Una intacta condición de náufrago

Las dos figuras más legendarias de la Revolución cubana, los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, compartieron en vida muchas hazañas comunes.

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Ernesto Che Guevara en Santiago de Cuba, en 1964 (Foto: Lee Lockwood)

I

Las dos figuras más legendarias de la Revolución cubana, los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, compartieron en vida muchas hazañas comunes. En medio de combates, bajo el diluvio de las balas, se gritaban de trinchera a trinchera bromas e insultos cariñosos. El simpático habanero cantaba desde su parapeto: “adiós muchachos, compañeros de mi vida”. El argentino le respondía con unos versos de León Felipe. Se querían. Esa insolencia siempre acababa por restarle dramatismo a los truenos de la guerra. Dicen que las carcajadas de los traviesos guerrilleros confundían a los soldados de Fulgencio Batista, que no alcanzaban a disparar contra las piedras del camino tras las cuales se escondían aquellos dos muchachos, doblados de la risa. La muerte, siempre en octubre, les permitió a ambos el romántico deseo de morirse jóvenes, sueño de todo héroe, y les concedió además la posibilidad de esfumarse de este planeta sin la exigencia funeraria de tener cadáveres ni tumbas —lo cual a veces resulta una ventaja. Camilo desapareció en el agua o en el aire un odioso día de 1959, a los veintiocho años de edad. El avión donde viajaba dejó de parpadear en los radares. Se lo tragó la tierra. El cielo. O el pantano de la Ciénaga de Zapata. Fue un acto de magia negra. A falta de velorio, los cubanos le depositamos flores en el enorme panteón del mar, otoño tras otoño. Ernesto Guevara, que lloró su ausencia como un niño que pierde a un compañero de colegio en un absurdo accidente de tránsito, bautizó a uno de sus hijos con el bonito nombre de Camilo —y se fue a las selvas de África y a las sierras insoportables de Bolivia, un poco más solitario y mucho menos alegre porque ya no tenía con quien canturrear tangos entre los plomazos. Lo asesinaron un día de octubre de 1967. A pecho descubierto. Sin camisa. En una mesa. Ante un pizarrón de escuela. Con los ojos abiertos. Se despacharon con sus humildes pertenencias. No dejó botín: sólo amuletos. Traía en la mochila el Canto General de Pablo Neruda. En su primera foto de muerto se le ve tranquilo, como descansado después de tanta bronca contra tanta mierda y luego de andar semanas y semanas sin brújula por unos Andes demasiado crueles para sus asmáticos pulmones. Le cortaron las manos, a manera de trofeo de guerra. Fueron los únicos huesos de su cuerpo que se guardaron en la historia oficial, porque el resto de la osamenta lo sembraron en un pedazo de tierra, a cuatro metros de profundidad, allá por Casa del Diablo —no fuera a ser que resucitara al tercer día de entre los muertos. A muchos de los que lo amamos, y lo seguimos extrañando, nos dejó huérfanos. Los políticos, en especial los canallas, le tienen pánico a los fantasmas. El Che acababa de cumplir treinta y nueve años. Estaba flaco. En la foto, las costillas le estiran la piel del torso. El esqueleto se infla bajo la carne. Los pómulos de la calavera le pican la cara. Por la mirada, desde el otro lado de la moneda que es la vida, queda claro que no se arrepintió de sus ideales. Qué va. Entró volando en la leyenda. Al morir el hombre, había nacido un nuevo arcano. Llegó a la orilla salvadora. Camilo Cienfuegos lo estaba esperando, con la “farra querida, de aquellos tiempos”.

II

Cuando era estudiante de medicina y practicaba autopsias en la morgue de la universidad (entonces sus condiscípulos le decían El Pelao o El Furibundo Serna), Ernesto Guevara escribió en su poema “Autorretrato oscuro” estos versos premonitorios: “La ruta fue larga y muy grande la carga,/ persiste en mí el aroma de pasos vagabundos,/ y aún en el naufragio de mi ser subterráneo/ —y a pesar de que se anuncian sillas salvadoras— / nado displicente contra la resaca,/ conservando intacta la condición de náufrago”. Diríase que los acaba de firmar hoy, en la ciudad de Santa Clara, destino final de sus restos, a la sombra de su propia estatua. Ahora resulta que lo encontraron donde mismo lo escondieron los que le temían. Lo volvemos a ver, después de treinta años. Ha llovido mucho. Dicen los técnicos, antropólogos cubanos, laboriosos y leales, que los fémures son fosforescentes porque los barnices del formal tienen la virtud de ser pertinaces. La dentadura, perfecta, parece sonreír, no sin un gesto de ironía. Faltan las manos en el maderamen del cuerpo. Las manos están en Cuba, guardadas como un tesoro. Lo siento. A mí no me dice nada el faraónico hallazgo. Lo respeto pero no me conmueve. Entiendo a sus amigos. Ellos lo despidieron cuando se fue a hacer la guerra en un escenario inhóspito, sin ninguna posibilidad de triunfo. Ellos fundamentaron el mito, no así la leyenda porque las leyendas las soplan los pueblos en la hoguera de la historia. Comprendo a su viuda y a sus hijos, para quienes se acabó una pesadilla: ya podrán llevarle flores al mausoleo donde tal vez arda una llama eterna. Merecida. Alguna que otra pareja de recién casados se retratará ante el osario minutos antes de las lunas de miel y de las fiestas. Muchos podrán rezarle unos padrenuestros o pedirle un milagro de fin de siglo, con urgencia y fe. Falta que hacen. Pero decenas de poemas se quedarán sin el sustento del misterio, que es condición indispensable de la poesía. La pregunta que hace Mirta Aguirre, y que cito al comienzo de este texto, tendrá una respuesta concreta, geográfica, precisa aunque poco metafórica. ¿Será el Che Guevara un torso de absoluto mármol, quieto en la historia, donde todos podamos hallarle? Espero que no. Ojalá que los versos de mi padre sigan inquietándonos, al menos hasta el fin de nuestros días. Que el Che permanezca “donde nunca jamás se lo imaginan”. No me conmueve, repito, la descarnada y ósea resurrección de los amados difuntos. Una calavera jamás podrá tener treinta y nueve años, aunque la envuelvan en la bandera de la patria, porque en el lugar de los ojos, entonces inquietos, siempre habrá un hueco profundo, una caverna vacía, y por más vueltas que se le dé al asunto, las estacas de las tibias, los escudos de los omóplatos, los metacarpos de los dedos, las vértebras de la columna y cóndilos femorales de las rodillas son apenas unos hierros viejos, fragmentos dispersos de una armadura que alguna vez soportó la humana integridad de un caballero. Una tarde lluvia, el poeta cubano Manuel Díaz Martínez escribió ante la fosa de Franz Kafka, en el cementerio judío de Praga (“que es un bosque inventado por una primavera oscura”) una advertencia que los vivos olvidamos muy a menudo: “Sepa usted que en este mundo/ toda tumba está vacía”.

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