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Foto: AP

El otro día pasé caminando, por azar, frente al edificio donde vivía Sergio Pitol en París. Era la época en que Magui y yo lo conocimos. Donde nos reunimos muchísimos fines de semana y bailamos y comimos y llenamos de risa el silencio nocturno de la calle. No pocas veces con quejas típicas de sus vecinos. Esa especie de folclore parisino que son los bajísimos niveles de tolerancia citadina. Y recordé a Sergio calmándolos e inmediatamente después atacado de la risa de sus gestos furibundos. Se abrió la puerta y traté de ver si salía alguno de los rabiosos. Al instante recordé que ya en aquel entonces esos vecinos eran de edad avanzada, que ahora, cuarenta años después, es inútil esperarlos. Me asaltaron las imágenes de aquel Sergio lleno de vida y de palabras en contraste con el último que pude ver, ya atado a su último destino de retracción vital. La última vez que lo vi pensé que en sus ojos inquietos o fijos, casi inquisitivos, en su boca callada, para mí siempre llevaría dentro aquel otro Sergio cuarentón de mediados de los años setenta parisinos.

Poco después de haberlo invocado me llegó la noticia de su muerte. Fue tan extraño darme cuenta de cómo dolió a pesar de saber que prácticamente se había ido muchos meses antes. Hay tantos tipos de ausencia. Tantas maneras distintas de sentirla. Tantas formas de morir en vida y tantas de vivir ya muertos.

Cada quien guarda, de sus muertos, las imágenes y las sensaciones que puede y quiere. Nosotros teníamos poco más de veinte años, Sergio cuarenta y dos. Magui lo había conocido, no sé cómo. Ella había llegado a París unos meses antes que yo. Y ella me introdujo a su círculo. Sergio, durante algún tiempo de iniciación parisina casi nos adoptó. Nos invitaba todo el tiempo a comer o a cenar y nos presentaba a todos sus amigos. Él era agregado cultural de la embajada mexicana cuando Carlos Fuentes era el embajador. Y era muy generoso.

En esa época era el autor de una sola novela, El tañido de una flauta, y de varios libros de cuentos. La novela era de esas en las que el autor escribe al final la ciudad y la fecha en que la escribió. Recuerdo que la de Sergio tenía muchas ciudades. Y recuerdo también el malestar que, ya en confianza y a solas, manifestaba. Se sentía frustrado de no haber escrito más. Esa novela, donde el oficio de escribir era central, tenía que ser una especie de prólogo a una carrera de escritor que él no sentía que estuviera despegando. Nos contó que unos meses atrás había tenido un accidente de auto en la carretera. De los golpes en la cabeza había salido con una especie de afasia que le impedía articular un relato. Por lo menos ya podía hablar y leer perfectamente. Iba a pasar un tiempo en unos baños termales que hacían resonancia de la película de la Nouvelle Vague, El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais, inspirada en La invención de Morel, de Bioy Casares.

El hecho es que él estaba seguro de que cada vez que regresaba de allá estaba mucho mejor. Aparte de toda terapia real, Sergio lo vivía con una emoción literaria: “Es como ir a curarse a un lugar que existe dentro de las novelas. Como ir a cenar con Proust aquí a la vuelta o conversar con Madame Bovary si vas a Rouen.” Cuando Sergio hablaba de literatura no había nunca un asomo de pedantería o de presunción. Y hablábamos mucho de libros, cuyas historias él vivía siempre integradas completamente a su vida.

Yo conocía algunas de sus traducciones. Sergio era para muchos de mi generación, más que el autor maravilloso en el que se convertiría, un traductor que nos descubría autores que sin duda se nos volverían imprescindibles. Entonces me interesaban especialmente los autores polacos. Quería saberlo todo sobre ellos y Sergio contaba siempre cosas extraordinarias. Y se podía hablar con él como con nadie de las tripas de los libros, de sus estructuras, de sus mecánicas y geometrías, de su carnita y de sus músculos.

En aquellos años me había marcado muy especialmente Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewsky. Hacer un libro tan perfecto formalmente tenía que ser la meta de escribir. Por supuesto que venía a la conversación compararlo con la versión decimonónica, de cualquier modo maravillosa aunque menos intensa, de Marcel Schowb, La cruzada de los niños. Recuerdo haber discutido con Sergio ese libro palmo a palmo. Me parecía un modelo inimitable, pero una obra ejemplar en todos los sentidos. La forma de frases continuas, aparentemente sin puntos, era la ideal para escuchar las voces de gente que habla mientras camina. Voces que se vuelven una sola y que también se diferencian. Había algo de intenso ritual literario en esas confesiones de un ritual medieval excepcional. Pero no había que dejarse engañar por la ausencia de párrafos. El texto, necesariamente, tenía una puntuación implícita. Un despliegue asombroso de maneras de dar ritmo al texto y hacer variables inesperadas.

Yo le decía que El otoño del patriarca sólo utilizaba unos cuantos de los recursos que le daba la escritura experimental de escribirlo todo en un solo párrafo, que Andrzejewsky usaba toda la paleta. Ahí comenzó una conversación a fondo sobre temas del oficio que era interminable y muy gozosa.

Se me llena la memoria de momentos di-
vertidos que ya son arqueología. Como aquella tarde en que fuimos a buscar unos lentes obscuros que había perdido la noche anterior y recorrimos detalladamente todos los antros por los que había pasado. Llegó un momento en el que ya no sabía dónde había estado y ni siquiera si aquella noche llevaba sus lentes, que por supuesto luego aparecieron en su casa. No importaba, al final, el recorrido y la conversación fueron emocionantes.

Recuerdo también un día que estábamos en un café de Saint Germain y entró Julio Cortázar. Sergio se puso nerviosísimo, hasta le temblaban las rodillas. Cuando le pregunté qué le pasaba me dijo que lo admiraba tanto que no podía controlarse.
En un momento nos parecía que estaba haciendo teatro. Que había algo irónico en su nerviosismo. Porque Sergio podía salir con las cosas más sorpresivas y burlarse de quien menos imagina-
ras. Era maldiciente con ingenio voraz, y al mismo tiempo dulce. Podía ser intrigoso y al mismo tiempo inocente. Pero no, esa vez su timidez era cierta. Cortázar nos vió y se acercó a saludarlo con una enorme familiaridad. “Hola Sergio, ¿cómo estás?”. Sergio nos lo presentó y nos dio la enorme mano mitológica, que, sabíamos, mientras estrechaba la nuestra no dejaba de crecer. Nada más. Pero Sergio sudaba.

Recuerdo también con precisión la fiesta en casa de Sergio en la cual Juan Soriano, que era asiduo, se enamoró de Marek, uno de los dos polacos jóvenes y guapos que Sergio había traído a París. El otro era Piotrik, que durante un tiempo fue novio de Sergio y más tarde se convirtió en estrella de cine en Francia. Cuando Sergio se fue de la ciudad no volvimos a tener la cercanía de los años parisinos. Pero siempre un sedimento del afecto de aquellos tiempos compartidos surgía al saludarnos. Leerlo después siempre me remitía a sus conversaciones apasionantes, a su fragilidad y su fuerza.

  • Alberto Ruy Sánchez (Ciudad de México, 1951) publicó en 2017 Los sueños de la serpiente. Ese mismo año fue designado Premio Nacional de Artes y Ciencias, en el campo de Lingüística y Literatura.

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