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Foto: Especial

En México, y en otras partes de América Latina, se vive una saturación de realidad producto del choque brutal entre las expectativas de mejoría colectiva y la degradación de las instituciones políticas.

Desde el entrecruzamiento que une la literatura y el periodismo, dicha circunstancia ha demandado retóricas y enfoques distintos para comprender lo inmediato.

La mala costumbre de la esperanza de Bruno H. Piché ofrece una propuesta excepcional de tipo literario-periodístico para descifrar las asimetrías que enfrentan los ciudadanos de
ascendencia mexicana en Estados Unidos de América y su raíz anglosajona, blanca y protestante, su fe intolerante y xenófoba.

En tal enclave aquella saturación de realidad, que refleja el déficit cultural y político de los migrantes e hijos de migrantes, su necesidad de supervivencia y horizonte vital, y su desencuentro cotidiano con la entereza del american way of life, condena a los más marginados entre ellos a encarnar el estereotipo del extraño indeseado.

El resultado de dichos factores expone el drama de un desgarramiento que permea toda frontera y recala en lo más personal, como lo ejemplifica el caso de Edward Guerrero, convicto de ascendencia mexicana encarcelado desde su adolescencia por cometer tres violaciones a respectivas mujeres jóvenes en 1971, y del que se ocupa en su libro Bruno H. Piché.

En el centro de la estrategia creativa de La mala costumbre de la esperanza se hallan dos ejes: el primero es de tipo formal, y refiere al cuestionamiento inherente al modelo anglosajón de novela testimonial o de género “non fiction” (Truman Capote dixit); el segundo alude a la oportunidad de remontar los contenidos de coyuntura informativa o noticiosa para ampliar el relato de hechos hacia una reflexión trascendente en torno de la geopolítica cultural de Estados Unidos de América.

“Como un contrapunto, el narrador extrae de sus lecturas versos, párrafos, ideas de escritores célebres que enriquecen el tejido narrativo”.

Si se contrasta el acercamiento de tema y personajes de La mala costumbre de la esperanza con las dos obras canónicas de la narrativa anglosajona de tipo carcelario, A sangre fría de Truman Capote y La canción del verdugo de Norman Mailer, la lectura descubre de inmediato la negativa, por parte de Bruno H. Piché, a imponer el ego del narrador por encima del relato y su protagonista específicos.

Tanto Capote como Mailer hicieron de su tarea literario-periodística un pretexto para reafirmar la empresa profesional y editorial de colocar en el mercado sendas obras que, además de traducir su empeño artístico y talento expresivo, ganaran una batalla en la pugna por el prestigio en el mundo de las letras de habla inglesa.

Para hacerlo, Capote disputó con sus protagonistas (Perry Smith y Richard Hickock) la escritura de su testimonio en términos privados y mercantiles. Algo semejante hizo Mailer con Gary Gilmore. Ambos narradores hicieron de aquel trance una gesta de su egocentrismo.

Bruno H. Piché elige una alternativa ética a tal trayecto: establece un diálogo lo más igualitario posible respecto de su personaje, Edward Guerrero, sin perder de vista el foso que los une, la libertad del narrador y el encierro del mexicano-estadunidense al que retrata.

En ese umbral, donde el testimonio surge a partir de la condición de recluso de Guerrero, el escritor asume el peso de las diferencias entre ellos y busca el espejo invertido de su propia personalidad, aquejada por el mal depresivo. Se requiere valor y lucidez ejemplares para dejar atrás la idea de la supremacía de quien está fuera de la cárcel y confrontar su propia adversidad en lo cotidiano.

La estrategia narrativa se vuelve así un destino compartido, sobre todo porque Guerrero, al contrario de los personajes de Capote y Mailer, es un firme creyente en las posibilidades redentoras del sistema penal de EUA, que, en un infortunio irónico, le ha negado una y otra vez la libertad ansiada, a pesar de su buena conducta como recluso durante más de cuatro décadas.

La desgracia del aspirante a ser redimido por el código político, judicial y cultural de EUA, cuya cerrazón traza el círculo de la xenofobia anglosajona, blanca y protestante, ofrece a La mala costumbre de la esperanza el segundo eje narrativo, que consiste en ver cómo afecta la vida familiar, comunitaria, generacional y personal de los migrantes, aquel conjunto de símbolos, mitos, imágenes y estereotipos del extraño indeseado en EUA, lo que identifica el peso de una sociedad con predominio histórico que se refrenda cada día frente a las diferencias culturales desde dentro hacia fuera de su territorio nacional.

Ninguna candidez por parte de una presunta moral liberal subyacente a la cultura estadunidense puede borrar dicha certeza.

El relato de La mala costumbre de la esperanza está articulado con un juego de alternancia entre la voz de Guerrero y la del narrador que lo interpela. El registro subjetivo de los dos es a su vez completado por apuntes descriptivos de espacios, atmósferas, memorias y contrastes reflexivos, e implican una combinatoria que abre dimensiones críticas.

Como un contrapunto, a veces aleccionador, a veces desconcertante, el narrador extrae de sus lecturas versos, párrafos, ideas de escritores célebres que enriquecen el tejido narrativo. Entre ellas, hay una de Adam Zagajewski que podría sintetizar el contenido del libro: “Vivimos en un abismo. En las aguas oscuras. En el resplandor”. O bien, esta otra de Dylan Thomas: “No entres sin batalla en la noche oscura”.

Bruno H. Piché reproduce a lo largo del relato los documentos judiciales que, en su escueto e impersonal lenguaje, trazan la fatalidad de Guerrero y la representación de la Ley que adelantó Franz Kafka: un proceso se convierte poco a poco en sentencia pronunciada de antemano.

La mala costumbre de la esperanza constituye una novela testimonial de calidad fuera de lo común escrita a dos voces en una convergencia insólita que muestra los rostros del exilio: la expulsión de sí mismo por parte de quien, desde joven, asumió un destino coaccionado hasta terminar en el universo carcelario; y la diáspora de quien registra tal voluntad como una forma de interrogación íntima a través de la renuncia al conformismo ante su vida. Dos rebeldías de rango distinto pero con desenlace parejo en la soledad y, al mismo tiempo, inmersas en la sencillez más vital y expectante.

Cuando en tiempos difíciles como los actuales se publican libros necesarios y oportunos, como lo es La mala costumbre de la esperanza, la literatura y el periodismo alcanzan su mayor dignidad, y cada lector de ellos adquirimos una deuda de gratitud imperecedera con sus autores.

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