Una trampa llamada Netflix

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La culpa de todo la tuvo HBO. Su lema, “Esto no es televisión”, se convirtió en un arma de doble filo. Se aprovecharon de la crisis televisiva por la que atravesaba la era. Pero era mentira que no hacían televisión. No era abierta, era de paga, y de una calidad que hacía décadas no había tenido, pero era televisión.

La serie televisiva no fue un invento de HBO. La reinventó, sí, pero la novedad era que el formato no obedecía al tratamiento de la televisión tradicional. Lo que pertenece al dominio público: sin comerciales, sin censura, etcétera. No todo fue éxito de crítica y de público, arriesgaron. Como nadie. Mandrake (basada en los cuentos de Rubem Fonseca) es un ejemplo. Una serie hablada en portugués para el mercado gringo. Después de la primer temporada se canceló. Sin embargo, HBO demostró que estaba dispuesto a hacerlo todo por y en nombre de la televisión. Lo que la cadena comprendió antes que ninguna otra empresa televisiva fue que el mundo podía modernizarse, que las tecnologías se renuevan cada dos minutos, pero que el alma humana se ha mantenido inamovible desde tiempos irreconocibles. Apelaron a los conocedores de lo insondable de esa alma: los clásicos. En particular Shakespeare y los griegos. Y ocasionaron una revolución que persiste hasta nuestros días.

Pese al triunfo obtenido, quien más perdió sin duda fue la televisión. Se consiguió el efecto contrario al deseado. Cuando la revolución televisiva estaba ocurriendo, en tiempo real, fueron pocos, poquísimos los que atestiguaron su esplendor. No se había educado a la masa para seguir el desenvolvimiento de una era dorada de la televisión. Pero crearon un nuevo público que, aunque diminuto, se encargó de expandir el nuevo evangelio. Y aquellos que se perdieron las transmisiones pudieron formar parte del fenómeno gracias a la magia del dvd y de la repetición, y retransmisión en ésta y otras cadenas. Después se produjo el apocalipsis.

La era dorada de la televisión no hizo otra cosa que sepultarla. El contenido que ofrecía ya nunca ha vuelto a alcanzar los mismos niveles. Y lo que es peor. Prejuició a la generación internet en contra de la televisión. Entonces surgió el mal contemporáneo llamado Netflix. Con todavía cierto impulso cosechado por HBO, Netflix emergió al mercado como una alternativa contra la programación de la televisión comercial. Con un plus en relación a HBO. Se podía acceder a los contenidos a tu antojo. Sin estar sujeto a husos horarios. Pero aunque Netflix es una oferta relativamente nueva, envejeció con una celeridad abrumadora.

El ingrato presente ha convertido a Netflix en un fardo. No es la promesa que dibujó al inicio de su aparición. Navegar por su página es la cosa más tediosa del mundo. Y contra su voluntad, se convirtieron en lo que juraron no ser: televisión. Si bien era cierto que la tediósfera fue definida a la perfección por la televisión, Netflix la ha suplantado. Y como todo consorcio comercial ha comenzado a ofrecer productos para retener a sus consumidores. Y exceptuando la serie Better Call Saul (porque no es una iniciativa propia, sino una herencia de AMC) y dos o tres documentales, Netflix ha fracasado como alternativa televisiva.

Un claro ejemplo de lo anterior es la serie Stranger Things. En la que se apela al chantaje emocional (referencias ochenteras que promueven la simpatía del espectador), ha orillado a los entusiastas a calificarla como la mejor serie de la historia. Sucede lo mismo con cada nuevo producto que se estrena. Pero detrás de Stranger Things no late el retrato de la condición humana de The Wire. Y ni siquiera es original. La referencialidad está presente en Los Soprano. Basta revisar el primer capítulo para percatarse. Y lo mismo ocurre con Get Down. Más televisión de la misma de siempre. Sólo que ahora pagamos por ella. Y por el internet.

Confieso que yo también caí en la trampa de Netflix. Pensé que me ofrecerían algo de materia para el pensamiento. Sin embargo, me siento decepcionado cada ocasión que navego en su página. Una semana es suficiente para ver todo lo de interés. Lo demás es esa vieja necedad ontológica que hemos tenido desde siempre con el zapping. Y ha sido tan maléfica la influencia de Netflix que engendró el bodrio de Blimp. Que como siempre ocurre con Televisa, llegaron tarde a la fiesta, cuando lo mejor de la tv había ocurrido.
Para pretender vendernos a Eugenio Derbez. La televisión está más muerta que nunca. Y las series también. Pero el zapping, ese viejo enemigo de la psique, sigue vivo.

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