Único dueño y señor de Yoknapatawpha

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Por Héctor Iván González

William Faulkner

William Faulkner (1897-1962) es el autor más influyente de la literatura norteamericana en la última mitad del siglo pasado. Sus personajes, sus historias, sus ambientes, junto con una serie de recursos que incorporó a la narrativa contemporánea le dieron un lugar primordial en el contexto americano y, posteriormente, en el europeo. El mundo que fundó en la mítica Yoknapatawpha influyó en numerosos autores cuyo enlistado iría desde Juan Carlos
Onetti, Juan Rulfo,1 Tony Morrison, Javier Marías, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez o contemporáneos como Pierre Michon, Ricardo Piglia y Juan Gabriel Vázquez.

Basta abrir cualquiera de las obras faulknerianas para constatar que la experimentación literaria es parte inherente de la literatura y que nunca ha necesitado hacer ostentación de esto. La influencia de Faulkner en el ámbito literario tiene tal relevancia que Jean-Paul Sartre, por medio de su (poco estudiado) Qu’est-ce que la littérature?, al fincar sus conceptos políticos y literarios, lo tuvo —a él junto con su generación— como el mejor ejemplo de la literatura comprometida. A partir de la hipótesis de que la literatura es una “creación dirigida”, por lo cual esta unión de dos libertades (lector-escritor) debería producir más libertad aún, Sartre veía en las adecuaciones técnicas la respuesta para abordar una realidad cada vez más compleja y de mayor mutabilidad. Pero no era sólo por esto que la literatura de Faulkner atraía en gran medida al gurú del Café de Flore, sino porque la faulkneriana es una literatura de lo concreto, así como definía él mismo al existencialismo. Sus historias narran los percances de los pequeños poblados que aspiran a proveerse de los servicios, describen la forma en que todo está por comenzar en la sociedad. Gabriel García Márquez decía que sus historias le recordaban las industrias bananeras que habían llegado a Colombia, y es cierto, en los ambientes de Faulkner se amalgama la inocencia de los recién llegados con la
voracidad del que busca fortuna inmediata. Thomas Sutpen (¡Absalón, Absalón!) y Flem Snopes (El villorrio) son los mejores representantes de este espíritu voraz.

Antes de ser heredero de James Joyce (1882-1941) y de Sherwood Anderson (1876-1941), William Faulkner empezó su carrera artística más interesado en llegar a ser un pintor de valía que otra cosa; debido a esto viajó a París, para acercarse a los artistas de Montparnasse. No es descabellado notar en algunos de sus relatos una influencia de la técnica cubista y de la forma en que los elementos se colocan en una suerte de simultaneísmo. Producto de esta etapa crucial es el cuento “Retrato de Elmer”. Asimismo, cuando decidió dedicarse a la literatura, su primera obra fue un libro de poemas, el cual fue valorado por Phil Stone, quien detectaba un gran talento en el joven “Bill”.
Faulkner siempre dijo que había dejado la poesía por su dificultad, que se había refugiado de este fracaso en el cuento y, como el naufragio también lo perseguía en este género, optó finalmente por volverse novelista. Es una linda frase, aunque nunca dejó de escribir cuentos realmente, mediante los cuales podía obtener dinero con celeridad.

De los autores que lo marcaron, Joyce le proporcionó esa capacidad de transgresión, de jugar con las palabras, con la sintaxis y con la gramática.
Michael Millgate, uno de sus biógrafos, asegura que Faulkner fue sorprendido por la lectura del Ulises y que lo leyó un par de veces. No en balde, el autor de Las palmeras salvajes declaró: “Uno debe aproximarse a Ulises de Joyce como un ignorante predicador baptista se acerca al Antiguo Testamento: con fe”. Curiosamente, si algo aportó Faulkner a la literatura latinoamericana es esta voluntad por el “escribir de manera incorrecta” que se opone a “la escritura correctísima”, lo cual proviene del irlandés, ya que en su concepción las palabras estaban vivas y podían copular entre ellas. Asimismo sendas obras muestran algo que la literatura ha exhibido desde tiempos de El asno de oro, de Apuleyo, el albur y los tonos que cargan al subtexto de connotaciones sexuales. En Joyce y en Faulkner hay un guiño a la idea de Victor Hugo de regresar a lo grotesco y a sus derivados: lo hortera, lo cutre, lo naco, lo kitsch, sin prejuicios ni purismos de ningún tipo.

Por su parte, de Sherwood Anderson, especialmente en Winesburg, Ohio, Faulkner aprende a concentrarse en las historias de la gente pequeña, no hay héroes espectaculares (y el que pretende serlo, como en Una fábula, tiene algo de patético que no lo deja ser totalmente), su mundo es el de los perdedores —tal como Sartre hablaba de que la literatura
comprometida se aliaba con los personajes de poca monta. La escritura de Faulkner busca capturar los giros verbales de la gente que quiere contar su anécdota, con digresiones y un sinfín de detalles, como cuando se habla en el coloquio familiar o en la cantina. Las narraciones de Anderson son contadas a un aprendiz de periodista, George Willard que trabaja en el Winesburg Eagle, una suerte de Hemingway de veinte años, que pasa revista a los pobladores de esa pequeña ciudad. En Faulkner las cosas no son diferentes, las conciencias juveniles se vuelven las mirillas a través de las cuales conocemos todo lo que pasa. Recordar al chico Charles Mallison que narra en La ciudad los fraudes, las tropelías, los chanchullos que efectúa Flem Snopes, dota a las novelas de una inocencia que a ratos es una omnisciencia desoladora —el mismo tipo de narrador juvenil aparece en Los invictos y en el cuento “Incendiar establos”. Por su parte, estas generaciones se suceden sin cobrar conciencia de ello, viven, fincan su familia, tuercen sus vidas, matan a alguien, van a la cárcel, ven morir y mueren en un mar incesante de apellidos y anécdotas que el olvido disuelve. Siempre me ha gustado la puntualización que hizo Edmund Wilson de dos virtudes de la obra de Michelet, y que yo aplicaría a Faulkner:

[La primera:] fundir materiales dispares e indicar las relaciones entre las diversas formas de la actividad humana… [La segunda] consistía en captar de nuevo, por así decir, la forma y matiz peculiares de la historia tal y como se presentaba a los hombres que la vivieron: regresar al pasado como si fuera presente y contemplar el mundo sin un conocimiento previo definido del aún no creado porvenir.2

La serie de narradores que relatan la Trilogía de los Snopes —conformada por El villorrio, La ciudad y La mansión— logra una suerte de panóptico sobre lo que sucede en el Recodo del francés, a pesar de tener sólo una barrera, un espacio infranqueable: la conciencia de Flem Snopes. Quizá éste sea uno de los detalles más perturbadores de la historia, porque nunca terminamos por enterarnos cómo vive ni qué piensa aquel hombre que llegó una tarde, vestido con un overol, una camisa, un sombrero (que vendió por tres centavos) y una corbata de moño color negra y que se volvería el hombre más acaudalado de la ciudad. En ese detalle está concentrada la condición que consiste en que nunca sabremos del todo cómo vive el poder. Dentro de las infamias de Flem Snopes, por lo cual es un ser fascinante y deleznable a la par, está su boda con la mujer más bella de la ciudad, quien despierta estas animadas líneas de Faulkner:

Yo no estaba allí para ver y ahora sé que Gowan tampoco entendió lo que
estaba viendo. Porque después de algún tiempo nací yo, y más adelante fui lo bastante mayor para ver a la señora Snopes y muy pronto crecí lo suficiente para sentir lo que tío Gavin y el señor De Spain (y todos los restantes varones de Jefferson y de Frenchman’s Bend y de cualquier otro sitio que llegaran a verla, imagino, incluidos los hombrecillos cautelosos que no eran tan valientes y desafortunados como tío Gavin ni tan valientes y afortunados como el señor De Spain, aunque probablemente ellos hablaran de ser razonables) sentían sólo con mirarla.3

Faulkner
y lo político

El mundo de Faulkner se nutre de la Guerra de Secesión estadunidense (1861-1865),4 el enfrentamiento de dos
concepciones de la cosa pública,
dos maneras de concebir el desarrollo y la función de los recursos para concretar los ideales de los pioneros. La polémica de la esclavitud es el tema central, el ojo del huracán. Tal y como sucedió en la Nueva España con la Controversia de Valladolid, que tan bien dramatizó Jean-Claude Carrière, la discusión acerca de si todos aquellos que no son blancos tienen alma, si son capaces de gobernarse a sí mismos y si se les debe dar el derecho a la libertad, desencadenó la Guerra entre el Norte y el Sur, la Unión contra los Confederados. Tanto en Luz de agosto, Desciende, Moisés, Los invictos y en algunos relatos la negritud es el tema a tratar. Faulkner dedica Desciende, Moisés “A Mami Caroline Barr (Mississippi 1840-1940), que nació en la esclavitud y que dio a mi familia una fidelidad sin límite ni cálculo de recompensa y a mi niñez inconmensurables devoción y amor.” Por su parte, en Los invictos, hace que sus personajes encuentren a un grupo de negros que no se sienten entusiasmados, vaya, ni siquiera están interesados en la libertad, e incluso algunos temen ser liberados. Del mismo modo, en ¡Absalóm, Absalóm! está presente la discriminación a quienes son producto de una relación interracial; el estigma que representa que “El Señor Sutpen” haya procreado un niño con una esclava. Los personajes como los McCaslin, menospreciados por tener un porcentaje de sangre negra, ofrecen el retrato del espíritu de una época extemporánea, que parece regresar con el actual presidente de Estados Unidos.

A su vez, pensar en Sutpen y su obsesión por engrandecer la hacienda familiar que vigorizaba su ánimo por ir a las Antillas en busca de negros para hacerlos esclavos y venderlos retrata la manera en que ese país ha usado la
explotación racial como uno de los motores principales de su economía
—el documental Enmienda xiii, dirigido por Ava DuVernay, hace un recuento exacto de esta lamentable situación. A esto Faulkner no rehuyó la mirada, al contrario, habló de la cuestión y, por momentos, uno se plantea si el fraseo, las nociones rítmicas y los contrastes de elementos disímiles en su literatura no provendría de una cultura abigarrada como la negra, más que de los sureños del Mississippi. Como tal, la ruptura con ciertas armonías de la prosa en Faulkner recuerdan un fraseo de jazz. El cromatismo y su juego calidoscópico no provienen de Walt Whitman ni de Hawthorne, sino de la oralidad de los spirituals negros. Alguna vez Ricardo Piglia dijo con bastante acierto que “Faulkner es literatura del Caribe”. Leerlo con el oído muy atento a los ritmos lo confirma y nos hace pensar que esta literatura escrita por un descendiente de antiguos hacendados sureños tiene más que ver con la poesía de Saint-John Perse o Derek Walcott que con la de Edgar Allan Poe o Emerson. Así como sus proyectos narrativos se emparentan más con poetas como William Carlos Williams, T. S. Eliot o Ezra Pound.

Sólo lo difícil
es estimulante

Por su parte, el corpus de la novelas faulknerianas presenta un espectro muy amplio en su grado de dificultad para el lector. Ni las novelas ni los cuentos están libres de obstáculos, nombres o lazos consanguíneos laberínticos, silencios y fragmentaciones que pueden llegar a exasperar; personajes dos o tres generaciones diferentes que llevan el mismo nombre; paralelismos narrativos que perduran todo el libro (Las palmeras salvajes); exploraciones en la mente de seres peculiares (El ruido y la furia o Mientras agonizo); o la narración deliberadamente oscura por la cual el lector va casi a tanteos; el juego calidoscópico de la novela fragmentaria (Desciende, Moisés), todo esto y muchos elementos más le imponen a esta obra un precio por el que el lector deberá de pagar. La única garantía es que ninguno de sus ejercicios presenta una puerta falsa donde la exploración sea inútil. Desde las menos complejas como Mientras agonizo o la trilogía de los Snopes, las cuales plantean el cambio de perspectiva a medida que los hechos son relatados por cada uno de los personajes. En el caso de Mientras agonizo, que enumera las calamidades de la familia Bundren, la cual transporta el cadáver de su madre en la carreta para ser enterrada a varios kilómetros de distancia, cuyo afán es atizado por el paterfamilias, por un falso interés en cumplir la voluntad materna, hasta la hija que va embarazada de quién sabe quién, Cash, el hijo que pierde la pierna, para finalizar con Tull, el niño loco. O la Trilogía de los Snopes, en la cual se muestran las repercusiones de una economía capitalista de mayor desarrollo contra una economía rural que aún posee los vestigios de algunas prácticas artesanales a las que se les pondría en una crisis permanente. Con sólo ver el desenvolvimiento de los Snopes (de origen norteño) y su incorporación al sur y su manera de hacerse de los espacios de comercio y su ambición por lograr un cargo público para medrar desde ahí, ¡con sólo seguir a Flem Snopes durante las tres novelas, uno entiende los pasos que ha seguido Estados Unidos en su ambición por dominar el resto del continente americano!

Por su parte, están las más complejas, las más desarticuladas y laberínticas, como El ruido y la furia o ¡Absalóm, Absalóm!, que no es casual que estén unidas por medio de una familia en común, los Sutpen; y que en éstas se narren los destinos nefandos de los descendientes de Candance, quien se embarazara siendo muy joven, y que fuera chantajeada por su hermano, Jason, aduciendo la ilegitimidad de los hijos. Así como existen obras de una complejidad expresiva, como Desciende, Moisés, que repiten los modismos y expresiones rurales, las frases distintivas como “Turl el de Tomley”, que —casi casi— recuerda la reiteración de provincia cuando a uno le llaman por su nombre y de quien es hijo —“Pancho el de Chuy”. No cabe duda de que por razones como éstas los ambientes de William Faulkner alcanzan una lectura universal, ya que los orígenes de los poblados y su manera de desarrollarse no han sido muy diferentes sobre la faz de la Tierra. Al recorrer la Yoknapatawpha, de la cual Faulkner hizo un plano y se autonombraba “único dueño y señor”, podremos constatar la forma en que habrá elementos afines con los insípidos poblados en América Latina, las Antillas, la provincia francesa, Europa del Este, Australia o Japón, ¿por qué no? La literatura de Faulkner contradice y desestabilizaría la creencia de que un escritor, un buen escritor, necesita una zona de confort para concretar su obra, precisamente porque son las geografías agrestes, inhóspitas, los poblados inciviles, las familias disfuncionales o impresentables, los vecinos mezquinos y sandios, lo que ayuda a conocer un poco de lo mucho o poco miserable que puede ser el ser humano. Quizá por esto, Faulkner es el padre indiscutible del boom latinoamericano y de una serie de escritores de auténtica valía y vitalidad literarias.

Notas
1 Sobre las recurrencias entre William Faulkner y Juan Rulfo escribí este ensayo en Nexos: http://bit.ly/1IUG6jR
2 Edmund Wilson: Hacia la estación de Finlandia. Ensayo sobre la forma de escribir y hacer la historia, traducción de R. Tomero, M. F. Zalén y J. P. Gortázar, RBA, España, p. 38.
3 William Faulkner: La ciudad, traducción de José Luis López Muñoz, Alfaguara, España, p. 83.
4 También desarrollé este tema en Este país: http://bit.ly/29lGSva

En fuga hacia lo oscuro

Adolfo Castañón

En memoria de Juan Goytisolo,
Monique Lange y Carole Achaché

“Nunca sabremos nada de la verdad de las
[personas”,
dicen a pie de página los libros de historia.
Apenas conoceremos un poco su piadosa
[mentira,
sus pies disfrazados de zapatos.
Su fulgor en fuga hacia lo Oscuro:
en nosotros acostumbrados a leer libros
que nosotros mismos escribimos
y que hemos olvidado que escribimos.

Junio 10, 2017

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