Una Galería Desequilibrada

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Cuando el paciente entró, me encontré con un ser simbiótico: no era un personaje creado por la ciencia ficción del siglo XX: era una persona doble, real, de carne y hueso. Un niño delgado y pequeño estaba en los hombros de un muchacho robusto. El “jinete” era inteligente, decidido, pero no podía caminar. El “vehículo” era un hombre fuerte, pero incapaz de pensar
con claridad y de tomar decisiones lúcidas de manera autónoma. Ambos eran niños de la calle, adictos por varios años a drogas inhalables, principalmente thinner y Resistol 5000. Ambos destruyeron regiones extensas en su sistema nervioso: pero no de manera idéntica. Por qué los mismos agentes patogénicos provocaron, en un individuo, la muerte de neuronas motoras, y en el otro, la muerte de neuronas encargadas de la toma de decisiones, es algo que desconozco. Entender la heterogeneidad de los procesos patológicos es un gran reto para la investigación biomédica.

Los efectos destructivos del thinner en el organismo humano fueron investigados extensamente por la doctora Rosario Barroso Moguel, quien nació en Oaxaca en 1921, y dedicó su vida científica a rastrear el paso de esa sustancia a través del territorio orgánico: de la piel al cerebro, de los testículos al sistema cardiovascular. Rosario Barroso fue una de las alumnas más brillantes de Isaac Costero, quien a su vez se formó con Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina y padre de lo que hoy conocemos como neurociencia. Expulsado de España durante la Guerra Civil, Isaac Costero se estableció en México, y Rosario Barroso aprendió por su intermediación las artes histológicas de Ramón y Cajal, que le permitieron penetrar en el territorio microscópico de la anatomía patológica. Así observó, por primera vez, la muerte neuronal generada por las drogas inhalables de uso callejero.
La doctora Ana Cecilia Rodríguez, quien obtuvo su doctorado en historia de medicina en la Universidad de la Sorbona, me ha comentado que la doctora Rosario Barroso fue la primera mujer en ser aceptada en la Academia Nacional de Medicina, en 1957. Su trayectoria es un motivo de orgullo para la ciencia mexicana, pero el año tan tardío de su reconocimiento debería ser motivo de vergüenza para las huestes masculinas de la medicina mexicana. Hace un par de años, tuve el privilegio de acompañar a la Doctora Teresa Corona (la primera mujer en asumir la dirección de un Instituto Nacional de Salud) a una ceremonia para celebrar los 150 años
de historia de la Academia Nacional de Medicina. En el auditorio de la Academia, hay una pared descomunal en la cual se encuentran los retratos de todos sus presidentes. A pesar de mi miopía (y del trastorno por déficit de atención que me hizo perder los anteojos y nunca volver a comprarlos), pude observar, tras unos minutos de rastreo visual, que no había un solo retrato de una mujer en esa galería. No hice un conteo exacto, pero vi entre cincuenta y cien retratos de presidentes. Puedo entender que las altas esferas de la política académica no hayan perfeccionado aún los mecanismos para garantizar la equidad de
género, pero ¿cómo podemos ser condescendientes con una situación en la cual hay decenas de retratos de presidentes varones y ningún retrato de una mujer? La proporción es absolutamente vergonzosa, y no hay manera alguna de ver este asunto de otra manera. Desde luego, la inequidad en las altas esferas es la expresión de un problema generalizado en el ámbito de la medicina, que se extiende a muchas áreas de la vida académica, científica y universitaria.

Además de las consecuencias negativas directas de una desproporción tan escandalosa, no es necesario ser un detective de la obviedad para saber que esta injusticia básica da soporte, también, a otros asuntos que trascienden la equidad política: me refiero a experiencias de hostigamiento y violencia reportadas por muchas mujeres en los ambientes médicos y académicos en general. Además del beneficio directo de la equidad de género, que no requiere argumentación, me parece que el balance equidad/inequidad es un indicador muy confiable del
grado de madurez de nuestras estructuras democráticas, dentro y fuera de la vida académica.

Mis pensamientos se detienen de manera brusca porque he entrado a la Unidad de Neuropsiquiatría del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía. En la primera cama de la unidad, hay un hombre joven incapaz de mover un brazo y dos piernas, con graves problemas de memoria y lenguaje, como resultado, una vez más, de una adicción a drogas inhalables. Vuelvo a la reflexión: si conozco el panorama nacional de las adicciones, se debe a que la Directora del Instituto Nacional de Psiquiatría, María Elena Medina Mora, ha realizado una amplia disección de las condiciones sociales que favorecen estos problemas en niños y adolescentes. Si conozco los mecanismos cerebrales más íntimos de la adicción, se debe a que la neurocientífica mexicana, Nora Volkow, ha realizado en Estados Unidos las investigaciones decisivas mediante tecnología de vanguardia, por lo cual no es exagerado suponer que podría ser la primera mexicana en obtener un Premio Nobel. Y si tengo esperanza en que un día las neurociencias encuentren el camino a la restauración integral de pacientes con lesiones inducidas por el abuso de drogas, se debe a que Rita Levi Montalcini, Premio Nobel de Medicina, realizó las investigaciones pioneras para entender los alcances de la plasticidad cerebral. Consolidar la equidad en el territorio de las ciencias médicas no es solamente una cuestión de justicia: necesitamos el talento de las mujeres para resolver el formidable reto intelectual de la patología.

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