Vereda hasta la ingle

Por Menahén Guadarrama
(Ciudad de México, 1972)
Los dos estamos idos de la mente,
desde que nos queremos, desde que nos amamos.
Estamos casi locos de a remate,
de tanto que nos vemos y nuestro amor nos damos
.
“Idos de la mente”
Los Relámpagos Del Norte

En la vena que se le marcaba como surco en el cuello, se veía la letra de la canción que estaba cantando. Caligrafía de doctor para un bolero ilegible, receta para un perdedor.

Frase tras frase se mostraban las palabras una encima de la otra, revueltas en un cascajo de resentimiento con mezcla de saliva que al salir de su boca, se transformaban en una rocola viviente de traje azul marino. Sus babas aceitaban el sonido del resto del trío en el ambiente de la cantina de ese nublado viernes. Su voz no era digna de un pentagrama, cuaderno a rayas a lo mucho, pero el humor de otro cuerpo le deforestaba el amor, a flama bajita, y lo hacía cantar desde dentro, desde sus purititos huevos.

Atendiendo a los clientes de la mesa once, El Maracas sin perder el ritmo con sus manos, llevaba la voz al límite, a la orilla donde nace el grito, al llamado de atención que no pasaba desapercibido por los asistentes y meseros de la cantina. Mucho menos de sus dos compañeros del trío Se te olvida, quienes confusos se volteaban a ver entre sí y hacia él, en reclamo por el apoderamiento del escenario.

Los clientes que habían solicitado el servicio del trío mostraban sus caras de alegría ante la actuación del Maracas digna de los ¡salú, salú, salú..!, entre ron, chamorro y canciones.

El Maracas era un hombre desencuadernado por culpa de un ser al que le hacía su propia fiesta por dentro. Los boleros siguieron entre los tragos que le invitaban, los que lo tenían en cautiverio.

La tarde proseguía y un rojo pugilístico le inundó la cara como si hubiera boxeado contra José Alfredo y Álvaro Carrillo. Sus compañeros del trío intentaban calmarlo pero era inútil, sólo lograban emputarlo más. Los clientes de la mesa once lo defendían, tanto así, que uno de ellos al mostrarles la cacha de una pistola calibre 22 mal enfundada a su cintura, obligó al resto del trío a beber de la misma botella.

Llegó el momento en que su voz embarraba por el suelo algunas de las “as”, las “ies” y las “os” de las canciones. Su voz ya no rimaba con su boca y su falsete se arrastraba en la terracería de la garganta. Cantaba como si trapeara el lugar con una cubeta hecha de campechanos: lágrimas y ron blanco. Por las mejillas le escurrían algunos de sus escombros.

Fue entonces que al volverse para cantarle de frente al requinto del trío, veintitrés años menor que él, transformó su berrido en una serenata particular bajando a un tono sin sobresalto, amoroso, tierno, sin el desafino de la ofensa. Por fin se escuchaban los instrumentos y su voz en sintonía, por fin sonaba bonito el trío Se te olvida.

El Maracas se acercó al requinto hasta donde su mínima vergüenza pudo mantenerlo a salvo, a la distancia de un secreto, de una complicidad y le cantaba como si le aventara cada frase a la ventana para pedirle que la abriera otra vez de par en par. En cada palabra le suplicaba que lo dejara entrar una vez más hasta el fondo de sus entrañas, extrañaba sentirlo enterito.

Con sus ojos brillosos como si recién se los hubieran boleado, ojos que tantas veces le vieron la espalda al requinto en posición de chivito mirando al precipicio, lo invitaba a volver a compartir los baños de fondas, taquerías y cantinas como cuando nació, en esa misma fecha y en ese mismo lugar, su amor a escondidas cinco años atrás. Fue en esa misma cantina cinco años antes que jugueteaban y entre broma y broma se agarraron las nalgas.

Luego se pegaron de a mentis en la verga y en los huevos en un jugueteo de cabrones. Después se la enseñaron con el pretexto de ver quién la tenía más grande y más bonita, hasta que terminaron cogiendo sobre un escusado descompuesto con tufo a orina que remojaba desechos en su interior.

Cinco años atrás algo se había puesto en armonía. Cinco años atrás notó que el requinto ya no lo veía como antes. Confirmó que aquellos ojos café claro le cantaban harto, y le miraban a los labios mientras él hacía lo suyo con los boleros.

Quién iba a decir que después de tantos años de cantar y de ver de frente a muchos requintos o guitarros, fue hasta sus cuarenta y cuatro años que este requinto veintitrés años menor que él, le había hecho equivocarse de letra en alguna de las baladas románticas a pesar de su memoria privilegiada, o perder el ritmo con las maracas, o trastabillar con el sueño al intentar dormir en la casa donde vivió con su difunta mujer.

Al principio le incomodó la situación, pero poco a poco la sensación de sentirse deseado por otra persona, más joven, alguien nuevo a quien enseñar y sorprender con horas y horas de conversación y música, le emocionaba.

Le excitaba enseñar a coger otra vez a su manera, bonito, recio, con algo de porquería, pero siempre tomando el control como alguna vez lo hizo con su mujer. A él siempre le había gustado mandar desde dentro, desde sus purititos huevos.

Una vez que enviudó, El Maracas se sentía tan solo como el uno de la ficha uno-blanca del dominó. Fue entonces que el día a día hizo de la coquetería del requinto una costumbre reservada para ellos dos en cada canción que cantaban juntos viéndose de principio a fin. Las canciones fueron indirectas, pero pasado poco tiempo porque no se hizo tanto del rogar, fueron los detalles, las invitaciones a comer, los regalos, los caprichos y los deseos cumplidos en la cama los que lo hicieron encularse del requinto.

Cómo no cantarle si es nuestro quinto aniversario, pensaba ese viernes de cantina. Cómo no le iba a rogar con lágrimas en los ojos si desde hace cinco años lo había enculado lueguito lueguito con la destreza que tenía al usar la boca y los dedos callosos de tanta rozadura de cuerdas.

Fue entonces que armado de valor y sin nada que perder, El Maracas limpió los mocos y las lágrimas de su cara hinchada con la manga del saco, y una vez limpio de algo de tristeza, aventó las maracas al piso para lanzarse sobre su ex amante intentando darle un beso en busca de una reconciliación instantánea. Una reconciliación como la había soñado despierto desde varios días atrás. Él cantándole la de “Esclavo y amo” y el requinto recibiéndolo con un beso al vuelo de esos que le hacían vereda hasta la ingle.

El requinto, demostrando no sólo tener agilidad en los dedos que bailaban a modo entre las cuerdas, lo esquivó con dos pasos laterales como si fuera un boxeador profesional, y sin dejar de tocar se colocó detrás de su otro compañero el guitarro, quien se interpuso entre ambos, y quien intentaba mantener la seriedad del trío llevando el ritmo con sus cuerdas y unas leves sonrisas simulando sorprenderse de lo que acontecía.

Algunos clientes y meseros de la cantina animaban con carcajadas y gritos al Maracas a que recuperara a su amante, le gritaban: “No seas puto y lánzate por otro beso” y “Beeso, peelos, peelos, peelos…” y “Requintooo no te abras, que te dejiiir las maracas”. El requinto respondía ante los gritos con una sonrisa de incredulidad como demostrando no entender nada, intentando hacer un gesto masculino para que no quedara duda de su hombría en ese lugar de cabrones y cabronas.

Las pláticas y la atención de todas las personas habían cambiado de rumbo hacia el fondo de la cantina donde se ubicaba la mesa once, cerca del baño de hombres del que provenían los gritos, las risas y la música que por un momento se había quedado ausente de maracas y de voz.

A pesar de sus diversas infidelidades y coqueterías con algunos clientes, meseros y una que otra trabajadora de changarro, El Maracas sabía que su requinto tarde o temprano regresaba y le pedía perdón porque El Maracas era su macho y nadie se lo bajaría. Cómo iba a ser, si él también lo había enculado enseñándole a coger como nadie le había mostrado antes, con algo de porquería.

Pero no todo era felicidad, sabía con certeza que tarde o temprano tenía que llegar el momento del abandono por la diferencia de edades, y ese día había llegado. Pero no pensó que fuera tan de repente, de nocaut y en su quinto aniversario. Esas eran puterías, se gritaba desde dentro, desde sus purititos huevos.

Ante los rechazos del requinto desde hacía varios días, al Maracas no le quedaba otra que lamentarse y evocarlo en sus masturbaciones. Recordaba en la piel aquel requinto que se dejaba maquillar, vestir de falda y tacones altos, el que le hacía magia con las manos y la boca. Dónde estaba su requinto, imaginaba empuñando y agitando a dos dedos la verga, aquel al que le decía en corto Chamorro cuando le colocaba en el lunar de la pantorrilla saliva o semen al cogérselo de a perrito. Dónde estaba su requinto, empuñaba el pito a cinco dedos frenéticos, aquel que se dejaba atar como los marranos de su pueblo para después cachetearlo y escupirle en la cara. Aquel que se dejaba meterla entera en la boca hasta que las arcadas y lagrimeos brotaban de sus ojos desorbitados por los ahogadores que le aplicaba. Dónde quedó su requinto, eyaculaba y gemía, aquel al que le embarraba su venida en el rostro o en las nalgas o al que le meaba en la cara cuando estaba pedo y caliente.

El Maracas levantó del piso sus instrumentos amarillos y retomó su canto acompañado de una tristeza comparada a la de una fiesta infantil vacía. El trío Se te olvida continuó pero después de tres canciones, cuatro tragos y un coro estremecedor, El Maracas esperando hacerlo por sorpresa, una vez más arremetió bufando como toro como si tuviera un trapo rojo ante sí, y embistió con todo su peso nuevamente hacia su ex pareja. El bolero sonó a desastre.

Debido a un nuevo esquivo de su ex amante, El Maracas caía sobre los clientes de la mesa once como ficha de dominó, quienes carcajeando lo acompañaron en su visita al piso entre empujones, abrazos y resbalones.

Intentaban levantarse no sin antes caer más de una vez y hacerse bolita entre todos ellos echando desmadre y burlándose del Maracas, al cual no dejaban levantar por más esfuerzo que éste hacía.

Forcejeando y entre empujones con los clientes, dos meseros obligaron al Maracas a levantarse a jalones. Ninguno de sus compañeros del trío se acercó a defenderlo.

Mientras los meseros lo llevaban hacia la puerta de la calle no cesaron los chiflidos, gritos e insultos de los asistentes desaprobando lo que le hacían al Maracas. Éste, al pasar frente a su requinto, le rogaba con una mirada agónica, pero el requinto sin inmutarse, lo observó con un desprecio que no le conocía, que nunca le había visto ni siquiera frente a las cosas que detestaba como el curado de apio o el hígado encebollado.

Fuera de la cantina intentó regresar, pero después de varios esfuerzos desistió ante las amenazas de los meseros que alguna vez consideró sus amigos, y con los que alguna vez incluso compartió mesa para comer o para ver el box.

—Les perdono la vida, culeros —les dijo El Maracas. Ellos rieron.

Humillado, se retiró como un desecho que caminaba por las calles intentando encontrar una grieta en donde refugiarse. Su andar era tan fragmentado como las cenizas de un muerto. Se sentía un terreno baldío.

Ido de la mente, El Maracas caminaba a la deriva cargando la pistola calibre 22 que le había robado a su cliente de la mesa once al jalonearse con él en el piso. Necesitaba esparcirse en estallido, disparar más de una vez el arma con todas sus ganas desde dentro, desde sus purititos huevos.

MENAHÉN
GUADARRAMA
ha participado en talleres de escritura con Guillermo Samperio y Óscar de la Borbolla entre otros. Prepara su primera novela.