UNAM, la reacción

QUEBRADERO

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La comunidad de la UNAM hizo lo que tenía que hacer. No podía, ni debía, dejar el espacio a los porros y a los hechos de violencia. Hacerlo era avalar o dejar pasar situaciones que le afectan directamente.

Los más de 30 mil universitarios, entre estudiantes, padres de familia, trabajadores y maestros, que se manifestaron el miércoles en CU, no quieren dejar que pase de largo o que se repita lo que sucedió el lunes pasado.

Fue un acto político y una auténtica y genuina defensa de la UNAM. Difícilmente los estudiantes logran unirse como lo hicieron. Es una tarea compleja por los innumerables intereses que rodean la vida universitaria.

Hay quienes, y no son pocos, entran a la UNAM buscando salir lo más pronto posible. Poco o nada les importa lo que pasa al interior, la Universidad es vista sólo de paso. Lo que perturba o interrumpe su estancia es rechazado, y no se suman a ninguna causa o a algo que se le parezca.

Algo está viendo y sintiendo la comunidad universitaria que la llevó a manifestarse como lo hizo. La reacción fue contundente y no dejó dudas. Todos los que pudieron salir, lo hicieron. Se tomó conciencia de un hecho violento que les afectó y dolió. No fue casual que muchos maestros alentaran a sus alumnos para que asistieran a la marcha-mitin.

¿Qué es lo que vieron o perciben que llevó a que se manifestaran como hace mucho no pasaba en la UNAM? El recuerdo del movimiento estudiantil del 68, con la represión del 2 de octubre como brutal colofón, ronda estos días no sólo en las universidades, sino en todo el país.

Para la UNAM y el IPN lo sucedido en 1968 es parte central de su historia y de su desarrollo. Para entender a estas instituciones se pasa obligadamente por el movimiento estudiantil de aquel año. Es algo que los estudiantes conocen desde los libros de texto y que en cuanto ingresan a la UNAM o al IPN se les aparece por doquier.

La cercanía a los 50 años de la represión del 2 de octubre ha avivado muchos fuegos. Evidentemente, en el imaginario colectivo de los estudiantes no es lo único, hay muchas otras variables en la mesa.

Cambia el Gobierno federal, el cual rompe con el pasado inmediato, o por lo menos eso se vislumbra. Hay relevos también en la CDMX y en las delegaciones, hoy alcaldías. Estos procesos van a llevar a reacomodos, y quizá algo de esto tiene que ver con lo que pasó el lunes.

Sin embargo, hay otras variables que son competencia única de la dinámica de la UNAM. Una de las más importantes es el hecho de que desde hace tiempo, en algunas prepas y CCH, se han venido reportando actos de violencia, con su respectiva impunidad, lo que tiene harta a la comunidad.

Esto tiene mucho que ver con lo que pasó el lunes. Un grupo de estudiantes del CCH Azcapotzalco se manifestó en la Rectoría, en CU. Eran varios los temas que traían en su agenda y todos se remitían a la situación que viven en su plantel.

Otro grupo de estudiantes, porros o grupos de animación, para el caso es lo mismo, fue llevado en un camión y autos particulares para atacar a quienes se manifestaban; iban armados. Un dato importante: los agresores también son estudiantes matriculados en la UNAM.

Lo sucedido evidencia que los porros están más que vigentes, con el altísimo riesgo de que en muchos casos “conviven” con delincuentes que se han  infiltrado en la institución. Este viejo problema sí está al alcance de las autoridades.

La reacción de la comunidad es la manifestación de la toma de conciencia para atender lo que pasó y también de lo que se pudiera venir.

La manifestación fue una voz de alerta máxima con tintes amenazantes para los futuros gobernantes de la CDMX y para las autoridades de la UNAM.

Es una reacción que exige fuera porros y no a la violencia. El mensaje de más de 30 mil integrantes de la UNAM no puede ser más claro.

RESQUICIOS.

El Presidente electo tiene que contestarle todo a los “corazoncitos”, no sólo las preguntas que le vienen bien, como es el caso del gobernador-senador.

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser

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