con el peso del surrealismo..  Quizá por el ello, al crear el grupo  Dau al Set, al lado de Joan Brossa y Juan Eduardo  Cirlot; Tàpies comenzaba una contrapropuesta al arte de su tiempo: el informalismo. Será preciso esperar a mediados de los años cincuenta para que  diversos artistas jóvenes españoles, formados inmediatamente después de la guerra, ofrezcan sus creaciones en el horizonte de una originalidad que les es propia y en el marco de una actitud crítica  hacia lo establecido: Antonio Saura, Manolo Millares, Rafael Canogar, Luis Feito – miembros del grupo El Paso-, Albert Ràfols-Casamada, Josep Guinovart, Modest Coixart, Joan Ponc y  Brossa, catalanes,  fueron algunos os “iniciadores” de una nueva corriente pictórica en Europa.

Su  obra  se centró en destruir y reconstruir  el orden compositivo y transformar   la materia,  frente a la vocación por el gesto, aunque sea el breve de una pincelada brutal  e insistente; la ausencia de recursos y materiales   frente a la sensualidad de las imágenes; el tono silencioso de los cuadros frente a su carácter evocador; el rigor con el que  muestra su cualidad mental frente a la facilidad con la que descubrió sus orígenes.

Su grandeza y su  capacidad de trascender de lo físico a lo mágico hacen de él un auténtico alquimista capaz de romper cualquier barrera temporal, cualquier obstáculo que impida contemplar la realidad del individuo y las circunstancias que rodearon su existencia. Quizá por ello la belleza en Tàpies, como en Picasso o Miró, tiene poco que ver con la excelencia formal.  La belleza adquiere significados humanos, en momentos está cerca de la ética, y en otros, se sitúa en el centro de la vida.

Tàpies fue uno de los pocos artistas que desde sus inicios  utilizo  la pintura, la materia, el arte povera, el informalismo,  como expresión, como conocimiento y como forma de relacionarse con el mundo. Tres de sus grandes  retrospectivas  en el Museo  Nacional Centro  de Arte  Reina Sofía en  1990 y 2000, y la  del Museo Guggenheim de Nueva York en 1962 y 1995, demostraban como Tàpies fue un alquimista del tiempo, del espacio poético y pictórico. Un artista que nunca se canso   de repetir y recrear los mismos signos, obstinadamente. En manos de Tàpies, sin embargo, cada signo, cada huella, adquiere una inédita resonancia, una reverberación. Es decir, al ver su obra en retrospectiva,  los signos, las letras, las cifras, los cuerpos, adquieren una memoria material, una nueva capacidad de renovar el mundo. ¿Qué pasión le  habitaba para nunca claudicar? Ya había pintado todo lo posible, ya tenía todo el reconocimiento posible, y los quebrantos corporales empezaban a dolor en su cuerpo. Lo vi, lo descubrí muchas veces, y sé  que esa extraña pasión estaba marcada por la fuerza indestructible de la vocación, que, como me decía José Ángel Valente: “se descubre al final de la vida”.

Tàpies nunca dejó de extenderse, quizás porque palpitó un turbulento corazón romántico en el cuerpo de este artista mediterráneo. Se hundió en la tierra y la proyecto. De manera, que en su última exposición en la Galería Soledad Lorenzo de Madrid  (2011), nos reservó el misterio de su última proyección, la más radical. ¿Cómo describirla? Es como si, palpando las sombras, llegara a tocar con esa suprema avidez en la que el ojo y la mano se funden, la deslumbrante belleza del muro pictórico. todo su calor, todo su brillo, toda su tranquilidad, todos sus pliegues y recovecos,  toda la infinita melodía de esa maravillosa geografía visual,  tal y como sólo la aprecia un gran artista. Tàpies pinta Tàpies, algo, que en sí es ya una hazaña. Significativamente, en su obra última, quizá la más singular, ese retoñar de la vibración luminosa convierte sus evanescente atmósferas en una suerte de paisaje visionario, no ya con los colores del sueño,  sino con los colores que resplandecen con una belleza nunca vista, increíble, que lo llevó a conquistar prácticamente todos los museos  de Europa y de América. Bien apunta Miquel Barceló: “El mayor maestro de la pintura de mi país: las tres cosas, maestro, pintor y catalán, en grado máximo. Un hombre de una pieza. El pez más grande y más rojo del arrecife litoral”.

Reconocido con el  Gran Premio de la Bienal  de Sao Paulo en 1955, el Premio UNESCO de la XXIX Bienal de Venecia en 1963 y el León de Oro de dicha bienal en su XLV edición, en 1993, Premio Rembrandt en 1983, en el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1990, Miembro de Honor  de la Royal  Academy of Arts de Londres en 1992, la medalla Picasso de la UNESCO en 1994. Ha expuesto  de forma individual en el Museo Salomon R. Guggenheim de Nueva York en 1962 y 1995, así como en el Museo de Arte Moderno de dicha ciudad en 1992, en el Museo de Arte Contemporáneo de Montrael en 1977, en el Museo de Arte  Contemporáneo de Chicago en 1977,  en el Museo de Arte Moderno de París en 1987, en la Fundación Serralves, Oporto, 1991, en la Galería Nacional del Juego de Pelota de París en 1994, y en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid en 1990, 2000 y 2005.  Destacan sus contribuciones a la teoría estética a través de los libros  La práctica del arte,  El arte contra la estética En blanco y negro  y  Memoria personal. Un artistas único, inolvidable y en constante renovación.