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Foto: Magdalena Siedlecki
Foto: Magdalena Siedlecki

La casa de Fabián Casas era un hotel pero ya no. Ahora es un departamento antiguo, en el cuarto piso de un edificio de la calle Chile, con un recibidor que se ramifica en un living donde hay una mesa chippendale rodeada de sillas de estilo cubiertas por telas a rayas rojas y blancas, y una sala de estar con un sofá color crema y otro color azul frente a una mesa baja de vidrio y acero. A espaldas del living, en otro ambiente, hay una biblioteca y una pequeña mesa donde Fabián Casas escribe, separada por un muro del sitio donde trabaja su mujer, Guadalupe Gaona, fotógrafa, madre de Ana, la primera hija de ambos nacida hace pocos meses. Más allá están el cuarto matrimonial, el baño de visitas
—coqueto, con una bacha apoyada sobre un tálamo de cemento— y la habitación de Ana. Cuando Guadalupe Gaona y Fabián Casas compraron este piso a precio irrisorio, el resto del edificio era un hotel en el que las mujeres vendían carne en porciones de quince minutos. Y aunque Fabián Casas estaba espantado —les tocaban el timbre diez veces por noche, se dormían erizados por peleas de borrachos—, Guadalupe Gaona tenía fe y logró que conocidos y amigos compraran los demás departamentos. Hoy, el lugar sólo conserva, de su época de hotel, los números de los cuartos sobre las puertas. Por todo lo demás, es una de esas casas que aparecen en las revistas de decoración: una casa hermosa.

—Tenemos café, té, compramos medialunas. Sentate, por favor. Salí, Rita.

RITA ES UNA PERRA joven, collie, negra, blanca. La casa de Fabián Casas, donde viven él, una mujer, un bebé, un perro, es una casa hermosa y es, también, la casa de un hombre que, en 1990, en un libro llamado Tuca, escribió este verso: “Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia”.

FABIÁN CASAS, nacido el 7 de abril de 1965 en el barrio de Boedo, Buenos Aires, es escritor, periodista, autor de varios libros de poemas —Tuca, El salmón, El Spleen de Boedo— recopilados en Horla City (Emecé, 2010), que vendió tres mil ejemplares en dos meses y va por su segunda edición. Escribió, además, la nouvelle Ocio (publicada en Tierra Firme en 2000, reeditada por Santiago Arcos en 2006), los cuentos de Los Lemmings (cuatro ediciones en Santiago Arcos desde 2005, y una en 2011 en Alpha Decay, España), los Ensayos bonsái (Emecé, 2007) y Breves apuntes de autoayuda (Santiago Arcos, 2011). Está traducido al inglés, el francés, el portugués y el alemán, ganó la beca Fullbright y el premio de la Fundación Anna Seghers, se lo menciona como una de las voces destacadas de la generación del 90 —entre los que están Laura Wittner, Damián Ríos, Washington Cucurto— y es venerado por lectores que ven, en lo que hace, un nihilismo sin poses. Es, además, un hombre de aspecto blindado, con la piel de un color trigueño antiguo y montaraz, una persona verborrágica con tendencia a la melancolía, un escritor de producción lenta, un karateca aficionado, un obsesivo del orden y alguien que, a los treinta años, se hundió en una depresión tan terminal que no pudo escribir durante meses, ocupado como estaba en tratar de no suicidarse.

Eso, a grandes rasgos.

FABIÁN ES MÁS BIEN conservador, obsesivo del orden. Llega a casa y se saca el reloj, el anillo, la billetera, deja todo en la mesa de luz, se saca la ropa, la cuelga, se baña. En la casa cocinamos los dos, hacemos las compras los dos, pero la plomería o la electricidad las hago yo. Él no sabe. Una vez, cuando vivíamos en otro departamento, llamó al portero para que le ponga un clavo para colgar un cuadro —dice Guadalupe Gaona, su mujer.

TOLSTÓI. ¿VISTE TOLSTÓI? Yo soy fanático de Tolstói. Cuando ves cómo maneja todos esos personajes. O John Irving. A mí me encantaría poder escribir así. Rita, salí de ahí.

—¿Vos querías ser escritor y no sabías cómo ganarte la vida con la escritura, o…?

—No. Lo que no sabía era cómo iba a hacer para ser escritor. Me decía: “No sé cómo voy a hacer porque voy para atrás. No escribo bien”. Mi vida es la historia de hacer cosas para las que no estoy dotado. Todo lo hice sin tener capacidad. El boxeo, el karate, la escritura. Rita, salí.

Fabián Casas quiere mucho a su perra pero no puede dejar de pensar que algún día ella va a morir y que él, entonces, va a querer morir con ella.

VIVÍAN ASÍ: en la calle Estados Unidos 3552, en una casa enorme. Vivían él, su madre, su padre, sus dos hermanos menores —Juan Carlos, ahora fotógrafo, y Gabriel, ahora periodista deportivo—, su tía Teresa con su hijo Carlos Apaolaza, y su padrino, Bruno Edgardo Viganó.

—Mi padrino fue la persona que yo más quise en mi vida. Era un tallista, trabajaba la madera, había estado en la guerra, en Italia. No hay un día en que yo no hable con él.

“NO HAY DÍA que yo no piense en mi padrino Bruno. Que no bese antes de salir su foto que está enmarcada en la repisa del living. Creo realmente que tuvo y tiene un poder benefactor sobre mi vida y vivo pendiente del momento en que va a reencarnar. Ese instante preciso en que va a salir de la multitud de rostros que forman nuestra ciudad y va a caminar hacia mí con mi cara en sus manos”, escribió Fabián Casas en “Reencarnación”, un ensayo incluido en Breves ensayos de autoayuda.

—El día en que él murió, a los noventa años, me llamó mi viejo por teléfono para avisarme que estaba mal. Eran las tres de la mañana. Salimos con Guadalupe, tomamos un taxi. Y cuando el taxi arrancó se apagó todo. Un corte de luz en todo el barrio. Al punto que el tachero se asustó y dijo: “¿Qué hacemos?” Y yo le dije: “No, es que hoy se va a morir mi padrino”. Y ese día, a la tarde, se murió.

—CUANDO SE ENFERMÓ su padrino se hizo cargo con un amor tan profundo. Si había que cambiar pañales los cambiaba. Si había que darle de comer, iba. Lo mismo con su tía, que murió un año después. Ahora se preocupa mucho por sus hermanos, por su papá. Él se carga la familia al hombro —dice Guadalupe Gaona, su mujer.

MI VIEJO, JUAN CARLOS, era actor independiente. Trabajó como boletero, vendió libros, fue secretario de Juan Carlos Altavista y después de Alberto Olmedo.1 Con mi hermano nos íbamos al colegio a las siete de la mañana, y en el living estaba el elenco completo de No toca botón, el programa de televisión de Olmedo que en ese momento miraba todo el mundo. Mi viejo no era particularmente culto, pero había armado una biblioteca para cuando yo naciera, con libros de Nabokov, de Henry James. Yo lo idolatraba. Con mi vieja, Julia, mi relación era muy fuerte, pero cuando empecé a crecer se puso en contra de mi instrucción. No quería que estudiara, que escribiera. Consideraba que la instrucción me iba a transformar en una persona depresiva. A partir de cierta edad se convirtió en una mujer gorda, indeseable. En pura madre.

—¿Leía, escribía?

—No podía escribir ni el nombre. Podía leer muy poco. Pero te contaba las mejores historias del mundo.

“Es raro imaginarse a esos tipos que dormían, comían e iban al baño al lado tuyo bajo un estado de seducción mutua. Sobre todo cuando uno de ellos, mamá, se convirtió, por su gordura, en un electrodoméstico de carne que se resistía a salir de casa. Y papá, en un tipo que se paseaba por el patio como un sonámbulo, con la escupidera chorreando pis caliente”, escribió Fabián Casas en “Los veteranos del pánico”, el relato largo incluido en Ocio.

EL TRAZO DE UNIÓN es la familia implosionada, vigorosa y atacada (…). Y, por otra, el barrio de Boedo, áspero, ‘pesado’, y a la vez tan fascinante para el que lo vivió y escribe como un buen relato de Jack London”, dijo el crítico y escritor Elvio Gandolfo en la revista Noticias. En relatos como “Los Lemmings” o “El bosque Pulenta” hay niños que viven una infancia callejera adornada por el consumo del jarabe Talasa; en la novela corta Ocio, un posadolescente drogón pierde a su madre y vive con su hermano y su padre en una casa sórdida en la que todos se mueven en la espesa irrealidad de los malos sueños. Alguna vez, cuando le preguntaron si escribía sobre personajes reales o imaginarios, Fabián Casas respondió: “No tengo imaginación.”

MI INFANCIA FUE una infancia muy feliz. Mi familia era como la familia Ingalls. Pero eso no quita que yo tuviera un grado de depresión. Había noches que estaba en el cuarto con mis hermanos y no podía dormir del terror a morirme. De empezar a pensar en la finitud. Ese temor y ese terror. Saber que no hay nadie que cuide de vos, que no hay ninguna buena estrella.

“Un día voy a morir, mis viejos van a morir, mi hermano se va a morir, y nunca, pero nunca más vamos a volver a estar vivos”, escribió en “Los vete-
ranos del pánico”, y ese pensamiento no lo ha abandonado nunca.

MI MAMÁ UNÍA a toda la familia
—dice Juan Carlos Casas hijo—. La relación con Fabián siempre fue muy buena. Ella era conciliadora, protectora. Era una familia a la antigua. Ella estaba muy pendiente de mi papá y de sus hijos.

—La infancia que tu hermano cuenta es un poco más sórdida.

—Sí, pero a mi hermano le gusta agrandar las cosas. Siempre le gustó. Y eso también lo tiene su escritura.

“No todo es tan duro, ya lo sé; / pe-ro convengamos que esta falsedad / de tensar los poemas con una catástrofe / se ha convertido ahora en mi segunda naturaleza”, escribió Fabián Casas en el poema “Final”, incluido en Tuca.

A LOS DOCE AÑOS tomaba Talasa, Rohypnol, tenía pánico de morirse, leía como un poseso, era un pésimo alumno y un futuro escritor a quien la posibilidad de escribir no se le había ocurrido nunca.

—En séptimo grado tuve un maestro, Alfredo Chitarroni, hermano de Luis Chitarroni. Un día me dice: “No te interesa nada, vas a repetir”. Y yo le dije: “Sí, me interesa algo. Escribir”. En mi vida había escrito nada. Entonces me dijo: “Escribite algo”. Dije: “Voy a escribir, si no soy boleta”. Y escribí mi historia con mi mejor amigo y le puse: “Pomelo”. Se la llevé y a la semana viene y me dijo: “Me gustó mucho. Te hice un libro”. Lo había pasado a máquina, le había puesto tapa. Me empezó a dar clases de apoyo, me llevaba libros que le daba el hermano, que trabajaba en Sudamericana. Así me leí todo el boom latinoamericano.

Al terminar el secundario empezó a estudiar Filosofía. A los veintiún años escribía poemas, trabajaba como cadete2 del Centro de Empresas de Estibaje, tenía una novia.

—Entonces unos compañeros de la Facultad, que se iban a dedo a Canadá, hicieron una despedida. Los vi tan felices que no pude dormir. Me dije: “Me voy con ellos”. Pero en dos semanas me iba a casar. Cuando dije que me iba me querían matar mi papá, el papá de mi novia, mi novia, el hermano de mi novia. Pero fue algo que me tomó. Como la depresión me toma ahora: estoy acá deprimido y no puedo bañar a mi hija Anita.

Viajó durante dos años por Latinoamérica, incluyendo una estadía de seis meses en el Amazonas donde tomó todo tipo de drogas (menos inyectables: es hipocondriaco), hasta que decidió regresar y terminó varado en La Paz, pidiendo limosna.

—Olmedo me mandó el pasaje de vuelta. Volver a mi casa fue tremendo.
Lo identifico todo el tiempo con una sensación extraña en la espalda. Tenía como la espalda mojada, fría. Chocaba con mi viejo, no podía retomar los vínculos con mis amigos, mi exnovia estaba saliendo con otro, embarazada. Yo tomaba de todo, tomaba un ácido por día.

FABIÁN CASAS fue limpiavidrios  de negocios, apredió inglés y francés con diccionario, practicó boxeo, es cinturón azul de karate, tuvo un puesto de artesanías en un parque —Parque Centenario—, y militó, entre los dieciséis y los diecisiete, en el Par-
tido Comunista. Es hincha genético de San Lorenzo y amigo del actor Viggo Mortensen. Publicó ocho libros en veinte años. A veces siente que todo lo que escribe es basura.

A FINES de los ochenta, durante unas jornadas de poesía en el Teatro San Martín, conoció a Juan Gelman, que leyó su trabajo y lo recomendó a José Luis Mangieri, editor de Tierra Firme. Mangieri le publicó Tuca, en 1990, que fue elegido libro del año por la prestigiosa publicación Diario de Poesía. Mientras tanto, él no tenía trabajo, se drogaba profusamente, formaba parte del grupo que hizo la revista 18 Whiskys y, entre una cosa y otra, había perdido a su madre.

—Ella tenía cuarenta y seis años. Tuvo un pico de hipertensión. Cayó en coma. Mi viejo me dijo que era por culpa mía. “Esto es porque vos la volviste loca con tus viajes”. Y ahí empezó a romperse la relación con mi papá. Ahora me amigué. Tiene ochenta y cuatro años, va a bailar el tango. A veces pensás que está muerto y aparece. Te dice que estuvo con una señora y resulta que la señora es telépata y nos lee la mente a todos. Ese es mi viejo. En 1996 publiqué El Salmón. Pero tenía treinta años y no sabía hacer nada. Fui a ver a Jorge Aulicino, a Clarín. Lo había conocido en Diario de Poesía y me dijo: “Bueno, empezá a escribir acá”. Así me hice periodista. A los siete meses me pasaron a Olé.

Entonces llegó la depresión. El primer zarpazo fue en el subterráneo de la línea A, camino a una entrevista: mareos, falta de aire. Durante la entrevista, sintió que se moría.

—Y todo se puso peor. Me despertaba llorando, tomaba una pila de pastillas. No podía escribir. Estaba solo tratando de no suicidarme. Hasta que un día vino a verme Ricardo Zelarayán, el poeta. Me dijo: “Te atacó el Horla”. Y me trajo el libro de Maupassant, El Horla. Habla de un tipo que ve pasar un barco con bandera brasileña y a la noche se empiezan a sentir mal, inquieto. Termina el relato contando que en el barco había llegado un ser, el Horla, que provocaba esos comportamientos extraños. Y yo sentí que, al identificarlo, mi enemigo se había convertido en un maestro. Después hice terapia con un jungiano, pero sé que el Horla va a estar siempre. Yo soy una persona con una gran tendencia a la soledad y puedo pasar mucho tiempo solo: sin mi mujer, sin Anita, sin amigos. Y cuando estoy mal, esa persona solitaria crece mucho.

CUANDO SE EMPIEZA a deprimir, me doy cuenta por la música. Si entra a poner Serrat y Julio Iglesias, está melanco. Y si me asomo al living y está tomando whisky, sí, en efecto. Se pone hosco, no le dan ganas de hacer nada. Se pone un poco intrata-
ble. Es mejor dejarlo solo. Hay veces que lo quiero tirar por la ventana
—dice Guadalupe Gaona.

EN SUS RELATOS, en su poesía, en sus ensayos, la materia prima con la que trabaja es la de su propia vida. Allí están el barrio, sus tías, su hermano, la noche y los bares, su madre, su padre, el karate, el fútbol, el miedo: todo a dos pasos de todo lo demás.

—Siempre escribo sobre lo mismo. Pero tengo que tener cierta distancia de lo que escribo. Hay un poema que se llama “Paso a nivel en Chacarita”. Era un poema de siete páginas, muy emotivo, porque fuimos a visitar la tumba de mi mamá y yo me regodeaba en todo eso. Después me di cuenta de que no funcionaba. Y empecé a trabajar como una máquina. No me importaba que se había muerto mi mamá. Quería escribir un poema. Cuando escribo, hay una voz mía y una voz extraña, incómoda. Y yo
trato que quede siempre esa voz
extraña. Mi decisión, cuando escribo, es no mear más alto de lo que uno puede mear. Pero sí mear fuera del tarro. Me gusta mear fuera
del tarro.

—Casi no escribiste sobre tu padrino Bruno.

—Es verdad. Quizás es una estrategia. Como si no necesitara narrar la felicidad.

FABIÁN CASAS tiene amigos en las redacciones de los diarios, en las revistas independientes, en las bandas de rock. Le gusta la obra de un escritor argentino llamado Javier Ragaut de quien no sabe nada excepto que no responde mails y que no está interesado en publicar ninguna otra cosa. Eso le hace pensar que Javier Ragaut entendió algo. Que todos los demás son esclavos menos ese hombre llamado Javier Ragaut.

DURANTE EL AÑO que duró la depresión no escribió nada. Después, tradujo lentamente The Waste Land, de T. S. Eliot, ganó la beca Fullbright. La escritura volvió de a poco y él empezó a trabajar en TyC, donde conoció a Guadalupe.

—Pero en 2001 despidieron de TyC a un amigo y me dijeron que tenía que reemplazarlo. Dije que no, renuncié y Guadalupe también. Estuvimos dos años sin trabajo. Para sobrevivir empezamos a vender ropa, libros y discos en Parque Rivadavia. La mamá de Guadalupe tenía una fábrica de toallas y yo le dije “¿Puedo ser tu cadete?” Laburaba de cadete. Al final salió este trabajo que tengo ahora, como director de la revista El Federal, y
Guada compró esta casa. Ahora todo está bien, pero estoy muy atento a las cosas que te producen confort y que
te debilitan.

En 2003 publicó Oda y El Spleen de Boedo. En 2005, Los Lemmings. En 2006 reeditó Ocio. Siguieron los Ensayos bonsai, la poesía completa en Horla City, y Breves apuntes de auto-
ayuda
.

—Por suerte, solucioné la vida económica por el lado del periodismo, porque entre libro de poema y libro de poema tardé siete años. En Los Lemmings tardé diez. En Ocio, cuatro. Puedo estar cinco meses sin escribir. A mí me gusta publicar y que me lean, pero puedo escribir sin tener un lector. No tengo el ego de la obra. Ese es el lado bueno mío.

—¿Y el lado malo?

—El lado malo es el miedo. Un día me despierto y veo lo horrible que es el mundo y digo: “Esto es una comida espesa y me dieron una cuchara de delivery de plástico de avión para revolver un guiso espesísimo”. Contra eso, karate, whisky, tranquilizantes. La gente lee libros míos y me escriben y creen que soy el Buda. Y yo les digo: “Sí, el Buda del Rivotril”.

El mundo de Casas. Un mundo que bascula entre la epifanía y el abismo. Donde se puede ir a la cancha y escribir poemas y cenar felices y, después, querer morir a mediodía.

Eso, a grandes rasgos.

 

EL PEQUEÑO MECANISMO DE LOS ACONTECIMIENTOS

FABIÁN CASAS

MIENTRAS ME LAVO LA CARA

Darío, parado, grita y gesticula.
Bajo una frazada marrón
Daniel se ríe y habla de sus novias.
Están borrachos y los que gritan en la cocina,
como diputados, también.
Mi vieja, resucitada,
golpea las ventanas, pidiendo entrar.
Al amanecer, bajo una claridad despiadada;
cigarrillos, libros desperdigados,
platos con comida.
Camino, despacio, hasta el baño;
sé que la desgracia está sobre nosotros,
no ahora, tampoco el año próximo,
todavía somos jóvenes, pero eso
se pierde enseguida.
No tenemos nada, pienso,
mientras me lavo la cara,
ni un oficio, ni una herencia,
ni una casa de sólida piedra.

DESPERTARTE

Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque aunque no firmemos nada,
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz
pensamos que es para toda la vida
y así seguimos.
Botes, que durante la noche,
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.

CARTA ABIERTA A TRES PERSONAS DEL PERÚ

Rodolfo Hinostroza, José Watanabe,
Antonio Cisneros:
le estuve recitando sus poemas
a la botella de Johnny Walker, mi psicólogo rubio,
quien se veía visiblemente emocionado.
Hinostroza, Watanabe, Cisneros:
se repudiaban también Eliot y Williams
pero ambos descansan, uno al lado de otro,
en los estantes de esta biblioteca.
Tal es el destino de los buenos poetas
una vez que han muerto: no rechazarse
como polos opuestos de un imán
sino mezclarse bajo los ojos
de un mestizo borracho
a altas horas de la madrugada.

BRASAS

Toda la noche caminando sobre brasas
y a lo lejos las puertas de los autos
que se cierran de un golpe.
Estás harto de la comida seriada de los aviones
y del doble que crece a costa de tus nervios
tratando de conquistar el mundo
o metabolizar el día.
Que está extraviado. La buena onda
se echó a perder hace una semana.
A los jeans mojados les crecieron hongos.
Y las palabras que elaboraste de disculpa
son las migas que deja un paranoico
para saber cómo volver a casa.

FINAL

Éste es el patio donde fui chico.
Las baldosas se han gastado un poco y las plantas
han crecido por las rendijas de las paredes.
En esta soledad de la casa deshabitada
tengo la terrible certeza de estar parado sobre una
[equivocación.
No todo es tan duro, ya lo sé;
pero convengamos que esta falsedad
de tensar los poemas con una catástrofe
se ha convertido ahora en mi segunda naturaleza.
Cuando veo a la gente besándose en las plazas
no puedo dejar de creer en un futuro
donde los únicos vestigios del amor
serán videos
pornográficos.



Estos poemas pertenecen al libro de Fabián Casas, El pequeño mecanismo de los acontecimientos (Almadía, México, 2012). Por cortesía de sus editores los recuperamos
de ese volumen, hoy agotado y convertido en un clásico.

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