Recuerdo la fecha exacta pero, no las razones que me llevaron a ello, seguramente debe haber sido algo tan estúpido como querer encajar en un grupo demostrándoles lo valiente y audaz que era o quizá necesitaba una dosis de adrenalina pero, es más probable que lo hiciera por ver el rostro de la que era mi novia en esos momentos paralizarse de susto y aguantar la respiración mientras me lanzaba al vacío amarrado de una liga. Creo que debí hacerle caso a su petición de que no lo hiciera, debí quedarme en sus brazos y mandar al carajo todo, tal vez… No, no tiene caso, lo sé pero créanme, estar paralizado del cuello para abajo y conectado a una maquina que te ayuda a respirar, saber que tenías ganas de ir al baño a posteriori por los olores que despides, conocer cada grieta del techo y saber la hora en que vives porque conoces los horarios de todos los programas de todos los canales de televisión no es algo que logre distraerte de pensar como sería tu vida si no te hubieras desviado del programa, si no te hubieras cruzado con el anuncio del salto del puente, si no hubieras querido ser el valeroso, si no… hubieras escuchado el desgarre de la liga, hubieras visto el agua acercarse de golpe y hubieras escuchado el crujido que cambio tu vida… que acabó tu vida en vida.

Al inicio tenía visitas a cada rato, uno tras otro, incluso, algunos de ellos esperaban para poder entrar a hacerme el día más ligero, para contarme lo que habrían hecho, los chismes del colegio y mi novia, aunque en ese momento se lo reproché y la odié, ahora la entiendo, si de por sí no es sencillo atarse a una persona y acomodar tus tiempos a los de otro ser, atarse a una que ya no podía ser compañero y cómplice y que se transformó por una idiotez, en lastre inamovible, era suficiente para que se fuera pero aún así se quedó, apunto así aguantó mis recriminaciones, mi envidia a su vida y el veneno que destilaban mis palabras porque a alguien tenía que culpar y lamentablemente fue ella. Un día, en uno de mis arranques de furia, se acercó con lágrimas en los ojos, me besó en la frente y se fue para nunca regresar.

Conforme pasaron las semanas las visitas se hicieron esporádicas hasta el momento en que no llegó nadie más y tampoco a ellos puedo recriminarles nada, demasiada ira, culpaba a todos para no hacerlo conmigo, a la vida, deseaba al menos una vez por día, dejar de existir, si hubiera podido, se habría arrancado cada sonda, hubiera desconectado cada aparato, se habría deslizado hacía la nada. Lo pedía, lo exigía, lo suplicaba, lo gritaba y no obstante, antes no le hicieron caso y ahora no había nadie con quien hacerlo.

Los días eran la sucesión constante de la inmovilidad absoluta, la única variación era el alargamiento de las sombras por la luz que entraba por la ventana y días completos, lo único que hacía era ver ese movimiento, en silencio, en soledad.

El psiquiatra que, cada vez que me volvía insoportable llegaba a darle seguimiento a mi depresión, en algún momento me pidió que le pusiera título a mi existencia y sólo uno me saltó a la mente “El precursor de la locura” aunque para si tuviera que ser franco debería haberla titulado “Ensayo del aburrimiento, depresión y autoflagelación”. La terapia no servía de nada y no obstante, pensar siquiera en la posibilidad de que no fuera me sumía en la angustia, era, quizá, la única visita exterior que recibía a la fecha, las otras eran las de mis padres que no deseaba que no lo hicieran pues despertaban el sentimiento de culpa ya que había como se consumían sus ingresos, sus ahorros y su vida por atender al pedazo de carne inerte en el que me había transformado.

Quisiera decirles que todo mejoró, que acepté mi situación, que hice algo productivo, que usé mi cerebro, que logré con lo que tenía algo pero no, no fue así yo no hice nada y hubiera seguido sumido en la desesperanza hasta que sucedió lo que creí que nunca sucedería de nuevo.

El 11 de agosto tocaba la visita del psiquiatra, sería el cuarto especialista en ir. Conforme se les agotaba la paciencia iban recomendando al siguiente y mi madre lo aceptaba, me encomendaba a todos los santos y decía que rezaría por mí y yo, sin contestarle lo aceptaba por lo que les conté antes.

Para cuando llegó la hora de la cita, ya había afilado mi sarcasmo y mi cinismo, estaba listo para mi escarceo verbal, mi única diversión real del mes y todo se me olvidó cuando entró LA, sí, la psiquiatra, una mujer con un vestido formal entallado pero que se veía cómodo al no restarle movilidad, el pelo lacio negro estaba recogido en una cola de caballo alta y sus lentes de pasta imitación carey, terminaban por completar el cliché de las fantasías adolescentes.

Tuvo que repetir su nombre dos veces mientras yo quedaba como un estúpido absorto en su contemplación y cuando sonrió, leí en esa sonrisa que no era primera vez que le sucedía y seguramente no sería la última, la sonrisa de la mujer confiada que no depende de su belleza sino de su inteligencia y que en esa misma inteligencia sabe que la belleza es un distractor, un generador de impulsos de protección y una gran arma de manipulación.

En cualquier otro momento hubiera aplicado con ella la primera regla del ligue “nunca hacerle caso a la mujer que sea el centro de atención” pero, en mi situación, esa era una regla que nunca más aplicaría así que le entregué toda mi atención, no tiene caso contarles que dije, como hablé del ser un hombre roto, quebrado, de odio hacia todo y todos, no tiene caso decirlo pero cuando dijo, “nos vemos la siguiente semana”, mi corazón dio un salto.

Si la eternidad es un día, la semana es el tiempo del fin de los tiempos y el día llegó, debería decir que los nervios era una sensación que ya había olvidado, era extraño el saber de antemano el resultado y aún así, estar rebosante de expectativas.

Un día a la semana se transformó en mi alfa y omega, nunca habría estado tan desnudo con una persona como lo estuve con ella, ninguna desnudez física se podía comparar a la desnudez del alma. Abrí la represa de mis odios y los vacié por completo, podía estar inmóvil y sin embargo, todo me daba vueltas. Cada semana pensaba que decirle, como decírselo y si algo tenía, era todo el tiempo del mundo para pensarlo.

Conforme las sesiones semanales transcurrían, acepté que me había enamorado, por un lado, sabía que era uno de esos amores fútiles de transferencia de emociones, casi tan absurdo como la declaración de amor dada a la chica del curso de verano unas horas antes de no volverse a ver nunca más. No importaba, deben entender que no podía hacer nada, para poder impedirlo hubiera tenido que distraerme y eso, en mi condición, era tan imposible como caminar de nueva cuenta.

Mis días ahora fluctuaban entre la emoción y la desesperanza, entre la fantasía y la cruda realidad, entre lo que esperaba que fuera y lo que era. Hay que decir que esa dualidad me tenía ocupado, quizá por primera vez en años y también por primera vez desde que había caído desde el puente, me había tomado la molestia de pedir que alguien me acicalara, antes lo hacían a petición de mi madre y me daba igual, ahora no, ahora yo quería presentarme correctamente, bueno, tan correctamente como puede presentarse un sujeto con sondas y máquinas como extensión de tu personalidad.

No quiero aburrirlos, suficientemente aburrida es mi vida como para atragantársela a alguien más pero, me tomé el trabajo de dictar todo esto pues era necesario que lo supieran, que supieran que el amor transforma todo lo que somos, que no es necesario que sea correspondido, que la llama que prende una extraña, puede reavivar la brasa apagada de tu amor propio, que las palabras tienen poder, que la escucha sana, que no importa estar atrapado en un cascarón si lo que hay dentro crece. No, tampoco me volví irremediablemente cursi, tan poco espero que la vida sea perita en dulce, ni siquiera tomo en cuenta el color rosa en la misma pero hay algo que cambió con todo esto y es que al vaciarme me di cuenta de que tanto odio me impedía sentir otra cosa, que ese auto destructivo rencor hacia mí que, de haber sido posible me hubiera conducido a la perdición eterna, al ser eliminado me había dado la oportunidad de reencontrarme.

Sí, dicto esto a otra maquina y no pasa nada, una máquina más en mi habitación no desentona y doy gracias a que en esta vida pueda usar mi voz, que hay vida en la vida y que ahora, todo ese tiempo sin usar quizá pueda ser revertido, al enviarles esto todos sabrán que soy, como soy, pero ni siquiera yo, sé en que podré convertirme y eso, amigos míos, es el punto de todo esto.

Gracias por estar y por no estar que para el caso, es lo mismo y… lo entiendo.

Comando de voz: “Enviar mail, todos los contactos”

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