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Foto: Especial

En carne propia las dificultades de la creación no son tan chistosas. Pocas cosas hay tan aburridas como escribir un libro que no sale.

Se da uno cuenta de que el libro no sale porque se mete con gran fluidez a escribir divagaciones. Por ejemplo, describe uno minuciosamente una fiesta en la que no sabe qué va a pasar. Es una fiesta al aire libre, cae un aguacero, la gente sale en desbandada y se va corriendo por una calle ancha, procurando evitar los eucaliptos, porque tienen la virtud de atraer los rayos, y se guarece en el portal de una iglesia… ¿y luego? El escritor ordena las hojas en las que escribió esto y las mete en un folder que dice “reserva”.

O bien, escribe una escena con diálogo: hay dos personajes en un café y entra un tercero.

“—Hola, ¿qué tal?
—Muy bien, ¿y tú?
—Muy bien también, ¿y tú?
—También muy bien.”

El escritor se queda un ratito contemplando la hoja, después, insatisfecho, la rompe. Mete en la máquina una hoja en blanco, la mira un rato, después dice: “tengo que planear esto muy bien”, se acuesta en el couch a planear la escena y se queda profundamente dormido.

La semana anterior a una conferencia la paso como quien va a salir disparado en un cohete a la Luna, diciendo “ya nomás faltan tres días… ya nomás faltan dos… ya nomás falta una hora…”.

Al llegar el día fatal, generalmente digo a mi familia: “hoy tengo que preparar una conferencia, así que por favor no hagan ruido”. Me paso la mañana sentado en una silla, tomando el sol, con esperanzas de que los rayos infrarrojos me traigan alguna idea, cosa que nunca ha ocurrido. Después subo a mi habitación y hago unos garabatos en una hojita de papel tamaño esquela. Cuando bostezo, bajo a comer. Después de la comida digo: “ahora sí tengo que concentrarme”. Para lograr esto me quito la ropa y me acuesto en la cama. A los diez minutos de reflexión me duermo profundamente. Cuando despierto es generalmente hora de arreglarme y vestirme para ir y dar la conferencia.

He dicho con frecuencia que Los relámpagos fue escrita en cinco semanas, pero es mentira. Lo que aparece en el libro fue, en efecto, escrito o en el Viernes Santo de 62, o en cinco semanas de julio y agosto de 63, pero entre uno y otro tirón hay quince meses de estancamiento y desorientación debido a la mente retórica y rencorosa del narrador. Puse el punto final pocos días antes de hacer las maletas para irme a los Estados Unidos a dar clases. Esta precipitación se nota en la novela, en la que faltan varios elementos que yo hubiera querido poner. Falta, por ejemplo, un viaje en un armón de mano, movido por cuatro generales, en un paisaje desértico. […] Otra laguna es la noche que pasan los generales en Cuernavaca. Si volviera a escribir el libro tendría una escena en la que aparecieran corredores amplios en penumbra y generales correteando mujeres despavoridas. Pero esto y otras cosas fue lo que no fue.

Sin ser novela perfecta, Estas ruinas que ves tiene pasajes que considero entre lo mejor que he escrito, como por ejemplo, la relación amorosa entre Paco y Sarita, el paseo por los cerros que dan alrededor de la ciudad el marido y el amante, “la noche blanca” en que la tertulia descubre que Sarita no lleva ropa interior, y el letrero luminoso que se enciende todas las noches a la misma hora en el techo de una iglesia, dice, “venid pecadores, venid a pedir perdón” y marca para los amantes el tiempo justo de despedirse para que no los encuentre el marido.

Londres. Aconsejan los expertos que cuando le avisan a uno que acaba de ganar un premio literario, debe conservar la serenidad y contestar: “¡Qué cabeza la mía! Ya hasta se me había olvidado que había entrado en ese concurso”.

Si no alcanzó uno premio en efectivo, sino nomás mención honorífica conviene decir: “Para serte franco, yo no quería entrar en el concurso, pero unos amigos se empeñaron en mandar mi novela.” […]

Yo nunca he podido seguir estos consejos. Cuando me avisan que gané un premio del tamaño del que acabo de ganar [Premio de Novela México] doy brincos de gusto, cuando estoy a solas bailo una danza parecida a la de las espadas que bailan los escoceses y cuando me encuentro a mi mujer en el pasillo de la casa, nos abrazamos y gritamos a coro: ¡somos ricos!

Las novelas son o pretenden ser literatura. Es decir, algo más o menos permanente. Los artículos en cambio son todo lo contrario; su virtud principal es la de ser oportunos; están escritos contra reloj, en un intento de capturar las circunstancias peculiares de un determinado momento. El que escribe, como yo, artículos dos días de cada semana y otros tres o cuatro escribe novela, es como un tirador que hace disparos alternos uno a una liebre que pasa corriendo a veinte metros, y el otro a un clavo que está a diez metros. Desgraciadamente no se trata de acertar una vez sino cada vez que se dispara. Es evidente que el tirador está en peligro de quedarse bizco o de errar todos los tiros o de que pasen las dos cosas.

Es decir, reduciendo la metáfora a términos reales, de quedarse escribiendo novelas periodísticas y artículos novelados.

Después de decir lo difícil que es mi tarea, debo confesar que no me desespera. Después de todo, la mayoría de los problemas se resuelven con paciencia y cierta habilidad. ¿Quién es el pesimista que me asegure que no voy a poder matar la liebre y dar en el clavo?


—Selección: Delia Juárez G.

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