Una vida entre libros

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Por Julian Barnes / Traducción Rafael Vargas

He vivido gran parte de mi vida en libros, con libros, por libros y para los libros. En años recientes, he tenido la fortuna de poder vivir de los libros. Fue a través de los libros que por primera vez me di cuenta de que había otros mundos además del mío, por primera vez imaginé la posibilidad de ser otra persona, y por vez primera descubrí ese vínculo tan íntimo y profundo que se crea cuando la voz del escritor entra
en la mente del lector. Quizás fue una suerte que durante los primeros diez años de mi vida no existiera la competencia de la televisión; y que cuando finalmente apareció una en casa, estuviera bajo el control estricto de mis padres. Los dos eran maestros, así que el respeto hacia los libros y su contenido era algo implícito. No íbamos a la iglesia, pero íbamos a la biblioteca.

También mis abuelos maternos eran maestros. El abuelo tenía una colección de obras de Dickens que se compraban por correo y un juego completo de la popular Enyclopaedia de Thomas Nelson en cerca de treinta pequeños volúmenes rojos. Mis padres tenían libros más refinados y variados, y andando el tiempo habrían de convertirse en miembros de la Folio Society.
Crecí dando por hecho que había libros en todos los hogares, que eso era lo normal. También me parecía normal que se les valorase por su utilidad: para aprender a través de ellos en la escuela, para brindar y verificar información, para entretener durante las vacaciones. Mi padre tenía una colección de la serie Times Fourth Leaders; a mi madre le gustaba disfrutar de una buena novela de Nancy Mitford. En sus libreros también se encontraban, encuadernados en piel, los libros que mi padre había recibido como premio en la Ilkeston County School entre 1921 y 1925, por “Aptitudes sobresalientes” o “Excelencia en general”: la Revista de la prosa inglesa; las obras poéticas de Goldsmith; la traducción de la Comedia, de Dante, hecha por Henry Francis Cary; El último de los barones, de Lytton; El claustro y la chimenea, de Charles Reade.

Ninguno de esos libros me atraía cuando era niño. Empecé a husmear en los libreros de mis padres (y en los de mis abuelos y los de mi hermano mayor) sólo hasta que comencé a sentir interés por el sexo. La biblioteca de mi abuelo tenía pocas obras en las que hubiese páginas dedicadas a la lubricidad, excepto por una o dos escenas en Bhowani Junction, la novela de John Masters. Mis padres tenían la Historia del arte, de William Orpen, que contaba con varias ilustraciones importantes en blanco y negro, pero mi hermano era el propietario de un ejemplar del Satiricón, de Petronio, que sin duda era la obra más candente en los libreros de nuestra casa. Seguramente los romanos llevaban una vida mucho más desenfrenada que la que yo miraba a mi alrededor en Northwood, Middlesex. Banquetes, esclavas, orgías, todo tipo de cosas. Me pregunto si mi hermano se habrá dado cuenta de que después de un tiempo algunas de las páginas de su Satiricón casi se desprendían del libro. Ingenuamente, asumí que todos los clásicos antiguos debían tener un contenido erótico similar. Durante muchos días me aburrí hojeando su ejemplar de Hesiodo antes de concluir que no era así.

La calle principal de Northwood incluía un establecimiento al que nos referíamos como “la librería”. En realidad, era una tienda de objetos finos y papelería con un pequeño sótano, de cuyo espacio casi la mitad estaba dedicado a los libros. Algunos de ellos eran bastante respetables —clásicos y novelas editados por Penguin, y relatos y novelas publicados bajo el sello de Pan. Una parte de mí daba por hecho que esos eran todos los libros que existían. Es decir, sabía que había libros distintos en la biblioteca pública, y que existían los libros escolares, que también eran diferentes; pero en términos del amplio mundo de los libros, asumía que de alguna manera aquella pequeña muestra era representativa. De vez en cuando, en otro suburbio o ciudad, podíamos visitar una librería “de verdad”, que casi siempre resultaba ser una sucursal de W. H. Smith.

La única fuente alternativa de libros era obtener un premio escolar (yo estudiaba en la Escuela de Londres, que en ese tiempo ya se había cambiado al
Victoria Embankment, cerca del Puente de Blackfriars). A los ganadores les era permitido escoger sus libros, normalmente bajo la guía paterna. Pero se trataba, otra vez, de un ejercicio que más bien estrechaba las opciones que uno tenía en vez de ampliarlas. Uno podía escoger sólo de entre un pequeño repertorio desplegado en una sala de exposiciones privada que se encontraba al sur del colegio; un lugar a la vez ligeramente misterioso y muy funcional. Era, según descubrí más tarde, otra parte de W. H. Smith. Había allí libros de gran peso y de gran precio también, el tipo de libros que uno más bien admira y que tal vez nunca leerá. El premio escolar podía alcanzar hasta un cierto valor, y uno escogía su libro de acuerdo con ese tope. Entonces el ejemplar se desvanecía ante tu vista para reaparecer el día de los premios del alcalde, cuando el alcalde de Londres, ataviado con su traje ceremonial, los entregaba en persona. El ejemplar que uno recibía entonces incluía una página pegada al final en la que se describían los méritos del ganador, mientras que la portada de tela llevaba grabado el escudo de la escuela. Casi no recuerdo qué fue lo que obedientemente
escogí aconsejado por mis padres. Pero en 1963 obtuve el Premio Mortimer en Literatura y, como ya había cumplido 17 años, fui yo solo a aquel depósito de la seriedad donde encontré (¿a quién se habrá debido aquel descuido?) un ejemplar del Ulises. Aún veo la
expresión reprobatoria del alcalde mientras sus manos protegidas por un par de guantes me entregaban aquella novela con fama de obscena.

A esas alturas empezaba a ver los libros como algo más que simples y utilitarias fuentes de información, instrucción, deleite o estímulo. En primer lugar, sentía la emoción y la importancia de la posesión. Ser el dueño de cierto libro —uno elegido por ti mismo— era una manera de autodefinirte. Y esa autodefinición debía protegerse, físicamente. Así que forraba mis libros favoritos (ediciones en rústica, inevitablemente, por razones financieras) con plástico transparente. Aunque primero escribía mi nombre —con tinta azul, empleando una caligrafía recientemente adquirida, subrayada en rojo— casi al borde de la primera guarda. Luego cortaba el plástico a un tamaño adecuado para que al doblarlo protegiera también mi firma de propietario. Algunos de esos libros —por ejemplo, las traducciones de clásicos rusos que David Magarshack hizo para Penguin— aún están en mis libreros.
La autodefinición era una especie de magia. Y luego, poco a poco, fui conociendo otro tipo de libro: el libro viejo, de segunda mano, usado. Recuerdo una hilera de primeras ediciones de Auden en un fino librero con puertas de vidrio de un vecino: un hombre que, además, había conocido a Auden décadas antes y que incluso había jugado cricket con él. Estos hechos me resultaban asombrosos. Nunca había visto a un escritor, ni conocido a alguien que hubiera conocido a un escritor. Quizás había escuchado a uno o dos en la radio, visto a uno o dos en televisión, en el programa de entrevistas de John Freeman “Cara a cara”. Pero en nuestra familia el contacto más cercano con la literatura era el hecho de que mi padre había enseñado Lenguas Modernas en la Universidad de Nottingham, donde el profesor era Ernest Weekley, cuya esposa se había fugado con D. H. Lawrence. Ah, y mi madre había visto en una ocasión a R. D. Smith, esposo de Olivia
Manning, en un andén de la estación de Birmingham. Y sin embargo, allí estaban los ejemplares pertenecientes a alguien que había conocido a uno de los poetas vivos más famosos del país. Más aún, aquellos libros contenían el eco todavía resonante de las palabras de Auden en la forma en que estas habían llegado al mundo por primera vez. Sentí esa magia intensamente y quise tener una parte de ella. Así que, desde mis años de estudiante, me convertí en un coleccionista de libros y asiduo lector, y descubrí que no todas las librerías eran propiedad de
W. H. Smith.

Durante la siguiente década —más o menos desde finales de los años sesenta hasta finales de los setenta— me convertí en un incansable cazador de libros. Viajaba lo mismo a pequeños poblados que a las ciudades más importantes de Inglaterra en mi Morris Traveller y lo cargaba de libros a un ritmo que excedía por mucho cualquier posible talento para la lectura veloz. Era una época en que la mayor parte de los pueblos de buen tamaño tenía por lo menos una antigua librería de segunda mano, generalmente cobijada por la sombra de la catedral o de la iglesia. Según recuerdo, uno podía dejar el auto estacionado justo enfrente de la librería todo el tiempo que quisiera. Todas, sin excepción, eran librerías independientes —a veces algunas exhibían una selección de libros nuevos en el frente— y en todas ellas me sentí en casa de inmediato. De entrada, su atmósfera era muy diferente. En ellas los libros parecían ser apreciados, y formar parte de una urdimbre cultural.

Creo que para entonces ya prefería los libros de segunda mano a los nuevos. En Estados Unidos la gente solía referirse a ellos despectivamente como “usados anteriormente”; pero esa continuidad en su uso era parte de su encanto. Un libro brindaba su explicación del mundo a una persona, después a otra, y así por generaciones; diferentes manos habían tomado el mismo libro y a veces habían extraído de él un mismo saber, a veces un saber distinto. Los libros viejos mostraban su edad; tenían parduzcas manchas por oxidación de la misma manera que los ancianos tienen manchas hepáticas. También olían bien —hasta cuando apestaban a cigarrillo y (ocasionalmente) a puro. Y de muchos podían manar reliquias incisivas: antiguos anuncios editoriales, viejos marcadores de lectura, a menudo con publicidad de compañías de seguros o de jabones Sunlight.

Así solía manejar hasta Salisbury, Petersfield, Aylesbury, Southport, Cheltenham, Guildford, para entrar en cuartos traseros, bodegas cerradas y depósitos cada vez que podía. Me sentía menos cómodo en lugares que olían a encuadernaciones finas, o en los que sabían demasiado bien el valor de cada objeto de su acervo. Prefería el democrático revoltijo de la librería cuyo contenido apenas estaba ordenado y en donde era posible hallar alguna ganga. En aquellos días, ni siquiera en las librerías que sólo manejaban libros nuevos existía el veloz y descabellado cambio de inventarios que imponen las modernas administraciones centralizadas. Hoy en día, el promedio de vida en estantería de una novela en pasta dura —ya no digamos en una mesa de novedades— es de cuatro meses, suponiendo primero que encuentre lugar en la estantería. Los libros permanecían en los libreros hasta que alguien los compraba, o eran puestos, a regañadientes, en una mesa de ofertas especiales, o trasladados al departamento de segunda mano, donde podían descansar durante años. Con frecuencia, aquel libro que uno no podía darse el lujo de adquirir, o que no estaba seguro de querer de verdad, seguía allí cuando uno volvía al año siguiente. Las librerías de segunda mano también enseñaban la lección del escritor que ha pasado de moda. Charles Morgan, Hugh Walpole,
Dornford Yates, Lord Lytton, Mrs. Henry Wood: había metros y metros de ellos, esperando que la moda cambiase en su favor. Rara vez ocurría.
Compraba con un hambre en la que hoy, al volver la vista atrás, reconozco una suerte de necesidad emocional: bueno, la bibliomanía es una condición reconocida. Ciertamente la compra de libros consumía más de la mitad de mis ingresos. Compré primeras ediciones de los escritores que más admiraba: Waugh, Greene, Huxley, Durrell,
Betjeman. Compré primeras ediciones de poetas victorianos como Tennyson y Browning (a ninguno de los cuales había leído) porque me parecieron asombrosamente baratas. La línea divisoria entre los libros que me gustaban, los libros que pensé que me gustarían, los libros que esperaba que me gustaran y los libros que no me gustaban ahora pero que pensé que podrían gustarme en algún momento en el futuro rara vez era clara.

Coleccioné la serie de King Penguins, los libros de la editorial Batsford sobre el campo inglés y los de la serie Britain in Pictures que la editorial Collins imprimiera en los años cuarenta y cincuenta. Compré panfletos de poesía y enciclopedias francesas empastadas en piel de la editorial Larou-sse; libros de caricaturas y recuerdos victorianos; diccionarios caducos y ejemplares encuadernados de revistas literarias inglesas del siglo XIX, desde Cornhill hasta Strand. Compré un ejemplar de Sensation!, la primera edición belga de Scoop, de Evelyn Waugh. Incluso creé una categoría llamada “Libros raros”, que utilicé para justificar adquisiciones excéntricas como Cacería de cerdos, de Sir Robert Baden-Powell, Energía física, del famoso boxeador Billy “El Bombardero” Wells, o la Guía para la lectura de la palma de la mano, de Cheiro, y Lecciones fáciles para bailar tap, por una tal “Isolda”. Todos están aún en mis libreros, aunque rara vez los consulto. También compré libros que fue absurdo comprar entonces como lo sería ahora, como los tres volúmenes (primera edición con camisas impecables, y definitivamente no leídos por el anterior propietario) de las memorias de Sir Anthony Eden. ¿Qué sentido tenía adquirir eso?

Mi caso empeoraba por el hecho de que yo era, en la jerga del comercio librero, un completista. Por ejemplo, como admiraba unas cuantas obras de teatro de Shaw que había visto, acabé comprando varios metros de sus obras, incluyendo oscuros panfletos sobre vegetarianismo. Dado que Shaw era tan popular, y las reimpresiones de sus libros lo suficientemente amplias para corresponder a la demanda, nunca pagué mucho para formar esa colección. Lo que también significaría que, treinta años después, cuando me había vuelto menos devoto del didactismo de Shaw y de su previsible humor, y decidí venderla, tuve una clara pérdida.

De vez en cuando ocurrían descubrimientos muy emocionantes. En la bodega trasera de F. Weatherhead & Son, en Aylesbury, encontré un ejemplar de los primeros dos cantos del Don Juan, de Byron, publicados en 1819 sin el nombre del autor. Aquella rara primera edición, encuadernada en tela azul, me costó 62 peniques y medio. Me gustaría aparentar (como lo hice alguna vez) que fue mi profundo conocimiento de la bibliografía de Byron lo que me llevó a localizarlo. Pero eso sería soslayar la nota entera escrita a lápiz por el vendedor y colocada junto a la portadilla (“Los cantos I y II aparecieron en Londres en julio de 1819 sin el nombre del autor o del librero en un delgado quarto”). Por lo tanto, el precio marcado no correspondía a un descuido; más bien, era una indicación de que el libro había estado en las estanterías de aquella bodega durante décadas.

No obstante, con la misma frecuencia cometía serios errores. Por ejemplo, ¿para qué compré, en DM Beach de Salisbury, Oliver Twist en su edición mensual original, tal como fue publicada en la revista Bentley’s Miscellany? Fue una buena idea porque estaban en perfectas condiciones, con hermosos grabados, cubiertas y anuncios. Fue una mala idea porque faltaba una de las partes (la primera o la última), y
de ahí que el conjunto tuviera un precio casi accesible. Fue una idea optimista porque me sentía seguro de que lograría encontrar la parte perdida en algún momento de mis andanzas como coleccionista. Sobra decir que nunca lo logré y que ese vacío me reprochó mi estupidez desde mi librero durante muchos años.

Hubo momentos en que me di cuenta de que el mundo de los libros y del coleccionismo de libros no eran exactamente como yo los había imaginado. Aunque me eran familiares algunos casos famosos de falsificación de libros, siempre di por hecho que los coleccionistas eran gente honesta y sincera (solía pensar lo mismo sobre los jardineros). Entonces, un día, me encontré en Lilies, una librería en Weedon, Buckinghamshire, que sólo se puede visitar “con previa cita”. Es un mansión victoriana de treinta y cinco habitaciones tan saturada de libros que una visita ocupa la mayor parte del día. En la sección de primeras ediciones encontré un libro que había perseguido durante años: 
Cuerpos viles, de Evelyn Waugh. Le faltaba la camisa, lo que era normal —pocos de los primeros compradores de Waugh decidieron conservar las camisas—, pero estaba en una condición prístina. El precio era…
increíblemente bajo. Entonces leí una pequeña nota escrita a lápiz que explicaba el por qué. Era la caligrafía, y con la firma, de Roger Senhouse, el editor de Bloomsbury que fuera el último amante de Lytton Strachey. Decía —cito de memoria—: “Esta segunda edición fue dejada en mi librero en lugar de mi primera edición.” Me sentí profundamente perturbado. Evidentemente, no se trataba de un acto espontáneo. El culpable debió haber llegado a la casa de Senhouse con su ejemplar oculto —asumí que era un él y no una ella— y luego se las había arreglado para cambiarlo cuando no había nadie en la habitación. ¿Quién podría haber sido? ¿Alguna vez me podría sentir tentado a cometer un acto semejante? (Sí, tiempo después me sucedió.) Y, ¿podría alguien hacerme esto con mi colección algún día? (No, hasta donde sé.)

Hace poco escuché otra versión de esta historia, desde un punto de vista distinto. Un lector envió a un escritor más bien famoso un ejemplar de una de sus primeras novelas (cuya primera edición no alcanzó los mil ejemplares); le pedía que se lo firmara e incluyó los gastos para el reenvío. Después de un tiempo, le llegó un paquete con la novela debidamente firmada por el autor —pero éste se había quedado la valiosa primera edición y en su lugar había enviado una segunda edición.

En aquella época, andar a la caza de un libro significaba recorrer muchos kilómetros, incrementar lentamente nuestra colección y sufrir frecuentes frustraciones. El efecto colateral era una tendencia, cuando uno no lograba encontrar lo que quería, a comprar sin ton ni son un variopinto amasijo de cosas para probar que tu viaje no había sido inútil. Esa forma de comprar ya no es posible, o ha dejado de tener algún sentido. Todas aquellas viejas librerías de intrincados pasillos y con excelente ubicación ya no
existen. He aquí lo que dice Roy Harley Lewis en The Book-Browser’s Guide to Secondhand and Antiquarian Bookshops (Guía para el buscador de libros de segunda mano y librerías antiguas, segunda edición, 1982) acerca de DM Beach en Salisbury:

Hay un cierto número de librerías en lugares tan valiosos como terrenos que los propietarios podrían conseguir una pequeña fortuna vendiéndolos y trabajando desde casa… Aunque el precio de la propiedad en Wiltshire no puede compararse con el de Londres (por decir algo), esta maravillosa esquina en High Street representa un enorme dilema para cualquier librería.

DM Beach cerró en 1999; Wea-therhead’s (que tenía sus propias bolsas de papel impresas) en 1998; The Lilies —que estaba llena de objetos raros en exhibición, como la máscara mortuoria de John Cowper Powys y “el reloj que perteneció a la gente que puso el motor en el barco en que se ahogó Shelley”— también desapareció. La regla parece haber sido: mientras más grande sea en tamaño, y su acervo más general, será más vulnerable.
La bibliofilia tradicional también ha sido transformada completamente por internet. Me tomó quizás doce años encontrar una primera edición de Cuerpos viles por cerca de 25 libras. Hoy, treinta segundos en la página electrónica de abebooks.co.uk le brindan a uno datos de dos docenas de primeras ediciones de diversa condición y precio (las más caras, con aquellas rarísimas camisas de los libros de Waugh, van de los 15 mil a los 28 mil dólares). Cuando la gran novelista inglesa Penelope Fitzgerald murió, decidí comprar como homenaje primeras ediciones (con camisa) de sus últimas cuatro novelas —las cuatro que cimentaron su grandeza. Todo ello me tomó menos tiempo del que tendría que emplear en estos días para encontrar un lugar donde estacionarme cerca de donde estuvo la librería DM Beach. Y aunque podría extenderme sobre lo romántico que era andar en busca de nuestros libros —sí, había en ello una dosis de romanticismo— y de la “serendipia del descubrimiento”, el viejo sistema no era barato ni rápido.
Mis afanes como coleccionista de libros (o tal vez debería decir: como amante fetichista de los libros) disminuyeron un poco luego de publicar mi primera novela. Quizás, en algún nivel inconsciente, decidí que, si ahora ya producía mis propias primeras ediciones, necesitaba menos de las de otras personas. Incluso empecé a vender libros, algo que en otro momento me habría parecido inconcebible. Eso no significa que mi promedio de adquisiciones disminuyera; aún compro libros con más rapidez de lo que puedo leerlos. Pero esto me parece algo completamente normal: qué extraño sería tener a tu alrededor tan sólo los libros que tendrás tiempo de leer durante el resto de tu vida. Y sigo profundamente ligado al libro físico y a las librerías.

Las presiones actuales sobre ambos son enormes. Mi última novela le costaría al lector trece libras en una librería; la mitad (más gastos de envío) en internet, y menos de cinco libras como descarga en Kindle. El ahorro es indudable. Sin embargo, por fortuna, la economía nunca ha controlado del todo la lectura ni la compra de libros. John Updike, hacia el final de su existencia, se puso pesimista sobre el futuro del libro impreso:

Pues, ¿quién, en ese impensable futuro cuando yo esté muerto, leerá? La página impresa fue sólo breve maravilla de medio milenio…

Yo soy más optimista, tanto en
lo que se refiere a la lectura como
en lo tocante a los libros. Siempre habrá no lectores, malos lectores y lectores perezosos —siempre los hubo. Leer es una habilidad mayoritaria pero un arte minoritario. No obstante, nada puede remplazar la exacta, compleja, sutil comunión entre un autor ausente y el lector embelesado, presente. Tampoco creo que los equipos electrónicos de lectura suplantarán del todo al libro físico —aun si eso ocurriera en términos cuantitativos. Cada libro luce y se siente distinto cuando está en tus manos, cada descarga de Kindle luce y se siente exactamente igual (aunque tal vez el equipo electrónico de lectura algún día llegue a tener un botón para brindar “olor”, y uno lo oprimirá para hacer que su ejemplar electrónico de Dickens huela a humedad, óxido y nicotina).

Los libros deben ganarse su existencia —al igual que las librerías. Los libros tienen que volverse más
deseables: no objetos de lujo, sino estar mejor diseñados, tener un aspecto más atractivo, que nos haga sentir el deseo de tomarlos, comprarlos, darlos como regalo, guardarlos, pensar en releerlos, y recordar años después que esa fue la edición en que encontramos por primera vez lo que guardan dentro. No tengo prejuicios de ludita contra la nueva tecnología. Es sólo que los libros parecen contener conocimiento mientras que los equipos electrónicos de lectura parecen contener información. Los premios escolares de mi padre están ahora en mis libreros, noventa años después de que los ganó. Prefiero leer los poemas de Goldsmith en sus páginas que leerlos “en línea”.

El escritor y diletante norteamericano Logan Pearsall Smith dijo alguna vez: “Hay personas que piensan que la vida es lo importante; yo prefiero la lectura”. La primera vez que me topé con esta cita pensé que era ingeniosa; ahora me parece —como me sucede con muchos aforismos— una brillante falsedad. Vivir y leer no son actividades desligadas. La distinción es falsa (como cuando William Butler Yeats plantea que el hombre debe elegir entre la “perfección de la vida, o la del trabajo”). Cuando uno lee un gran libro no escapa de la vida: se sumerge más profundamente en ella.

Quizás pueda haber en un libro un escape superficial —a países diferentes, a costumbres distintas, a otras formas de hablar— pero, en esencia, lo que uno hace al leer es ampliar y ahondar su comprensión de las sutilezas de la vida, de las paradojas, las alegrías, los dolores y las verdades. Leer y vivir no son actividades desligadas, sino simbióticas. Y para esa seria labor de descubrimiento imaginativo y autodescubrimiento, existe y se conserva un objeto como símbolo perfecto: el libro impreso.

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