Una nación sin Estado

  • Tamaño de fuente: A  A  A  A  
metrony.jpg

Hace doscientos años la única nación latinoamericana que había alcanzado el rango de potencia regional era Haití. Hacia 1810, en la zona del gran del Caribe, era aquella república de jacobinos negros y mulatos, y no los nacientes Estados Unidos o la decadente Nueva España, el país con mayor poder político y militar.

Cuando en los reinos hispanoamericanos estallaron las guerras de independencia, hacía casi veinte años que los haitianos, encabezados por Toussaint-Louverture, habían iniciado la suya, y seis desde que la independencia fuera declarada por Jacques Dessalines. Como narrara magistralmente C.R.L James, en el clásico Los jacobinos negros (1938), en menos de dos décadas medio millón de esclavos se rebeló contra sus amos, resistió una invasión española y otra británica y, en 1803, derrotó el todopoderoso ejército de Napoleón Bonaparte.

Pruebas del liderazgo regional que por entonces ejercía Haití fueron el auxilio que el presidente Alexandre Pétion dio a Bolívar durante las guerras de independencia de la Nueva Granada, la ocupación de la mitad española de la isla de Santo Domingo en 1822 y el apoyo que el gobierno de Jean Pierre Boyer ofreció a México y a Colombia para defender las nacientes repúblicas de la amenaza de reconquista española y expandir la abolición de la esclavitud y la independencia hacia Cuba y Puerto Rico.

Pero desde mediados del siglo XIX aquella república, la primera en constituir un Estado postcolonial en América Latina, comenzó a decaer, ahogada por una deuda de 150 millones de franco-oro, que la pequeña nación caribeña contrajo con Francia —a cambio del reconocimiento de su independencia— y víctima de constantes guerras civiles, rivalidades entre élites negras y mulatas y la creciente aridez del suelo que provocaba la economía de plantación.

“Colonies do not cease to be colonies because they are independent”, dijo, alguna vez, el primer ministro británico, Benjamin Disraeli. La historia postcolonial de Haití es buena prueba de ello: luego de las presiones de sus acreedores europeos, en el siglo XIX, sobrevino el largo periodo de intervenciones militares y políticas de Estados Unidos en la primera mitad del XX.

Al igual que otros países centroamericanos y caribeños (República Dominicana, Nicaragua, Cuba), Haití pasó de nación intervenida a Estado autoritario, con la larga dictadura de los Duvalier (1957-1986). Cuando la transición democrática tuvo su primera oportunidad, con la elección de Jean Bertrand Aristide, en 1991, el deterioro de la sociedad civil y el desmantelamiento del Estado habían tocado fondo.

A diferencia de su gran vecino, Cuba, donde sobra Estado, en Haití la ausencia del mismo ha resultado costosísima. Expertos de la CEPAL y del BID, involucrados en las labores de reconstrucción, luego del terrible terremoto del 12 de enero, han estimado que hasta un 80% de los daños —250 000 muertos y diez mil millones de dólares en pérdidas materiales, más del doble del PIB haitiano— debe atribuirse a la falta de infraestructura estatal y servicios públicos.

rafael.rojas@razon.com.mx

Compartir