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Mario Vargas Llosa (Foto: Especial)

Al fondo de su nido, el alacrán leyó con tedio algunas opiniones políticas esparcidas aquí y allá por el escritor Mario Vargas Llosa en las últimas dos décadas. Incluso recordó cuando en 1993 el escritor le concedió una entrevista sobre su libro de memorias El pez en el agua, donde recupera sus recuerdos de infancia, critica con mala leche a varios intelectuales peruanos y narra su fracasada aventura electoral de fundar el movimiento “Libertad”, presentarse como candidato a la presidencia del Perú en 1990 y haber perdido ante el fatídico Alberto Fujimori.

 

El alacrán leyó con tedio algunas opiniones políticas esparcidas aquí y allá por el escritor Mario Vargas Llosa.

 

Las opiniones de Vargas Llosa sobre la cultura como “aristocracia del saber”, su temor ante el feminismo como “el más resuelto enemigo de la literatura”, su apoyo a un concepto decimonónico de liberalismo rebasado por el autoritario y clasista “(neo)liberalismo real”, sus peroratas contra los demonios del populismo y su despotricar contra la “estupidez” de internet y las redes sociales, hicieron al arácnido extrañar al Vargas Llosa crítico de “la dictadura perfecta” mexicana y de la manera como los gobiernos del PRI cooptaban y recompensaban a sus intelectuales.

Mejor aún, la revisita al escritor pe-ruano-español llevó al escorpión de vuelta al libro de Luciano Concheiro y Ana Sofía Rodríguez, El intelectual mexicano: Una especie en extinción (Taurus, 2015), donde a través de catorce entrevistas los autores nos invitan a despedir a “los llamados intelectuales públicos, aquellos que podían escribir sobre cualquier cosa y opinar tanto del devenir de la historia nacional como del futbol, de la condición actual de la industria petrolera o de la naturaleza de la literatura, y que, sobre todo, intervenían en la esfera pública…”. Estos intelectuales han desaparecido y son seres del pasado, sustituidos hoy por tecnócratas, especialistas, académicos y (¡horror!) periodistas, opinadores y comentócratas.

El libro, sin embargo, no es un lamento, pues reconoce lo aportado en “capital intelectual”, instituciones culturales, revistas y libros por esos intelectuales en el siglo XX (por cierto, casi todos varones), pero llama también a la formación de las “intelectualidades colectivas”, producto de la reflexión horizontal, incluyente, con voces diversas y no con la sola, autoritaria voz de un “mesías intelectual” perorando desde su pedestal.

Ahí está el futuro, insiste el venenoso y llama a Jacques Rancière: “Se necesita un cierto grado de estupidez para adoptar el papel del intelectual y suponer que hay una categoría de personas que piensan mientras que los otros no lo hacen”.

El alacrán opta mejor por el Vargas Llosa de La guerra del fin del mundo.

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